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miércoles, 27 de abril de 2016

¿Cómo debe "uke" agarrar a "tori"?


¿Cómo debe” uke” agarrar a “tori”?
Una reflexión sobre el método de entrenamiento.

 

Uno de los puntos con los que los novatos se encuentran más perdidos en el Aikido es, muchas veces, cómo agarrar a tori. No es raro encontrar diferentes respuestas a este tema. A veces, se abusa realmente de la predisposición de uke, condicionándole en sus respuestas de manera que la técnica de tori pueda funcionar. En otras, uke claramente se resiste activamente a la técnica, aprovechando que sabe cuál será realizada para contrarrestarla. Obviamente, ambas prácticas son nefastas pedagógicamente. La primera, porque da la falsa sensación de avance en el entrenamiento de tori (cuándo realmente es uke el que se deja hacer). La segunda, porque impide que tori pueda practicar. Así, pues, ¿cómo debe uke agarrar a tori? Quizás si nos detenemos un poco más en analizar el método de entrenamiento podamos encontrar algunas respuestas.

Para empezar, hay que entender que la práctica cotidiana por parejas no es una simulación de combate. En cierta manera, el entrenamiento por parejas en Aikido es un kata, una práctica prefijada destinada a aprender principios del arte. Esto es algo común a todas las koryu japonesas, y a muchos gendai budo, aunque en estos los kata suelen ser individuales. Pero también existen kata por parejas, como podemos ver en el siguiente vídeo de Judo.

Prácticas prefijadas, con armas y sin ellas, las hay en prácticamente todas las artes marciales japonesas. En ellas, es fundamental el juego de roles: tori “gana”, y uke “pierde”. Pero aún dentro  de este juego, hay que tener en cuenta que el objetivo es entrenar principios, básicamente relacionados con la distancia, el timing y la estructura y movimiento corporal. Principios que después serán aplicados en una situación de defensa personal de manera no prefijada, es decir, fluida y libre. Por esto, en la pedagogía tradicional en Japón también se insiste en diferenciar etapas, procurando no mezclar la técnica básica con las aplicaciones, y el entrenamiento “en parado” con el más fluido.

Entendiendo esto podemos comprender mejor el papel de uke al agarrar a tori en la práctica prefijada por parejas: debe servirle a tori para entender y mejorar la aplicación de principios básicos. No se trata de hacer del entrenamiento un sparring libre, pero tampoco se debe caer en la colaboración total. Tori debe entender cuándo un principio está bien o mal aplicado a través de la interacción con uke.

Es por esto que agarrar a tori adecuadamente es una tarea fundamental, buscando el punto medio entre ambos extremos. Es más, tradicionalmente en los koryu el maestro asume el papel de uke para educar a tori. Mediante su trabajo corporal, va redirigiendo a tori para enseñarle el camino a una adecuada aplicación de los principios del arte. En estos niveles, es tori quién es dirigido por uke, y no al revés, como estamos tan acostumbrados a ver en muchos dojos de Aikido. Quizás por eso sea tan importante que los estudiantes veteranos guíen a los novatos haciendo de uke para ellos.

Agarrar a tori, desde este punto de vista, asume un carácter muy diferente. Uke no es un saco de boxeo, o un muñeco que sigue los movimientos de tori, sino  un compañero o maestro que ayuda, de buena voluntad, a mejorar. También hay que decir que en muchas artes marciales en entrenamiento prefijado por parejas  es sólo una parte de un todo pedagógico.

viernes, 28 de agosto de 2015

Musubi

Musubi

Tomado de Mitsugi Saotome. “Aikido”, Kairós: Barcelona.




“Aikido es el estudio de la sabiduría. Si no puedes controlarte y confiar en ti mismo – si no puedes verte a ti mismo claramente – nunca podrás tener ningún conocimiento o confianza de los otros y, ciertamente, no podrás controlarlos. El propósito del Aikido no es la creación de luchadores agresivos sino el refinamiento de la sabiduría y el autocontrol. Como estudiante de Aikido, debes estudiarlo para mejorar y pulirte a vos mismo, sin competir con los demás.

La clave en este proceso –y el corazón del Aikido– es Musubi. La traducción de esta palabra japonesa sería “unidad”, o “interacción armónica”. En la práctica, Musubi significa la habilidad de unirse, tanto física como mentalmente, con la energía de tu compañero/a. Musubi es el estudio de una buena comunicación. En cualquier interacción entre las personas existe la comunicación. Depende de los participantes que la interacción sea productiva o inútil, amigable u hostil, verdadera o inexacta. Musubi, a medida que se va refinando, puede significar la habilidad de controlar y alterar la interacción, cambiando una aproximación hostil en un encuentro saludable, o un ataque en un apretón de manos.

Musubi es a la vez un método de aprendizaje y el objetivo del estudio. Musubi, en su último refinamiento, está relacionado con la adquisición de un sentido de armonía universal y, en la técnica, la habilidad de controlar los encuentros para bien. Pero, ¿puede tal habilidad ser adquirida para forzar o infligir miedo a las personas que lo están aprendiendo? No. Musubi debe ser enseñado y estudiado de acuerdo a los principios que ejemplifica, para que la conciencia de los estudiantes de Aikido pueda ser refinada junto con sus movimientos físicos. Musubi debe ser enseñado a través de una buena interacción y una firme, pero amable, guía.

Aprender a responder ataques con Musubi es un proceso largo y difícil. Uno no puede golpear un principiante y decirle “No pelees, únete, ¡únete!” El principiante no solo no se unirá al ataque, sino que reaccionará con miedo y agresión, las reacciones instintivas frente a una amenaza. El principiante va a tratar de defenderse luchando o hiriendo al atacante. En Aikido el objetivo es domesticar y controlar esos instintos naturales, no estimularlos. Esta es la razón, especialmente con los principiantes, que a menudo se utilizan distintos ataques de agarre. El estudiante principiante no está preparado para tratar con ataques reales –como golpes y patadas– con calma mental o movimientos físicos propicios. Los agarres les permiten a los principiantes estudiar las técnicas sin miedo, manteniendo la integridad física mientras se aprenden las respuestas correctas. 
En vez de entablarse en lucha y competición, los estudiantes pulen tanto los movimientos físicos, como la mente. Los practicantes estudian: el control –de él o ella– mismos, su compañero/a, y la relación entre ambos. Los agarres tienen la ventaja de proveer el contacto físico entre los compañeros de práctica, de tal forma que ambos puedan sentir que hace que el movimiento funcione. Si no hay un contacto físico, los estudiantes principiantes encontrarían difícil la exploración los mecanismos de las técnicas.

La práctica de los principiantes usualmente comienza con agarres estáticos. Esto posibilita el estudio de una correcta postura, trabajo de pies y posición del cuerpo. Los estudiantes pueden progresar hacia agarres en movimiento, los cuales permiten el desarrollo del sentido del timing y la distancia, y la exploración de las relaciones espaciales entre ellos y sus compañeros/as de práctica. Posteriormente, los estudiantes pueden comenzar a ajustar los distintos grados y tipos de fuerza, velocidad y dirección. De esta forma, empiezan a crear confianza en sus habilidades para comunicarse con sus compañeros, a incrementar su sentido de intuición para con los movimientos e intenciones de los demás practicantes.

La cooperación es muy importante en el entrenamiento de Aikido. Casi toda la práctica se realiza con un compañero/a, y las relaciones entre los ellos debe ser la manifestación del Musubi. Tanto nage como uke tienen esta responsabilidad. Mientras nage debe entrenar para unirse con (más que luchar contra) los ataques; uke debe aprender a atacar de una forma que sea apropiada a la técnica que está siendo estudiada y de proveer las condiciones apropiadas para el aprendizaje. Por ejemplo, si el instructor demuestra una técnica que contiene una proyección hacia adelante, es apropiado que el uke empuje hacia adelante. En cambio si el uke empuja hacia atrás, tratando de anular la técnica de nage, esto lleva a la reducción de la técnica a la lucha y ni nage ni uke aprenderá cómo funciona la técnica o correctamente. Estudiantes avanzados se pueden beneficiar de ataques inesperados, práctica libre e intentos de contra-técnicas, pero esto se da luego de años de estudio de las técnicas básicas y del aprendizaje de las condiciones que requiera cada acción.

El estudio de Aikido es el estudio de la sabiduría, y la sabiduría, en gran parte, es la posesión de sentido común. El sentido común, desafortunadamente, es poco común. En este mundo es bastante difícil de encontrarlo o nunca se aprende. El entrenamiento en Musubi y en los principios básicos de Aikido involucra el re-aprendizaje del sentido común. Se puede encontrar evidencia de esto en los movimientos básicos de defensa del irimi y tenkan. Estos dos movimientos pueden ser entendidos como uno –irimi-tenkan– así como el yin y el yang forman, en conjunto, parte del todo.

Tanto el irimi como el tenkan son movimiento que las personas usualmente utilizan en su vida diaria sin pensarlo. Imaginemos que estas caminando en medio de una calle repleta de gente, y se ve a alguien que viene caminando justo hacia vos. Al momento del “casi” impacto uno se corre y deja pasar a la persona (irimi). Ahora imaginemos que la misma persona te empuja al momento de pasar a tu lado, uno simplemente gira y mantiene el propio equilibrio y sigue caminando (tenkan). Ambos movimientos son ejemplos simples y naturales del sentido común. Cualquier persona puede hacerlos, y su simplicidad y universalidad confirman su verdad.

Pero una persona no entrenada en Aikido que ve que alguien viene directo hacia ella con un ataque, automáticamente trata de caminar hacia atrás. Cuando es empujada en un gesto hostil, la persona o se paraliza del miedo o se agarra del agresor para no caerse. La persona pierde el sentido común y la habilidad para percibir la reacción natural.

El entrenamiento de Aikido, a través de su proceso gradual y cooperativo, enseña cómo aplicar los principios de Musubi en situaciones crecientemente dificultosas. Permite entrenar tu mente a mantener su calma y visión de tal forma que el miedo, la ira o la falta de confianza no distorsione los movimientos del cuerpo. A su vez, permite entrenar el cuerpo diligentemente; la práctica constante le provee al cuerpo la sabiduría de la experiencia. En este sentido, el cuerpo se vuelve el reflejo y la manifestación física de tu mente. El cuerpo y la mente trabajando como unidad –de nuevo, en la relación de Musubi– permite que reacciones simple, eficaz y sensiblemente bajo presión, en vez de ser dominado y controlado por las circunstancias.

Uno ve a estudiantes avanzados en Aikido atacándose y proyectándose muy fuerte, pero han llegado a este punto de su entrenamiento luego de pasar por varias etapas cuidadosas que permitieron educar su mente y su cuerpo. Por lo tanto, los ataques fuertes y vigorosos se convierten en un desafío más que en una amenaza. El propósito de los golpes, patadas y agarres en la práctica no tienen el objetivo de destruir al enemigo sino descubrir, la propia (así también la del compañero/a) fuerza, balance, intuición y estabilidad mental. En vez de enfrentarse con desconfianza, miedo y competitividad, uno afronta a los compañeros/as de práctica con concentración, sinceridad y sentimientos de disfrute.

Uno de los elementos –quizás el más importante– del Musubi es el aprendizaje de sentir y utilizar la unidad de la energía. Es por ello que el ejercicio de kokyu tanden ho, como lo decía O´Sensei, es el entrenamiento más fundamental en Musubi. El mismo no es una técnica de combate, sino el estudio de las relaciones físicas y el movimiento. Estando uke y nage enfrentados, uke tomando ambas muñecas de nage, este último utilizando todo su cuerpo como unidad coordinada, trata de desequilibrar a uke. El propósito (y allí radica su importancia fundamental en el Musubi) del suwari waza kokyu ho es descubrir el principio de la energía circular. Nage debe inspirar cuando uke agarra sus muñecas y espirar al momento de devolver la fuerza de uke, actuando como una unidad. La mente de nage debe mantenerse flexible y receptiva.

Suwari waza kokyu ho no es un ejercicio competitivo, no es un torneo de fuerza. Uke provee la suficiente resistencia para desafiar (en forma positiva) a nage, pero no tanta que haga que la técnica imposible de realizar. Nage no lucha para tirar a uke sino que utiliza este entrenamiento para estudiar el balance, respiración y unidad de la energía física y mental. A medida que el entrenamiento se va volviendo avanzado, verás que la fuerza física de tu compañero/a puede trabajar a tu favor. Dado que suwari waza kokyu ho se fundamenta en el principio de Musubi, absorbiendo y devolviendo la energía en forma circular, el efecto es tal que uke y nage armonizan sus energías. Nage termina utilizando, en forma combinada, su fuerza sumada a la de uke. Cuando más se resista y utilice su fuerza uke, mayor serán las herramientas con las que contará nage para desequilibrarlo. Esta circularidad de la energía es la esencia del Musubi.

Deberías aplicar el principio de Musubi que se aprende a través de suwari waza kokyu ho en todas las técnicas de Aikido. Es el Musubi el que te permitirá acceder al punto que la fuerza y el tamaño físico no hagan diferencia a la hora de realizar las técnicas. Si fallas en este último punto, siempre estarás a merced de la fuerza de los otros y caerás en el peligro de una lucha competitiva.

O´Sensei decía una y otra vez a sus estudiantes que los principios que rigen la naturaleza son los mismos que rigen al Aikido. Un pequeño pájaro puede volar en un ventarrón pero no luchando contra viento, debe tomar la fuerza del viento y sumársele. Uno puede manejar un pequeño bote en aguas tumultuosas, solo si se sabe cómo encarar las olas. Por lo tanto, también en Aikido, los estudiantes buscar aprender a recibir la fuerza y transformarla en su aliada, más que luchar contra ella. Esto es sabiduría y esto es la realidad del Musubi.

Al continuar el entrenamiento, tu habilidad para utilizar los principios del Musubi debería expandirse. El principiante necesita del contacto físico para poder sentir la conexión con su compañero. El estudiante avanzado aprende a mantener esa conexión con menos y menos contacto físico. Inclusive, algunas técnicas pueden realizarse sin siquiera el contacto físico. El entrenamiento diario, además de los beneficios en el plano corporal, incrementa tu habilidad para relacionarte no solo con tus compañeros/as de práctica, sino también con otros/as, dado que expande tu visión, tu intuición y tu sensibilidad. En tu vida fuera del Dojo, hay menos oportunidad de contacto físico con los otros, pero las lecciones aprendidas durante la práctica pueden ser aplicadas en beneficio de tus relaciones con los otros y con toda la humanidad en cuanto conjunto. El proceso de remoción prejuicios y pensamientos negativos y la creación de una nueva conciencia inclusiva no debería cesar nunca.

Finalmente, es importante recordar que para lograr el Musubi en la práctica, se deben establecer relaciones de confianza con los compañeros/as de práctica. Sin confianza, no se puede entrenar Aikido. El bujutsu de la antigüedad (artes marciales con el único fin de dejar fuera de combate al adversario) desarrollo luchadores muy hábiles, pero no necesariamente promovió mentes iluminadas. En la mayoría de los casos, dado que lo antiguos estudiantes de bujutsu eran empujados hacia el exitismo (de ello dependía su vida), se desarrollaba en ellos desconfianza y paranoia; la mentalidad propia de un luchador callejero. El propósito del Aikido, al contrario, es el desarrollo y refinamiento del espíritu – ganar fortaleza a través de la sabiduría, no la brutalidad. Esta es la razón por la cual el proceso del entrenamiento en Aikido es tan importante. A través de la educación progresiva el/la estudiante de Aikido va refinado su habilidad para acceder a un entrenamiento más vigoroso e intenso; así el significado y forma de la práctica va cambiando. Ataques fuertes y caídas no son más instrumentos de amenaza, sino herramientas que mejoran las habilidades del aikidoka. La diferencia entre el bujutsu antiguo y el Aikido, en tanto entrenamiento vigoroso e intenso, es la diferencia existente entre un fuego descontrolado y el fuego de la forja. Uno destruye y mata; el otro siendo igual en calor e intensidad, mejora los metales crudos, les da forma y los vuelve en objetos de belleza y fortaleza flexible. Los estudiantes de Aikido siempre deben recordar que el propósito de su entrenamiento es el desafío y mejoramiento de ellos mismos, más que la intimidación a sus compañeros/as o la complacencia de sus propios egos a expensas de sus compañeros/as.


Son las cualidades de confianza, cooperación, apertura mental y generosidad en la práctica de Aikido las que permiten a los estudiantes abandonar los miedos que los limitan e inhiben, en su habilidad para interactuar con los otros. De esta forma, ganar la confianza en ellos mismos los llevará a potenciar sus conexiones armoniosas (Musubi). Sin Musubi, Aikido no es Aikido sino otra forma de combate.”

martes, 23 de junio de 2015

Suneo no keiko. Un entrenamiento en Aikido sincero

Suneo no keiko. Un entrenamiento en Aikido sincero




Muchas veces los practicantes nos preguntamos qué necesitamos para realizar un entrenamiento en Aikido sincero. Esta es una cuestión en ocasiones algo complicada, ya que todo depende de lo que queramos conseguir, de manera que no es lo mismo entrenar para mejorar nuestro waza, que para fortalecer nuestro cuerpo, o para hacer frente a ataques sinceros y no programados. En este caso queremos traer una anécdota sobre el entrenamiento del waza, es decir, de las técnicas básicas, o kihon. Esta anécdota viene de la mano de Stan Pranin, que nos cuenta en un artículo sobre el entrenamiento sincero en Aikido lo siguiente:

Lo siguiente fue una historia real que ocurrió en el Iwama Dojo hace muchos años. Yo estaba practicando con un uke de considerable fuerza. En cada ocasión éste usaba su conocimiento de la técnica que estábamos practicando para bloquear mis movimientos. Por supuesto, esto era una causa de frustración para mí. Para dejar las cosas claras, procedí a bloquear su técnica de la misma manera, pero sólo una vez para mostrar lo que estaba haciendo. Continuó haciendo lo mismo, y desde entonces me resigné a seguir hasta el final de la clase prometiéndome no entrenar con él de nuevo. Yo sabía que Saito Sensei nos miraba, y lo vi enfadarse por el rabillo de mi ojo. Por último, Sensei gritó: “¡Dame! ¡Así iu kudaranai keiko yamero!”(¡No sigáis con ese entrenamiento estúpido!). Todos nos sentamos mientras Sensei explotó con mi uke. Explicó que cualquiera puede bloquear la técnica de una persona si sabe de antemano lo que pretende hacer. Que este tipo de entrenamiento acaba totalmente con el propósito de la práctica y que uno no puede progresar mediante  esta manera. Sensei luego procedió a prohibir mi compañero  la práctica en el dojo. El hombre estaba totalmente humillado e inmediatamente dejó el dojo con la cabeza colgando hacia abajo. Sensei finalmente dejó que el hombre volviese después de un mes. A partir de ahí, se comportaba de una manera respetuosa y se convirtió en un estudiante ejemplar. Entrené con él varias veces después de eso y fue una experiencia agradable. Más tarde estableció su propio dojo y sigue en activo.


Obviamente, cuándo recibimos una técnica podemos en cualquier momento detener a tori si sabemos cómo hacerlo. Pero ese no es el propósito del entrenamiento del kihon, de la técnica básica. Un entrenamiento en Aikido sincero debe saber cuándo estamos aprendiendo la base, y cuándo estamos ya a un nivel avanzado y aplicando contra-técnicas o técnicas fluidas sobre compañeros que realizan ataques no programados. Convertir la práctica en una lucha constante entre uke y tori no sirve para la progresión adecuada del estudiante. Aunque esto no implica que uke deba dejarse hacer la técnica sin más. Existe una fina línea entre la colaboración y la resistencia en la que uke debe moverse con soltura, para ayudar a tori a mejorar en su Aikido.

lunes, 16 de febrero de 2015

Aikido: Cuerpo y Alma de Uke

Aikido: Cuerpo y Alma de Uke

Texto atribuido a Shoji Seki Shihan
Traducción: José Gregorio





La mitad de Keiko (La práctica) en Aikido consiste en ser Uke. De acuerdo a que tan buen Uke seamos, la calidad de la práctica será muy diferente. Le preguntamos a un Shihan del Honbu Dojo en qué debemos ser cuidadosos durante el entrenamiento con el fin de tener una práctica fructífera:

Shoji Seki Sensei: En la práctica del Aikido, el buen logro de una técnica es el resultado, no sólo del movimiento de Nage, sino de una labor conjunta entre Nage y Uke. ¿Por qué digo esto? porque es sumamente difícil alcanzar el movimiento en el primer intento. Tori hace la práctica, uke responde con suavidad, y así una y otra vez. De esta manera Tori avanzará poco a poco hasta logar hacer el movimiento ideal.
Por lo tanto, yo busco siempre que el principiante se acostumbre a ser lanzado. Esto normalmente no es una experiencia agradable, ser derribado y lanzado por alguien, pero es necesario aprender a disfrutarlo para poder continuar con la práctica.
Para esto, Nage debe tener cuidado de lanzar al principiante sin espantarlo. El instructor tiene que observar el comportamiento de los estudiantes cuidadosamente, y si este llega a ser peligroso, debe corregir de forma adecuada. La responsabilidad del instructor en este punto es muy importante.
Para el principiante, es importante recordar el movimiento de las técnicas tan pronto como sea posible. Cuando alguien le dice cómo debe caer, el principiante no puede entender por qué es necesario caer de esta o aquella forma. Cuando se empieza a entender la relación entre la caída y la técnica, entonces es fácil de adivinar qué tipo de ukemi es el que se necesita. "Caer por caer" no ayuda en los progresos de la técnica de Ukemi.
A medida que progresan los entrenamientos, es necesario hacerse capaz de tomar ukemi de diferentes clases de tori, con potencias y velocidades distintas. Debido a que Uke no puede existir sin el movimiento de Nage, Uke debe moverse sin bloquear ni fingir el movimiento. Uke debe adaptar su movimiento a cada ocasión. Todo esto se relaciona con el método que se use en la práctica. La práctica no será buena si Uke intenta aferrarse demasiado, puesto que en Aikido practicamos técnicas predefinidas, el movimiento siguiente siempre es conocido y esto hace fácil bloquear. Esto no conduce a un buen progreso a menos que su objetivo sea hacer frente y derribar, pero para adquirir un buen movimiento de Aikido esto no funciona.
Con frecuencia veo gente bloqueando y obstruyendo el movimiento de tori, y pretender que con eso se le ayuda y se le está enseñando. Esta no es una buena manera de practicar. Para la práctica lo más conveniente es ser uke en silencio y sin pretender dar instrucciones. El estudiante va a al dojo a practicar y no a dar cátedra.

Un practicante hábil puede aprender varias técnicas en un día, pero sólo el procedimiento de efectuarla. Aunque usted conozca el procedimiento de una técnica, no conocerá el sentimiento y la sensación correcta de esta sin ser uke. Acumulando experiencia con toris experimentados y principiantes se aprende a sentir, como uke, cuando una técnica estuvo bien ejecutada y cuando no. Ser un uke firme pero respetuoso saca a relucir lo mejor de cada nage. De esta manera, si uke aprende a sentir cuando una técnica estuvo bien ejecutada, tratará de realizarla de esta manera cuando deba ser nage. La repetición y la acumulación de estos procesos debe ser la esencia de la práctica diaria.

Puntos importantes que deben ser considerados por Uke:
1. Uke es la parte ofensiva.
Sujetar a nage o hacerle movimientos de corte son maniobras ofensivas. Nage no puede bloquear un ataque si no hay nada que bloquear y un uchi que no llega a la cabeza es una tontería.
Al momento de atacar en necesario ser firme y mantener buena postura. No hay manera de empezar a atacar con una distancia inadecuada, una mala sincronía o en una posición de desequilibrio.
Uke debe caer por la fuerza de Nage. No haga Ukemi sin sentir la fuerza de Nage.
2. Al sujetar la mano utilizar todos los dedos.
Un agarre que solo use el pulgar y el índice se romperá con facilidad. Uke debe agarrar con firmeza con toda su mano, así el movimiento de nage no romperá el agarre y uke se moverá siguiéndolo.
3. ¿Cambiar la fuerza de sujeción durante la técnica?
Cuando Nage se está moviendo durante la técnica, y Uke cambia la fuerza de sujeción, el movimiento de Nage es perturbado. Puede mantenerla fuerte o suave, pero mantenga la misma dirección con la fuerza y siga el movimiento del Nage. Si cambia la fuerza de sujeción, no sólo perturbará el movimiento de Nage, sino también su propia capacidad para reaccionar a la técnica.
4. Recibir el movimiento con todo el cuerpo.
No se debe detener el movimiento centrando la fuerza en el hombro o el brazo. A menudo veo, en el caso de Katate-Dori o Ryote-Dori, a la gente reducir el movimiento al codo o la muñeca. Se debe transmitir la fuerza desde el punto de contacto a todo el cuerpo. Aunque su cuerpo sea más grande que el de Nage se debe recibir la fuerza con todo el cuerpo.
5. Mantener algún contacto visual con el punto de contacto de Nage.
Cuando se es uke se debe procurar mantener el punto de contacto de las manos con nage delante de los ojos. No mirándolo directamente sino manteniéndolo dentro del campo visual. Si la cabeza no apunta al lugar correcto quiere decir que no se está en guardia y esto no es marcial. Si la mirada se fija en la dirección de la caída seguramente la adelantaremos y nos estaremos tirando sin esperar la proyección, en cambio si la mirada busca el punto de contacto con nage el centro del cuerpo la seguirá.
6. No ser un uke perezoso.
Ser uke perezoso significa, por ejemplo, hacer de Uke para Shiho-nage pensando de antemano en el Shiho-nage y moverse por sí mismo, y no por la fuerza de Nage. En ese caso, si Nage cambia la técnica uke no puede seguir. No sea un uke perezoso en ningún caso. No ser un perezoso lo ayudará a pulir su sentimiento.


Recuerdos personales como Uke.
Cuando empecé a ser instructor, estuve siempre preparado para hacer de Uke en el caso de que un instructor de mayor rango me llamara. La impresión de ser Uke para cada instructor es muy diferente. Y todavía recuerdo esas impresiones.
Hice un montón de veces de Uke para Kisaburo Osawa Sensei (9° Dan). No puedo expresarlo con precisión, pero no existía colisión en sus movimientos, y cuando tenía que hacer de Uke me sentía purificado.

Por supuesto estas tomas de Uke no eran cosa fácil. No se sabe cuál es la técnica que viene y es necesario poder responder a cualquier movimiento. Pero toda esta experiencia con instructores de alto rango se encuentra aún en mi memoria y es muy importante para mí. Es por esto que me ocupo de lanzar y lanzar a mis estudiantes tanto como sea posible.

sábado, 12 de abril de 2014

Conceptos éticos y filosóficos en el Aikido

Conceptos éticos y filosóficos en el Aikido
Por Jaume Segura



Clase en el  NYA con Yamada Sensei

Herir a tu oponente es herirte a ti mismo. Aikido es controlar la agresión sin producir daños”. Morihei Ueshiba

Las dos frases del encabezamiento condensan lo que a rasgos generales se entiende como la máxima expresión de la práctica del Aikido.

Lo más difícil de estudiar en el Aikido no son las técnicas en sí, bien al contrario, lo agotador es controlar la violencia que surge de nuestro interior cuando no sentimos amenazados, lo cual no es más que el reflejo de nuestras inseguridades.
Bien es cierto que aunque la técnica de Aikido puedan usarse como defensa personal ante una posible agresión (el Aikido es un arte marcial completo y eficaz), Morihei Ueshiba no las creó como un método de lucha más. Su intención fue desarrollar un Arte capaz de integrar a la persona en todos sus aspectos, física, mental y energética. Es más saludable saber que si llega el caso no nos pondremos a la altura de quien nos ataca. Nos defenderemos con proporcionalidad (como marca la Ley), con firmeza pero con serenidad, procurando respetarnos a nosotros mismos impidiendo que nuestra rabia o nuestro miedo lleguen a avergonzarnos. En Aikido no se utiliza la palabra ENEMIGO, decimos oponente, compañero, o simplemente UKE (el que es dirigido, el que ataca), pues si mientras entrenamos, nuestra mente ve un contrincante en la persona que realiza el ataque, el sentido competitivo impedirá una respuesta respetuosa con él. Así, en el Aikido no hay competiciones que enfrenten un aikidoka contra otro. Si por descuido, rabia o descontrol infligimos un daño a UKE, debemos ser conscientes de la responsabilidad que adquirimos al aprender técnicas marciales, muchas de ellas potencialmente peligrosas para nuestros compañeros. La persona que entrena Aikido asume que desea cultivar sus capacidades para mejorar su calidad de vida, no para maltratar a quien se le ponga por delante. Es de personas inteligentes saber apreciar lo que piensan o sienten los demás, un aikidoka nunca menospreciará a su oponente, pues él le da la oportunidad de experimentar su propio crecimiento personal. Se podría decir que UKE es como un espejo para nosotros. El estado físico y psíquico en que dejamos a nuestro compañero al acabar la técnica nos indicará en qué estado estábamos nosotros. Dependiendo del grado de control que tengamos en nuestro cuerpo y nuestras acciones, dependerán los resultados. La palabra Aikido, en japonés está compuesta por tres ideogramas que representan tres conceptos: El primero de ellos: AI, significa Unión o Armonía y habla de la relación que debe haber entre los diferentes elementos que componen un todo. El segundo ideograma: KIse puede traducir como Energía y hace referencia a las fuerzas o energías que nos mueven, cuerpo, mente y espíritu. Por último, el tercero: DO es Camino o Vía, y habla del compromiso personal que se elige libremente al seguir una dirección concreta.
Esta definición, explica que el Aikido es una disciplina que intenta armonizar las energías que componen el individuo. Tal explicación no diferiría de otras artes marciales tradicionales, si no se diera la máxima importancia al hecho de preservar la integridad física y moral del adversario.

Entre aikidokas experimentados siempre surge la duda si la filosofía del Aikido es la que crea las técnicas, o es al revés; las técnicas llevan a la filosofía. Las dos razones son ciertas: al principio, cuando accedemos al Aikido ignorando su espíritu, las técnicas nos hacen comprender que hay formas más armoniosas de defenderse que simplemente golpeando con saña al agresor. Con el tiempo, sin embargo descubrimos que la persona no necesita, ni desea realmente hacer daño a los demás para protegerse, así que es una opción personal comportarse de forma violenta. Comprendemos que las técnicas de Aikido contienen el espíritu de la Paz, puesto que nos educa el instinto primario de la agresividad. Al conseguir llegar aquí, el aikidoka se esfuerza porque las técnicas contengan el grado máximo de armonía.

Otro aspecto relevante en la práctica de este Arte es el hecho de experimentar los dos papeles, atacante y defensor con un mismo ánimo, desde una perspectiva no solo de aprendizaje técnico, sino también como una experiencia que forma nuestro carácter. El papel de TORI (el que dirige, el defensor), no es más importante que el de UKE (el que es dirigido, el que ataca), bien al contrario se cree que si no desarrollamos primero las habilidades como UKE no podremos llegar a ser unos buenos TORI. Esto es así debido a la particular forma de las técnicas de Aikido, que buscan convencer antes que dominar, lo cual nos obliga a entender que le ocurre a UKE cuando le realizamos una técnica.

El Aikido posee una diferencia básica respecto a otras artes marciales, y ésta es su deseo de no violentar al agresor. Dicho así, en un primer momento podría parecer que las técnicas de Aikido son blandas, o incluso más teóricas que prácticas. Nada más alejado de la realidad. Una de las dificultades que entraña su práctica es aprender a utilizar las técnicas sin llegar a hacer daño, y sin que pierdan su efectividad.

Para conseguir esto, es necesaria la máxima concentración y un esfuerzo consciente en mantener nuestra atención en el AQUÍ y AHORA, pues no se debe olvidar que se está entrenando un arte marcial que mal aplicado puede ocasionar lesiones muy importantes. La persona que recibe las técnicas (UKE), juega un papel muy importante, ya que quien aplica esas técnicas (TORI), deberá evaluar muy bien el grado de adaptabilidad de su compañero. Un UKE rígido física y mentalmente se pone en peligro así mismo, lo mismo ocurre si dicho UKE se relaja hasta tal punto que se abandone a la suerte, por lo que TORI debe tener en cuenta en todo momento el estado psíquico y físico de su compañero. Lo ideal en todo momento es mantener una voluntad de atacar con decisión y recibir la respuesta con espontaneidad. La adaptabilidad por parte de UKE al recibir sobre sí la técnica defensiva debe ser comparable a la de TORI al recibir el ataque, puesto que las técnicas de Aikido parten de la capacidad de absorber una agresión, redirigiendo la energía y la inercia para finalmente devolverla, de forma controlada y acrecentada a quien te ataca.

La observación y respeto del cuerpo del oponente, permite realizar luxaciones que en muchas ocasiones acaban en proyecciones. Esto es así porque el Aikido nunca va en contra de lo que el cuerpo necesita. Si UKE al atacar y descargar su golpe, donde esperaba encontrar resistencia encuentra inercia no podrá evitar desequilibrase. Para evitar hacerse daño al caer intentará recuperar el equilibrio, si en ese instante le ayudamos a recuperarse sumando su propio impulso al nuestro, su empuje inicial se multiplica de tal forma que pierde todo control sobre su desplazamiento. Llegados a este punto se entiende que el trabajo de quien ataca (UKE), sea tan importante. Por dos motivos: 1) deberá atacar con decisión para que TORI pueda aprender a defenderse realmente; 2) el aprendizaje de caídas o la adaptabilidad ante determinadas presas permitirá a TORI trabajar con confianza y precisión.

Las luxaciones en Aikido se aplican por la necesidad de reconducir los desequilibrios de los desplazamientos de UKE en la dirección que nos interesa, y la posibilidad de llegar a inmovilizar al atacante. Las proyecciones son la forma lógica y natural de dar salida a una inercia y una energía que solo UKE, a través de una caída controlada, puede disipar. Con estas premisas la persona que defiende (TORI), no necesita una constitución física fuerte, ni tener una altura importante; basta con cierto grado de reflejos y un nivel normal de agilidad que le permita moverse con soltura. Esto explica porque tantas personas en todo el mundo, sin distinción de edad, sexo o fuerza física practican Aikido.

Dentro de lo que sería el repertorio básico de las técnicas de Aikido, se debe destacar en primer lugar los desplazamientos circulares que caracterizan a este Arte Marcial.

Los desplazamientos siempre procuran ser envolventes, evitando la confrontación directa con el adversario, al mismo tiempo que la propia inercia del movimiento concede al defensor la capacidad de incrementar la potencia de las técnicas que realiza. Esta característica permite que personas con poco peso o no muy fuertes puedan llegar a controlar a alguien que le supera en altura y fuerza. Cada paso realizado en Aikido equivale a la búsqueda constante del desequilibrio del compañero procurando mantener la propia estabilidad. El sentido circular de estos desplazamientos también se aplica en la forma de llegar a ocupar el centro físico del atacante, lo que faculta, llegado el caso, realizar desplazamientos enérgicos en espacios muy reducidos.

Este concepto de circularidad también se aplica en el control de las luxaciones, pues es el único método que respeta la forma natural del cuerpo del atacante. Todas las articulaciones del cuerpo humano se rigen por espirales concéntricas. Como ejemplo solo debemos extender un brazo y a continuación observar cómo se cierra el puño y flexionar el brazo hasta plegarlo por completo.

Dentro de la amplia gama de luxaciones que dispone el Aikido, son muy pocas las que bloquean las articulaciones en sentido contrario al desarrollo natural de las extremidades. El Aikido busca la economía y sencillez en todas sus técnicas, pero bajo la premisa de mantener la integridad del compañero.

Las proyecciones son el tercer elemento técnico que caracteriza y diferencia al Aikido de otras Artes.

En grados avanzados es la forma técnica más común para resolver el ataque del compañero, pues requiere conocer diferentes posibilidades que ofrecen desplazamientos y luxaciones combinados entre sí. Sin embargo en el Aikido, a diferencia del Judo o el Jiu-Jitsu, las proyecciones son realizadas con la idea de “dar salida” a toda la inercia creada del movimiento conjunto entre TORI y UKE. Esta voluntad de no bloquear los desplazamientos del atacante, ni de romper la fluidez del movimiento corporal, hace que desde fuera, el Aikido sea visto como un Arte Marcial muy estético, que a veces recuerda una danza. Para hacer posible una proyección el defensor debe ocupar el centro de equilibrio del atacante y hacerlo suyo para después devolvérselo en las condiciones que deseemos.

Llegados a este punto se hace obvio la necesidad por parte del atacante de practicar profusamente la técnica de las caídas. Un UKE (atacante) que no sepa caer no debe practicar más allá de sus posibilidades. Estas caídas (UKEMI), se practican desde el primer día y poco a poco van evolucionando hasta alcanzar el grado necesario para entrenar sin peligro.

Una vez el aikidoka ha logrado cierto dominio de su cuerpo y su mente, se entra en el conocimiento del trabajo con las armas tradicionales de Aikido. Estas están hechas en madera y simulan la daga, el sable y el bastón japoneses.

El entrenamiento en su manejo, tanto en el ataque como en la defensa, facilita la comprensión del trabajo a mano vacía, pues la mayoría de técnicas están muy relacionadas con el Kenjutsu (técnica del manejo del sable). Proporcionan sentido de realidad y obligan a la concentración del practicante, al tiempo que permiten desarrollar el control de las diferentes distancias de trabajo.

Al tener que atacar o defender con alguna de estas armas, el aikidoka descubre la lógica y el origen de los desplazamientos circulares que caracterizan el Aikido. Algunos incorporan a su práctica la Katana de la práctica del Iaido (desenvainar) como expresión de la máxima anticipación, concentración y precisión.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Aikido: un arte para hacer amigos


Aikido: un arte para hacer amigos

Por Adriana Llanes –febrero 2013-
Bogotá Aikido, 2do año, sensei Hiroyasu Yamamoto y sensei Howard Yanes 


Creo que fue a mediados de mayo de 2010 cuando lo ví por primera vez en la puerta del dojo. Recuerdo que faltaban unos minutos para comenzar la práctica y yo me encontraba en plena labor de limpieza del tatami. Salí a recibirlo tal como me encontraba. Con el pantalón del gi, una camiseta sin mangas y el trapo de limpieza en la mano. Él se detuvo en la puerta y me observó extrañado. Acepto que no fue la primera vez –y menos la última- que me sentí observada de esta manera. Desde que comencé a enseñar Aikido es común que hombres y mujeres se detengan en la puerta del dojo y piensen dos veces antes de entrar. Pertenecer al sexo femenino y ser instructora de un arte marcial es una combinación que todavía sorprende y se percibe como extraña –a pesar de encontrarnos en pleno siglo XXI y vivir en el costado occidental del planeta-.

Traté de comunicarme con mi precario japonés y no tuve suerte. Intenté en castellano sin avance alguno. Por fortuna el inglés resultó ser nuestra tabla de salvación.
 



No fue una charla fluida. Intenté mirarlo a los ojos y sin querer lo incomodé. Recuerdo que esperé unos minutos allí de pie, mirando al piso hasta que él comenzó a hablarme. Me preguntó mi nombre e inmediatamente me recordó el suyo. Me dijo que era la persona que había enviado un par de e- mails preguntado por un dojo para entrenar en Bogotá. Que no me molestara en contarle quien era, que ya sabía lo que necesitaba saber y que sólo quería conocer el lugar.
Lo invité a pasar y tan pronto traté de seguirlo se detuvo bruscamente giró la cabeza y me miró extrañado. Quedé inmóvil y recordé que “la mujer en Japón siempre va un paso atrás del hombre”. Luego sentí mucha vergüenza. Caí en cuenta que lucía una franela sin mangas y me pregunté hasta dónde él estaba pensando que la mujer que tenía al frente carecía de pudor alguno. Automáticamente comencé a recordar mis precarias clases de Japonés y de protocolo en la Universidad y un sinnúmero de temores y paradigmas invadieron mi cabeza. Ese hombre llevaba 10 minutos en el dojo, y yo –la persona a cargo- lo había hecho todo mal. Le hablé de iguales, le miré a los ojos, salí con una prenda que podría tomarse como atrevida u ofensiva, y por si fuera poco, olía a esencia de canela –la misma aroma del detergente que estaba usando para la limpieza-. Creo que lo único que hice bien, fue no intentar darle la mano y cederle el espacio para que iniciara la conversación cuando lo consideró oportuno.
El sr. Yamamoto se detuvo en la puerta del salón, hizo una venia al kamiza y entró a inspeccionar el lugar. Me ubiqué en una esquina tratando de entender la situación. Luego, me dio risa. Más allá del temor por mi torpeza inicial me hizo gracia darme cuenta que él se sentía igual o más torpe que yo. Innegablemente era un ambiente y una relación complemente desconocida para los dos. Lo único que teníamos en común era el amor por el Aikido, el deseo de entrenar y de compartir este arte marcial.

Con el tiempo me enteré que esta era su segunda vez fuera de Japón, y que su experiencia previa había sido en Londres –una estadía por 6 meses-. ¡Pobre hombre! pensé. A duras penas le pusieron las vacunas contra las enfermedades tropicales, lo dotaron con un libro sobre Bogotá y lo enviaron a uno de los países más mestizos del mundo – saltó sin paracaídas al tercer mundo -. El nexo con su patria era su familia, el compromiso de trabajar con japoneses y la promesa de que la Embajada de su país estaría allí asistirle.

En aquella ocasión no entró a clase. Se sentó en una esquina a observar cuidadosamente. Mi timidez me invadió por completo y comencé a sentir que rendía un examen –un examen eterno- donde mi espectador no expresaba ni aprobación ni desaprobación alguna. Sudaba a mares y me sentía realmente torpe. Notaba que analizaba cada uno de mis gestos y la forma como interactuaba con los estudiantes. Al terminar la clase, hizo un saludo y se retiró sin decir una sola palabra. Respiré profundo y pensé que nunca más lo volvería a ver. Pero por fortuna regresó al dojo y repetimos dos veces más esta experiencia.
Llegaba 15 minutos antes de comenzar la clase, se sentaba en una esquina del salón a observar, mientras yo me deshidrataba a causa de mis nervios y tartamudeaba con mucha dificultad mi incipiente japonés.

Pero un día llegué al dojo y me estaba esperando en la puerta. Me pidió permiso para tomar las clases que impartía y me confesó que su maestro había intercedido por él para que pudiera preguntarle a Doshu sobre un lugar dónde entrenar Aikido en Colombia. Que se había puesto en contacto con Yamada Sensei y que sabía de la existencia de tres dojos Aikikai en Bogotá. Que había revisado la información en Internet y había visitado los dojos, y que luego de analizar la situación le había preguntado a Yamada sensei si sería conveniente asistir al dojo de “la mujer”. Que Yamada sensei aprobó su elección y le envió una pequeña reseña acerca de “esa mujer”. Que por favor no me preocupara por nada más. Que me estaba conociendo.

Recuerdo que ese día los minutos del aikitaiso me parecieron eternos. Sin embargo, durante el ukemi entendí que ni en esa clase ni en ninguna otra, podría ofrecerle algo diferente a lo que realmente tenía y que si ese hombre formado en la cuna mundial del Aikido había regresado al dojo era porque entendía perfectamente mi situación. Comencé a observarlo y analizarlo –discretamente para no incomodarlo-. Con el tiempo -con una dinámica similar a la de uke y tori-, comencé a ponerme en su lugar y a valorar –profundamente- muchas de sus actitudes en el tatami. En el tatami mostramos quienes somos realmente y cada detalle por más simple que sea, nos permite ver la esencia de la persona que ha venido a compartir con nosotros.

Humildad. Por algunos espacios que pudimos compartir me enteré que Doshu en persona, se ha encargado de tomarle sus exámenes de dan y que periódicamente entrena con los sensei del Honbu Dojo. Confieso que me impresionó de sobremanera su humildad y apertura. Por mucho menos que esto –y sólo una foto con Doshu o un par de clases en el Honbu Dojo- varios conocidos levitan y proclaman que su conocimiento ha llegado a los estándares más elevados del aprendizaje –como si la técnica pudiera apropiarse por osmosis o si bastara una corta temporada para comprenderla en detalle -.

Considero que quieres han asistido al Honbu Dojo y han abierto el corazón han entendido que el significado de este lugar es más que todo místico y espiritual, y que la técnica es la llave que activa muchas dimensiones y niveles de aprendizaje. Por instructores del Honbu Dojo con quienes he podido entrenar, considero que el Aikido que se conserva allí es limpio, y que sus instructores no lo contaminan con sus creencias religiosas o ideas políticas o con un esquema de “marcialidad” acomodado que sólo sirve para atropellar a otros o exaltar el ego del instructor. Allí se estudian y protegen los principios; la esencia del arte.
Entiendo que el Aikido es místico por definición y que su esencia se manifiesta a partir del respeto por el otro. Por medio de la práctica nos preparamos para ser compasivos –realmente compasivos en el sentido budista-. Al intercambiar los roles de uke y tori aprendemos a ponernos en el lugar del otro, a comprenderlo, a apoyarlo y a ayudarnos mutuamente sin juzgarnos. Al final de cuentas todos estamos aprendiendo. Caemos y nos levantamos muchas veces y aprendemos a confiar en el otro. Para evolucionar necesitamos del otro, de lo que nos muestra “el otro”.
Varias veces me pregunté cómo me sentiría si un japonés me dictara clases sobre cómo bailar vallenato o cumbia –algo colombiano por excelencia-. Sin duda la sensación sería extraña, pero si lograra entrar a esas clases sin prejuicios ni prevenciones, ello demostraría irrefutablemente mi madurez y disposición de aprendizaje. Alguna vez le pregunté al sr. Yamamoto si se sentía incómodo recibiendo clases de una persona no japonesa y más cuando él tenía la oportunidad de entrenar en un ambiente tan especial de Aikido. Él sonrió y me dijo que no, que solo era un poco diferente. Que era como en la música. Una misma partitura puede ser interpretada por diferentes músicos, pero siempre se trata de la misma melodía.
Actitud de principiante. Tuve la oportunidad de recibirle varias clases y bueno, de dirigir algunas de sus prácticas. Cuando estaba a cargo indudablemente era el jefe. Pero cuando era estudiante no tenía ningún reparo en demostrar su confusión o sus dudas en el tatami. Seriamente trataba de apropiarse del movimiento y de experimentar con el compañero. Nunca le noté una insinuación tipo “es que en Japón lo hacemos así” o “es que a mí me gusta con este detalle”. Ingresaba al tatami sin pretensiones personales y con la única intención de entrenar. Hacía valer su derecho a equivocarse y se alegraba cuando lo corregían.
Generosidad y amabilidad. Quiso el destino y la vida misma, que nos conociéramos siendo Nidan y que por la misma época ambos tuviéramos que rendir nuestro examen de Sandan. Primero lo hice yo en Caracas con Yamada sensei –en febrero de 2011 – y luego él en Japón con todas las dignidades del Honbu Dojo –hacia el mes de agosto- .
Recuerdo que a mi regreso de Venezuela me preguntó cómo estuvo el examen. Le conté que mucho mejor de lo que había esperado. Sonrió, y me dijo que sabía que había trabajado duro para ello y me preguntó si por mi mente, había pasado algo especial el día del examen. Le confesé que antes de la prueba, justo cuando comenzaron a desfilar los chicos que rendirían para Shodan sentí pánico, y que simplemente me dispuse a respirar. Que comencé a recordar por todo lo que había pasado en los últimos años como practicante y que sentí profundas ganas de llorar. Que luego me invadió un sentimiento de paz y profunda gratitud porque a pesar de la adversidad, podía estar ahí, que miré a Yamada sensei y entendí que estaba allí simplemente para renovar mis votos personales con el Aikido. Que en ese instante entendí que de lo único que se trataba era de pasar al frente y decir, esto es todo lo que tengo, sé que me falta mucho pero acá estoy dispuesta a seguir aprendiendo. Esta soy yo y esta es mi historia en el Aikido. Esta es la historia de mi entrenamiento.
Recuerdo que en esta ocasión se quedó pensativo y se fue sin decirme nada. Cuando regresó de Japón y me compartió su experiencia de examen, me confesó que pasó por algo similar a lo que yo pasé y que por un instante, pudo entender lo difícil que era mantenerse realmente humilde y no contaminarse de falsa humildad. Que el simple hecho de querer rendir un buen examen era el comienzo para llenarnos de pretensiones y la forma más simple de abrirle la puerta a nuestro ego que se nos disfraza de tantas maneras.
Aikido dentro y fuera del tatami. Con ocasión del tsunami del 11 de marzo de 2011, me acerqué a manifestarle a la familia Yamamoto mi inmenso pesar por lo ocurrido y a preguntar por sus familiares y amigos. Les dije que había leído sobre la crisis nuclear y que estaba asombrada por el sacrificio de los trabajadores de la Central Nuclear de Fukushima I y II. Recuerdo que el sr. Yamamoto me miró y me dijo que lo ocurrido era un sacrificio muy alto para Japón y que esperaba que ello sirviera para que como humanidad entendiéramos que todos éramos uno solo y que al final, lo único que realmente importa es la vida misma. Que sólo si entendíamos eso, lo ocurrido habría valido la pena. Ante ese comentario, me quedé sin palabras.
Al terminar la clase de ese día, mientras doblaba mi hakama me dijo que entendía por qué me asombraba la labor de los trabajadores de la empresa Tokyo Electric Power. Que los colombianos teníamos alma de león y que por ello no sabíamos trabajar en equipo. Que los japoneses por el contrario tenían alma de oveja y que cuando las dificultades afloraban, actuaban de manera organizada y obediente. Y me contó que para atender la crisis los jefes de la planta nuclear buscaron voluntarios para trabajar sin descanso. Que quienes se enlistaron fueron los más viejos –porque se sabía que probablemente morirían-, y que ello ocurrió así, porque ellos entendían que luego de estos tiempos difíciles vendría la calma y los más jóvenes deberían reconstruir el país. Que en lo que ellos hacían no había nada de extraordinario. Que simplemente hacían su trabajo.
Reconozco que ese día estuve muy pensativa –y aún lo estoy-. Cumplir con la tarea encomendada y ocupar el lugar que socialmente nos corresponde es una manifestación profunda del budo. Tener la capacidad para comprender la magnitud de nuestras acciones y la manera como ellas afectan a los demás es estar en presente. Asombrosamente nunca le escuché lamentarse por lo ocurrido. Aceptar la adversidad y no descomponerse me pareció una verdadera muestra de estar en el centro. Ahora, ese sentir donde cabe el individuo y se involucra la humanidad como un todo, refleja un Aikido que se sale de la forma e invade todos los aspectos de la vida.
Confieso que me podría quedar narrando y compartiendo anécdotas. Sin embargo, quiero resaltar que sin importar las diferencias culturales, el sr. Yamamoto y yo logramos comunicarnos a través de un lenguaje universal: AIKIDO. Ese lenguaje que te permite cada vez que visitas distintos dojos sumergirte en un mundo diferente –de la misma manera que lo haces cuando nadas en el mar-, de afrontar temores respecto a lo desconocido –porque bueno, tiburones hay en la mayoría de los mares-  y que te enseña a fluir, a dar volteretas con la tranquilidad de salir en una sola pieza.
Indudablemente debemos trabajar permanentemente en nuestra fundamentación técnica. En estudiar el ukemi, el kamae, las bases ( kihon) pero sobre todo, en mantener una excelente actitud de práctica conservando nuestra más sincera humildad y capacidad de asombro. Esa sana curiosidad nos mantendrá activos y permitirá apreciar cada técnica y cada movimiento como un elemento único. En el dojo –el crisol donde fundimos nuestros temores- he tenido la fortuna de experimentar que el Aikido es un idioma universal que sobrepasa los paradigmas culturales y termina por vencer la rigidez mental de la mayoría de los practicantes.
Sé que el dojo Bogotá Aikido es un punto minúsculo en una ciudad inmensa y que falta mucho por andar, pero si logramos seguir el ejemplo del Sr. Yamamoto sé que iremos por buen camino.
Reconozco que nuestra memoria es frágil y que fácilmente olvidamos lo que nos dicen y nos enseñan. Sin embargo, difícilmente olvidamos la forma como nos sentimos ante determinadas circunstancias –y por ello quiero invitarlos a observarse permanentemente y a preguntarse cómo se están sintiendo, cómo han elegido vivir su experiencia de vida-. En este momento de mi evolución como practicante considero que el “sentimiento” con el que practicamos Aikido es la esencia de este arte, y que este sentir es lo que evita que a pesar de la exigencia física del movimiento, una práctica de Aikido pueda llegar a confundirse con una clase de aeróbicos en un gimnasio. En el sentir, en la mística, está sutileza del arte.
Si cultivamos estos ideales conscientemente –con consciencia- nuestro inconsciente los llevará a la forma. Con el tiempo cada movimiento será único y ese toque personal -que nuestro sentir le imprimirá a la forma- convertirá a cada movimiento en una verdadera obra de arte.
Mi más profundo y sincero agradecimiento al Sr. Yamamoto por habernos acompañado en este trayecto. Espero de todo corazón que logre materializar su anhelo de abrir un dojo en Japón. Tengo la certeza que sus alumnos contarán con un excelente maestro. De TODO corazón, muchas gracias –domo arigato gozaimasu, sensei-. Espero que la excusa del Aikido nos permita vernos nuevamente.

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