domingo, 30 de septiembre de 2012

Evolución de la armadura samurai

Evolución de la armadura samurai

 
Tomado del libro Breve Historia de los
Samurai, Juan Antonio Cebrián compilador

La evolución de la armadura japonesa puede relacionarse de forma intrínseca con la evolución del sable japonés así como con el resto del arsenal armamentístico del samurai, yari, arco y flecha, naginata. Esencialmente, porque la evolución de las armas empleadas en batalla y las defensas que se utilizan para contrarrestarlas, dependen en gran medida de la adaptación a las técnicas de combate, de tal forma que permitan una efectividad a la hora de penetrar y destruir los elementos defensivos a los que tiene que enfrentarse. De igual manera, pero a la inversa, se requiere de un sistema defensivo que necesariamente evolucione hacia un desarrollo que lo convierta en efectivo a la hora de frenar un ataque infringido con un arma determinada.

En este sentido se puede afirmar que la producción de armaduras en Japón experimentó una evolución acorde a la necesidad de defensa del guerrero en cada momento, marcada como es evidente por la cantidad de guerras de cada periodo. Así pues, las armaduras jugaban un papel importante por las guerras entre clanes, siendo la época de esplendor el periodo de entreguerras –Sengoku- hasta el periodo de paz –Tokugawa-, cuando la armadura cae prácticamente en desuso por la inexistencia de guerras para usarlas, pasando a convertirse en un elemento básicamente ceremonial y de prestigio.

La armadura japonesa, a pesar de la mayor o menor sofisticación de uno u otro momento, siempre trató de conjugar la protección con una alta movilidad que permitiese al guerrero una libertad de movimientos eficiente. Por ello, una de las preocupaciones de los gusoku-shi (maestros artesanos de armaduras) fue la utilización de unos materiales que permitiesen esta comunión entre blindaje y ligereza.

Se ha convenido que, principalmente por tradición y por las pruebas existentes, tales materiales desde las primeras evidencias existentes, son el metal y el cuero. Se tiene constancia por hallazgos arqueológicos que ya desde el año 400 a.c se empleaba el hierro como elemento constructor trabajado de forma minuciosa y brillante para reducir su peso y facilitar la movilidad debido a una mayor ligereza.

Las primeras armaduras de las que se tiene constancia proceden de entre los siglos V y VIII, encontradas en túmulos funerarios y ligadas al estado de Yamato. Responden al nombre de tanko y fueron confeccionadas en placas de hierro que se sujetaban por medio de correas de cuero. Son armaduras que por morfología parecen realizadas para ser eminentemente utilizadas a pie y con una cierta dificultad para su vestimenta, algo que posteriormente se vería mejorado en las posteriores realizaciones evolucionando hacia las kogane-majiri-no yoroi del S.IX.

La parte inferior del cuerpo se cubría con una pieza llamada kusazuri a modo de musleras, quedando al descubierto la parte inferior de las piernas cubiertas tan sólo por la vestimenta del pantalón. La parte de los hombros y antebrazos se cubrían con una serie de placas semicirculares y las muñecas por medio de unos brazaletes de hierro a modo de medios cilindros, que vislumbran lo que posteriormente serán los kote.

Del mismo modo, el casco estaba elaborado en hierro hábilmente trabajado con el fin de facilitar el movimiento de la cabeza, y por la zona del cuello se extendían una serie de láminas a modo de gorguera que aportaban protección a la zona.

Todo este atuendo se complementaba con un elemento que difícilmente se vería posteriormente: un gran escudo, cuyo origen pueda deberse a la influencia continental de China y Corea.

Algo posteriores a las tanko, aunque conviven en el tiempo, son las armaduras llamadas Keiko, de tipo laminar y concebidas para ser utilizadas por la caballería por su mayor ligereza y capacidad de movilidad, ejemplo de ellas son la halladas en algunas de las figuras haniwa –figuras terracota elaboradas para uso ceremoniales- de los túmulos funerarios. La fusión de ambos tipos de armadura conducirá a la aparición del yoroi.

De la evolución del Keiko y ya a finales del periodo Heian(794-1185), comienza a verse las primeras armaduras completas tal y como hoy las imaginamos, realizadas con láminas de hierro unidas por medio de cuero y ricamente entrelazadas por cordones de seda que forman un patrón que en muchas ocasiones es identificativo del modelo de armadura, así como también lo es el odoshi o forma de unir las láminas metálicas.

Esta forma particular de trabajar el metal, el cuero y la seda se convirtió en una forma excelente de complementar protección con ligereza y capacidad de movimiento a quien portaba la armadura, algo esencialmente importante en la mentalidad del guerrero japonés, además, a partir del S.IX se convirtió en un arte el odoshi-gei, que confería personalidad propia a los distintos modelos de armaduras que se manufacturaban en función de un clan. El deseo de diferenciarse como clan hizo determinante estilos y colores propios e identificativos de las distintas grandes familias; ejemplos de ello se pueden encontrar en el verde de Fujiwara, el púrpura de Taira, o el archiconocido rojo de la familia Ii, motivo por el cual pasaron a conocerse como “diablos rojos”; incluso el blanco color de luto en la cultura nipona tenía un gran simbolismo, ya que quien lo vestía exteriorizaba con ese color su sentido convencimiento de dejar la vida en la batalla.

La manufactura de una armadura acaparaba una complejidad simbólica que trascendía más allá de su pura funcionalidad. Si el odoshi como se ha comentado servía para diferenciar modelos de armadura, clanes o rangos, del mismo modo que los colores, la utilización del cuero y la seda también era un factor que servía para dar este tipo de información; el kebiki al igual que el odoshi, se convirtió en un arte por el cual y a través del entramado de la seda se podía diferenciar la tipología de las armaduras según el rango jerárquico que querían representar; así pues urdimbres amplias y holgadas, o-arame, sugake-do-maru o kebiki-do-maru, fueron propias de soldados de bajo rango que entraban fácilmente en acción ya que este tipo de entramado favorecía la libertad de movimientos, mientras que las más tensas y agrupadas quedaron para generales por ser más ornamentadas y estéticas.

Las Keiko convivieron con el tipo de armadura que utilizaban los soldados de a pie -de infantería-, armaduras más sencillas que ofrecían una gran movilidad y capacidad de movimiento al usuario, habiendo distintas tipologías como la celebre do-maru y su variante abierta en la parte posterior haramaki-do.

La profusión en el uso de la seda y el textil llegó a ser criticado aludiéndose que tanto tejido podía llegar a ser contraproducente en batalla, pues en esa maraña, en un lance de combate podrían quedar enganchadas armas enemigas o proyectiles, del mismo modo que entre sus recovecos se podrían llegar a generar mohos y parásitos como consecuencia de las humedades y la suciedad de las campañas y los consecuentes problemas que aquello podía generar en un soldado o un regimiento.

Como consecuencia de esta crítica a dicho modo de trabajo de la armadura, la historiografía nos deja una división que diferencia entre armaduras anteriores al S.XVI que abarcaría todas las variantes, yoroi, do-maru, haramaki-do y las posteriores que pasarían a ser conocidas con el nombre genérico de gusoku, palabra que posteriormente iría adquiriendo un significado más amplio y que serviría para designar cualquier tipo de armadura completa independientemente de la época a la que perteneciese.

A partir del S.XII comenzó a hacerse mayoritario el uso del yoroi por un gran número de samurais, básicamente de los de alto rango, y aunque en su origen la palabra identificaba únicamente al do o parte que protege la zona pectoral, con el tiempo su uso paso a referirse a una armadura completa formada por todas las partes de pies a cabeza.

Este tipo de armadura podía presentar diseños muy variados en función del tipo de artesanía con la que fuese trabajada, tal y como antes se ha indicado. No obstante y de forma general mantenía una morfología básica legada de su antecesora, estando compuesta por un cuerpo central formado por la unión de las distintas láminas de metal, prestando especial interés en las zonas más importantes a blindar, unidas por el ya nombrado cuero y la seda o el textil. Se componían básicamente del do o protección pectoral, las sode para los hombros, las sune-ate para las piernas, los kote para los brazos, el uwa-obi, el mempo y el kabuto para cara y cabeza.

Eran armaduras un tanto rígidas, motivo por el cual su uso quedaba esencialmente restringido a generales y altos mandos por su difícil participación en combate, identificándose más con un rango jerárquico y como imagen de respeto y temor.

Este tipo de yoroi completa, no fue el tipo de armadura generalizada, pues como se ha mencionado, su papel quedaba relegado a generales o personajes reseñables dentro del organigrama de cada ejército. En el periodo Sengoku, famoso por las intestinas guerras internas del país, se optó por el uso generalizado del do-maru propio de la infantería y que en función de cada guerrero y sus condiciones físicas podía ser complementado por otros elementos, como las sune-ate, el kabuto o los kote, todo ello sujeto a la conjunción de protección y la tan importante capacidad de movimiento, ya que un yoroi completo rondaba los 25-30 kilos y restringía la movilidad.

O-yoroi

Con el fin del periodo de entreguerras y la ascensión al shogunato de Tokugawa Ieyasu, la paz del periodo Edo repercutió en la confección de las armaduras del mismo modo que lo hizo en la armamentística. La carencia de guerras hizo innecesaria la producción masiva de armaduras por lo que se dio un giro en su significado. Pasó de ser un elemento práctico defensivo incuestionable a un elemento identificativo de poder y de estatus, que en ocasiones llegó a considerarse como un elemento meramente artístico.

Con motivo de esta nueva concepción de la armadura, se empezaron a confeccionar un nuevo tipo de armaduras más opulentas y sobrecargadas de elementos decorativos, las o-yoroi, cuya función quedaba únicamente destinada a ser vestidas por grandes generales o daimyos en actos ceremoniales y eventos de la corte. La importancia simbólica de este tipo de armaduras poco funcionales llegó a ser tal, que según determinadas fuentes se crearon códigos de cómo vestirla y cómo llevarla como símbolo identificativos propios de cada clan.

Por ello, como se dijo al inicio de la reseña, la evolución de la armadura japonesa va acorde a la evolución armamentística. Su mayor auge y evolución depende de los periodos de guerras en el que las armas y los elementos defensivos son vitales para el éxito o el fracaso, no obstante poco a poco y según se establece la paz en el país el uso de las armas se va haciendo innecesario, y se va limitando a actos protocolarios configurándose en sello y firma de un estatus jerárquico dentro de una sociedad fuertemente diferenciada en estamentos desiguales.

Partes de la armadura y su indumentaria

En este apartado pretendo definir las distintas partes que conforman la armadura, no sólo a las más características y que rápidamente identificamos como puedan ser el do o coraza, y el kabuto o casco, sino a toda la indumentaria que se vestía incluso como ropa interior cuya importancia es básica en la vestimenta.

Comenzando desde la ropa interior, la prenda primera que se utilizaría a modo de calzón recibía el nombre de fundoshi, elaborado con distintos materiales según la época del año y podía ser corto o largo, extendiéndose este último por la zona del pecho para ser anudado en la nuca por medios de unos cordones que lo sustentaban. Sobre el fundoshi se colocaba un shitagi, similar a un kimono o yukata aunque algo más corto que era anudado por medio de un kaku-obi(cinturón ancho), incluyendo sobre esta vestimenta los samurai de mayor jerarquía un manto reforzado y suntuoso que recibía el nombre de yoroi hitatare.

Para la zona de los muslos y la cadera se utilizaba una pieza llamada haidate, generalmente confeccionado por el sistema de láminas ya nombrado, aunque podía variar en función de la movilidad que el usuario requiriese o la climatología de cada época.

La parte de los brazos se cubría inicialmente con un prenda a modo de guantes llamada yugake, reforzada como protección inicial sobre la que posteriormente se colocaba los kote blindados por el mismo sistema de placas -esencialmente en la zona exterior- con el fin de quedar libre la interior para una buena movilidad de los brazos protegiéndose esta zona interior y la zona de las axilas con un refuerzo a modo de pequeña chamarra llamado wakibiki. De esta última pieza existe un gran número de diseños y refuerzos según estilos, gustos o épocas.

La zona de protección del pecho, el do, es una de la partes más importantes y personalizada dentro de la armadura. Su importancia es capital no sólo por encargarse de una zona del cuerpo vital sino porque es la que especificaba, con su morfología y tipología, qué tipo de armadura era. En esencia se componía de placas de metal entrelazadas por medio de seda y textil tal y como se dijo, reforzadas por medio de piezas de cuero y en ocasiones lacadas, método que además aseguraba un perfecto aislamiento a las humedades.

La variedad era muy grande, sobre todo en diseño y colorido, aunque por tipología podemos señalar dos grande grupos, las conformadas por las susodichas piezas de metal ligadas por un entramado de cintas, y las de una sola pieza o placas a modo de pechuga de ave por ser la unión de grandes placas en este sentido. En cuanto a la forma de vestirlas se puede hablar de dos maneras, las del tipo haramaki-do con una abertura en la parte trasera y las de tipo do-maru que se abrían por los laterales; pero seguramente existieron otros sistemas muy poco utilizados.

Para los hombros se utilizaban unas piezas confeccionadas del mismo modo a base de láminas entretejidas en tiras llamadas sode, muy ostentosas y decoradas para los oficiales de alto rango y algo más sencillas en los de inferior, existiendo además múltiples variantes en función de su tamaño, diseño, forma. La zona del cuello se protegía con una pieza semicircular hecha también de placas que se adaptaba al cuello y que recibía el nombre de nodowa.

Otra de las piezas esenciales y emblemáticas tanto por su función defensiva de una zona tan vital como es la cabeza así como por el inmenso número de diseños y modelos, es el kabuto o casco. Generalmente se conforma por una pieza central que es lo que se podría definir como el casco puramente, que se llama hachi, a él se unían otra piezas como el shikoro, conformado por la unión de varias piezas laminadas (entre 3 y 7), que servía de protección al cuello en su zona lateral y trasera pues recorrían el perímetro del hachi en su mitad posterior. Además el shikoro en muchas ocasiones servía además para dar nombre al tipo de kabuto en función del número de tiras o sus dimensiones. El maezashi, una visera frontal, y el fukigaeshi, una especie de orejas salientes en los laterales de la zona frontal, a pesar de parecer piezas puramente decorativas, tenían su parte de función de blindaje extra a determinados ataques que pudieran llegar por esas zonas.

El diseño y la variedad de kabutos es enorme, y no sólo como un gusto por la estética o por lo relacionado directamente con un diseño defensivo. El transfondo y el simbolismo es muy grande sobre todo en los kabuto de los generales que se convertían en auténticos estandartes con los que transmitir al enemigo respeto y temor y hacer notar el clan al que pertenecían y su valía en la guerra; los maedate, elemento que servía como insignia o blasón, se convertían en auténticos muestrarios que indicaban cualidades como el valor, honor o el arrojo.

Finalmente para la protección de la zona de la cara se colocaban una máscara que variaba en diseño y ornamentación según el rango del portador; estaban generalmente realizadas en metal e incluso en cuero lacado y endurecido. Genéricamente reciben el nombre de mempo, aunque realmente este es el nombre correcto para referirse a las máscaras integrales que cubrían toda la cara, había otros modelos que cubrían solo la mitad de la cara o las mejillas y la frente a pesar de identificarse con el nombre indicado, tenían el suyo propio más específico, hoate, sarubo, tsubamebo. A parte de su función eminentemente protectora estas máscaras tenían la intención psicológica de mostrar temor y respeto al enemigo, para lo cual se confeccionaban siguiendo diseños que emulasen los rasgos de demonios, animales, ancianos venerables o viriles rostros jóvenes.

Cabe destacar que para los ashigaru – los “pies ligeros” o soldados rasos milicianos - este tipo de máscaras eran muy básicas y sin ningún tipo de trabajo de personalización, de hecho, otra de las funciones de las máscaras era equilibrar el conjunto del kabuto, en la medida en que este tipo de soldados no vestían armaduras y su protección se limitaba a la cabeza con un tipo de sombrero denominado jingasa, de amplio perfil circular realzado en su centro y realizado en metal.

A grandes rasgos se puede afirmar que esta es la indumentaria que conformaba la armadura yoroi de un samurái. Es conveniente tener en cuenta que no todos la llevarían completa y que esencialmente en función del grado se vestirían unos u otros elementos variando de forma casi infinita los modelos, diseños y la forma de combinar las diferentes partes; también es un punto a tener en cuenta que los propios gustos o incluso la forma física de cada individuo podía influir de manera notable en la forma de vestir las distintas partes de la armadura, con el fin de conseguir una mayor comodidad a la hora de entrar en batalla.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Actitud frente al paso de grados




Actitud frente al paso de grados



Tomado de: "AIKIDO, Etiquette et Transmission; Manuel a l'Usage des Professeurs", Tamura Nobuyoshi. Les Éditions du Soleil Levant 1991, pg 94-96. Traductor desconocido.

Es evidente que la actitud adecuada en el momento del examen debe ser enseñada con anterioridad por los profesores. La única razón de ser de los exámenes de Kyu o de Dan en Aikido es la de poder apreciar uno mismo la medida de nuestros progresos técnicos a la vez que del nivel mental adquirido en un arte donde no existe la competición. Lo verdaderamente importante es poder manifestar enteramente los resultados de la propia práctica cotidiana, en el sentido de la unidad del Ki, del corazón (kokoro), del cuerpo y de la técnica.
En el momento del examen, las técnicas se encadenan con rapidez, precisión y potencia: la potencia del cuerpo debe expresarse sin interrupción, tanto en resistencia como en capacidad de sufrimiento. La calma y lo intrépido del corazón deben animar una ejecución técnica de una precisión meticulosa. Sin miedo, sin vacilación, sin altanería, cada gesto debe efectuarse en la total unión del cuerpo y del espíritu. Es bueno, con esta perspectiva, orientar la práctica cotidiana hacia esta unión total, lo que permitirá en el momento del examen, sin cambio alguno con respecto al ejercicio ordinario, estar distendido, relajado y guardar el gesto amplio sin dejarse distraer por nada en absoluto. Hay que permanecer libre.
Si habéis sabido expresar los resultados de vuestra práctica diaria de forma plena y entera, aunque suspendáis debéis consideraros satisfechos. Habiendo pasado un examen con brillantez, si no habéis satisfecho esas condiciones de las que sois la última instancia, el único juez, no os enorgulleceréis de ello. Suspender y echar la responsabilidad sobre el tribunal os sitúa en el más bajo nivel: ¡no esperéis comprender nunca nada de nada en Aikido si os empeñáis en actuar así¡ Pensar que el jurado es parcial es la prueba de que vuestro corazón es parcial. Hay que agradecer al jurado que os ha indicado los aspectos negativos de vuestra indumentaria, de vuestra técnica, antes que odiarlo pensando que no entiende nada de Aikido. Y si, por extraordinario que parezca, el jurado no entendiera verdaderamente nada...¿debería esto cambiar en algo vuestro trabajo? E incluso si no habéis comprendido por el momento las intenciones del jurado, llegará un momento en que comprendáis que gracias a este fracaso momentáneo, habéis trabajado más y que vuestra técnica y vuestro espíritu han progresado por ello. Seguramente se lo llegareis a agradecer a este jurado que os habrá permitido evolucionar sin orgullo y sin auto satisfacción. Es, según creo, este estado de espíritu lo que manifiesta el "wa", la armonía y la paz, de la que hablaba O Sensei. La paz no reside solamente en uno mismo, no puede existir más que al mismo tiempo "en" y "alrededor" de uno mismo.
El Aikido es una espada de dos filos: cuando cortamos al adversario en dos, hay que saber que nos cortamos a nosotros mismos en dos. Si dejamos vivir al adversario, nos salvamos a nosotros mismos. Lo que quiere decir que no hay que establecer la dualidad adversario/uno mismo. Tomemos como ejemplo el caso de un jurado total y absolutamente parcial e injusto. Incluso un jurado así, si está bajo el encanto, no encontrará nada que desdecir de un buen examen: es en este estado de espíritu en el que os tenéis que presentar. Si a pesar de todo fracasáis, no os dejéis abatir. Aprovechadlo para mejorar vuestros defectos. Manteneos derechos y dignos, sin guardar rencor a quien quiera que sea y probablemente el jurado que os ha suspendido sentirá vergüenza. Si recibís un grado que no merecéis, sabed que no lo habéis recibido más que para indicaros que toda posibilidad de evolución os está desde ahora en adelante vedada. Por el contrario, que un grado os sea negado debe ser interpretado como la petición que se os hace de un trabajo más profundo para el que tenéis plena capacidad.

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