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domingo, 28 de octubre de 2012

El corazón del Aikido: la práctica en sí misma


El corazón del Aikido: la práctica en sí misma
Tomado de http://aikidoescobar.blogspot.com




Los beneficios para la salud del ejercicio físico, como los que experimentamos durante la práctica de Aikido, han sido ampliamente demostrados. El ejercicio fortalece el corazón, los músculos, tendones, articulaciones y huesos. Recientemente, se ha llegado a la evidencia que sugiere que el ejercicio regular, es beneficioso para el cerebro (incluso puede llegar a mejorar la cognición y el estado anímico). Todo esto junto hace que sea claro que el Aikido sea bueno para el cuerpo, pero ¿qué pasa con el espíritu?.


Evitando discusiones acerca de “Kotodama” (literalmente: “espíritu de la palabra” ) y la conexión histórica entre el Aikido y Omotokyo (religión politeísta del Japón con objetivos sociopolíticos, derivada del sintoísmo), todavía hay un elemento en el corazón de Aikido de naturaleza espiritual, la cual a menudo es pasado por alto: la propia práctica.


La mayoría de los practicantes de Aikido no son soldados, así que no esperes a utilizar este arte en la guerra. Entre algunos “guerreros modernos” (muy pocos lamentablemente), ya hay cierto entendimiento de que si la necesidad de luchar con las manos surge, entonces algo ha salido terriblemente mal. La policía y fuerzas similares que deben mantener la paz, se encuentran entre los pocos que podrían utilizar Aikido como algo más que un último recurso, pero prefieren otras opciones. Como tal, está claro que la mayoría de los aikidokas sólo utilizamos nuestro arte durante la práctica.


Esta práctica es el propósito de Aikido. La ropa, las armas y las costumbres son importantes, pero si no fuera por la práctica en sí, todo lo demás carecería de sentido. Vamos al Dojo para entrenar, no a mostrar nuestras habilidades. Asistimos a las clases para aprender, practicar, mejorar y crecer, no para disfrutar de la decoración y de una buena charla. También vamos al Dojo para ayudar en su práctica a los demás, ya sea mediante la enseñanza o de ser su compañero.


La práctica de Aikido, literal y figurativamente, reúne a la gente. Desde el saludo inicial "onegai-shimasu" (en el contexto de las artes marciales: "por favor permítame practicar con usted") entramos en el corazón del Aikido. Al pedir a alguien que sea nuestro compañero de entrenamiento nos abrimos a otro ser humano. A pesar de los agarres, luchas, golpes y hasta a veces batallar utilizando la fuerza física, no se considera que esto sea un conflicto. Todo lo contrario, juntos, aprendemos a combinar mejor nuestras energías e intenciones con las de los demás. Nos enteramos de sus puntos fuertes y débiles, a la vez que exponemos los nuestros.


Cuando un compañero de entrenamiento, siente debilidad y sin embargo sigue acercándose lo suficiente como para recibir un golpe, se encuentra en su punto más vulnerable. En términos tácticos, nuestro compañero está expuesto y vulnerable, abandonándose a nuestra merced. Estar abiertos a los ataques, nos entrena para reconocer que, aunque las posibilidades de ser heridos o sufrir una lesión sean reales, otro ser humano está en la misma situación. Al reconocer su vulnerabilidad podemos usar su debilidad, para destruirlos, pero esa elección sería una forma de autodestrucción.


Crecemos juntos, con la comprensión de que en ese instante el otro es igual a mí: abierto y en peligro.


La necesidad de proteger a nuestros compañeros se hace más clara. Durante la práctica confiamos uno en el otro, poniendo nuestro cuerpo y nuestra salud en manos de un “extraño”. Este nivel de confianza rompe las barreras entre las personas de una forma tan particular, que en otro escenario es poco probable que ocurra.


Más allá de "no dañar" a nuestros compañeros, la realidad es totalmente diferente a eso. Como senpai (“guía” o en este contexto: “más antiguo, de mayor graduación”, literalmente “compañero de antes”) es nuestra responsabilidad proteger a nuestros kōhai (“guiado” o en este contexto: más moderno, “de menor graduación", literalmente “compañero de después”). En el tatami (“piso donde se practica”) la relación entre senpai y kōhai refleja la profunda reciprocidad de propósitos. kōhai aprende la técnica ayudado por senpai, y éste aprende a comunicar y demostrar, a la vez que debe esforzase en pulir su propia técnica. Ambas partes aprenden empatía y crean lazos.


Es cierto, Aikido crece a partir de la reciprocidad física y emocional de la formación gracias a la práctica diaria. Claramente entonces, la práctica es el propósito el significado y el corazón del Aikido

domingo, 30 de septiembre de 2012

Evolución de la armadura samurai

Evolución de la armadura samurai

 
Tomado del libro Breve Historia de los
Samurai, Juan Antonio Cebrián compilador

La evolución de la armadura japonesa puede relacionarse de forma intrínseca con la evolución del sable japonés así como con el resto del arsenal armamentístico del samurai, yari, arco y flecha, naginata. Esencialmente, porque la evolución de las armas empleadas en batalla y las defensas que se utilizan para contrarrestarlas, dependen en gran medida de la adaptación a las técnicas de combate, de tal forma que permitan una efectividad a la hora de penetrar y destruir los elementos defensivos a los que tiene que enfrentarse. De igual manera, pero a la inversa, se requiere de un sistema defensivo que necesariamente evolucione hacia un desarrollo que lo convierta en efectivo a la hora de frenar un ataque infringido con un arma determinada.

En este sentido se puede afirmar que la producción de armaduras en Japón experimentó una evolución acorde a la necesidad de defensa del guerrero en cada momento, marcada como es evidente por la cantidad de guerras de cada periodo. Así pues, las armaduras jugaban un papel importante por las guerras entre clanes, siendo la época de esplendor el periodo de entreguerras –Sengoku- hasta el periodo de paz –Tokugawa-, cuando la armadura cae prácticamente en desuso por la inexistencia de guerras para usarlas, pasando a convertirse en un elemento básicamente ceremonial y de prestigio.

La armadura japonesa, a pesar de la mayor o menor sofisticación de uno u otro momento, siempre trató de conjugar la protección con una alta movilidad que permitiese al guerrero una libertad de movimientos eficiente. Por ello, una de las preocupaciones de los gusoku-shi (maestros artesanos de armaduras) fue la utilización de unos materiales que permitiesen esta comunión entre blindaje y ligereza.

Se ha convenido que, principalmente por tradición y por las pruebas existentes, tales materiales desde las primeras evidencias existentes, son el metal y el cuero. Se tiene constancia por hallazgos arqueológicos que ya desde el año 400 a.c se empleaba el hierro como elemento constructor trabajado de forma minuciosa y brillante para reducir su peso y facilitar la movilidad debido a una mayor ligereza.

Las primeras armaduras de las que se tiene constancia proceden de entre los siglos V y VIII, encontradas en túmulos funerarios y ligadas al estado de Yamato. Responden al nombre de tanko y fueron confeccionadas en placas de hierro que se sujetaban por medio de correas de cuero. Son armaduras que por morfología parecen realizadas para ser eminentemente utilizadas a pie y con una cierta dificultad para su vestimenta, algo que posteriormente se vería mejorado en las posteriores realizaciones evolucionando hacia las kogane-majiri-no yoroi del S.IX.

La parte inferior del cuerpo se cubría con una pieza llamada kusazuri a modo de musleras, quedando al descubierto la parte inferior de las piernas cubiertas tan sólo por la vestimenta del pantalón. La parte de los hombros y antebrazos se cubrían con una serie de placas semicirculares y las muñecas por medio de unos brazaletes de hierro a modo de medios cilindros, que vislumbran lo que posteriormente serán los kote.

Del mismo modo, el casco estaba elaborado en hierro hábilmente trabajado con el fin de facilitar el movimiento de la cabeza, y por la zona del cuello se extendían una serie de láminas a modo de gorguera que aportaban protección a la zona.

Todo este atuendo se complementaba con un elemento que difícilmente se vería posteriormente: un gran escudo, cuyo origen pueda deberse a la influencia continental de China y Corea.

Algo posteriores a las tanko, aunque conviven en el tiempo, son las armaduras llamadas Keiko, de tipo laminar y concebidas para ser utilizadas por la caballería por su mayor ligereza y capacidad de movilidad, ejemplo de ellas son la halladas en algunas de las figuras haniwa –figuras terracota elaboradas para uso ceremoniales- de los túmulos funerarios. La fusión de ambos tipos de armadura conducirá a la aparición del yoroi.

De la evolución del Keiko y ya a finales del periodo Heian(794-1185), comienza a verse las primeras armaduras completas tal y como hoy las imaginamos, realizadas con láminas de hierro unidas por medio de cuero y ricamente entrelazadas por cordones de seda que forman un patrón que en muchas ocasiones es identificativo del modelo de armadura, así como también lo es el odoshi o forma de unir las láminas metálicas.

Esta forma particular de trabajar el metal, el cuero y la seda se convirtió en una forma excelente de complementar protección con ligereza y capacidad de movimiento a quien portaba la armadura, algo esencialmente importante en la mentalidad del guerrero japonés, además, a partir del S.IX se convirtió en un arte el odoshi-gei, que confería personalidad propia a los distintos modelos de armaduras que se manufacturaban en función de un clan. El deseo de diferenciarse como clan hizo determinante estilos y colores propios e identificativos de las distintas grandes familias; ejemplos de ello se pueden encontrar en el verde de Fujiwara, el púrpura de Taira, o el archiconocido rojo de la familia Ii, motivo por el cual pasaron a conocerse como “diablos rojos”; incluso el blanco color de luto en la cultura nipona tenía un gran simbolismo, ya que quien lo vestía exteriorizaba con ese color su sentido convencimiento de dejar la vida en la batalla.

La manufactura de una armadura acaparaba una complejidad simbólica que trascendía más allá de su pura funcionalidad. Si el odoshi como se ha comentado servía para diferenciar modelos de armadura, clanes o rangos, del mismo modo que los colores, la utilización del cuero y la seda también era un factor que servía para dar este tipo de información; el kebiki al igual que el odoshi, se convirtió en un arte por el cual y a través del entramado de la seda se podía diferenciar la tipología de las armaduras según el rango jerárquico que querían representar; así pues urdimbres amplias y holgadas, o-arame, sugake-do-maru o kebiki-do-maru, fueron propias de soldados de bajo rango que entraban fácilmente en acción ya que este tipo de entramado favorecía la libertad de movimientos, mientras que las más tensas y agrupadas quedaron para generales por ser más ornamentadas y estéticas.

Las Keiko convivieron con el tipo de armadura que utilizaban los soldados de a pie -de infantería-, armaduras más sencillas que ofrecían una gran movilidad y capacidad de movimiento al usuario, habiendo distintas tipologías como la celebre do-maru y su variante abierta en la parte posterior haramaki-do.

La profusión en el uso de la seda y el textil llegó a ser criticado aludiéndose que tanto tejido podía llegar a ser contraproducente en batalla, pues en esa maraña, en un lance de combate podrían quedar enganchadas armas enemigas o proyectiles, del mismo modo que entre sus recovecos se podrían llegar a generar mohos y parásitos como consecuencia de las humedades y la suciedad de las campañas y los consecuentes problemas que aquello podía generar en un soldado o un regimiento.

Como consecuencia de esta crítica a dicho modo de trabajo de la armadura, la historiografía nos deja una división que diferencia entre armaduras anteriores al S.XVI que abarcaría todas las variantes, yoroi, do-maru, haramaki-do y las posteriores que pasarían a ser conocidas con el nombre genérico de gusoku, palabra que posteriormente iría adquiriendo un significado más amplio y que serviría para designar cualquier tipo de armadura completa independientemente de la época a la que perteneciese.

A partir del S.XII comenzó a hacerse mayoritario el uso del yoroi por un gran número de samurais, básicamente de los de alto rango, y aunque en su origen la palabra identificaba únicamente al do o parte que protege la zona pectoral, con el tiempo su uso paso a referirse a una armadura completa formada por todas las partes de pies a cabeza.

Este tipo de armadura podía presentar diseños muy variados en función del tipo de artesanía con la que fuese trabajada, tal y como antes se ha indicado. No obstante y de forma general mantenía una morfología básica legada de su antecesora, estando compuesta por un cuerpo central formado por la unión de las distintas láminas de metal, prestando especial interés en las zonas más importantes a blindar, unidas por el ya nombrado cuero y la seda o el textil. Se componían básicamente del do o protección pectoral, las sode para los hombros, las sune-ate para las piernas, los kote para los brazos, el uwa-obi, el mempo y el kabuto para cara y cabeza.

Eran armaduras un tanto rígidas, motivo por el cual su uso quedaba esencialmente restringido a generales y altos mandos por su difícil participación en combate, identificándose más con un rango jerárquico y como imagen de respeto y temor.

Este tipo de yoroi completa, no fue el tipo de armadura generalizada, pues como se ha mencionado, su papel quedaba relegado a generales o personajes reseñables dentro del organigrama de cada ejército. En el periodo Sengoku, famoso por las intestinas guerras internas del país, se optó por el uso generalizado del do-maru propio de la infantería y que en función de cada guerrero y sus condiciones físicas podía ser complementado por otros elementos, como las sune-ate, el kabuto o los kote, todo ello sujeto a la conjunción de protección y la tan importante capacidad de movimiento, ya que un yoroi completo rondaba los 25-30 kilos y restringía la movilidad.

O-yoroi

Con el fin del periodo de entreguerras y la ascensión al shogunato de Tokugawa Ieyasu, la paz del periodo Edo repercutió en la confección de las armaduras del mismo modo que lo hizo en la armamentística. La carencia de guerras hizo innecesaria la producción masiva de armaduras por lo que se dio un giro en su significado. Pasó de ser un elemento práctico defensivo incuestionable a un elemento identificativo de poder y de estatus, que en ocasiones llegó a considerarse como un elemento meramente artístico.

Con motivo de esta nueva concepción de la armadura, se empezaron a confeccionar un nuevo tipo de armaduras más opulentas y sobrecargadas de elementos decorativos, las o-yoroi, cuya función quedaba únicamente destinada a ser vestidas por grandes generales o daimyos en actos ceremoniales y eventos de la corte. La importancia simbólica de este tipo de armaduras poco funcionales llegó a ser tal, que según determinadas fuentes se crearon códigos de cómo vestirla y cómo llevarla como símbolo identificativos propios de cada clan.

Por ello, como se dijo al inicio de la reseña, la evolución de la armadura japonesa va acorde a la evolución armamentística. Su mayor auge y evolución depende de los periodos de guerras en el que las armas y los elementos defensivos son vitales para el éxito o el fracaso, no obstante poco a poco y según se establece la paz en el país el uso de las armas se va haciendo innecesario, y se va limitando a actos protocolarios configurándose en sello y firma de un estatus jerárquico dentro de una sociedad fuertemente diferenciada en estamentos desiguales.

Partes de la armadura y su indumentaria

En este apartado pretendo definir las distintas partes que conforman la armadura, no sólo a las más características y que rápidamente identificamos como puedan ser el do o coraza, y el kabuto o casco, sino a toda la indumentaria que se vestía incluso como ropa interior cuya importancia es básica en la vestimenta.

Comenzando desde la ropa interior, la prenda primera que se utilizaría a modo de calzón recibía el nombre de fundoshi, elaborado con distintos materiales según la época del año y podía ser corto o largo, extendiéndose este último por la zona del pecho para ser anudado en la nuca por medios de unos cordones que lo sustentaban. Sobre el fundoshi se colocaba un shitagi, similar a un kimono o yukata aunque algo más corto que era anudado por medio de un kaku-obi(cinturón ancho), incluyendo sobre esta vestimenta los samurai de mayor jerarquía un manto reforzado y suntuoso que recibía el nombre de yoroi hitatare.

Para la zona de los muslos y la cadera se utilizaba una pieza llamada haidate, generalmente confeccionado por el sistema de láminas ya nombrado, aunque podía variar en función de la movilidad que el usuario requiriese o la climatología de cada época.

La parte de los brazos se cubría inicialmente con un prenda a modo de guantes llamada yugake, reforzada como protección inicial sobre la que posteriormente se colocaba los kote blindados por el mismo sistema de placas -esencialmente en la zona exterior- con el fin de quedar libre la interior para una buena movilidad de los brazos protegiéndose esta zona interior y la zona de las axilas con un refuerzo a modo de pequeña chamarra llamado wakibiki. De esta última pieza existe un gran número de diseños y refuerzos según estilos, gustos o épocas.

La zona de protección del pecho, el do, es una de la partes más importantes y personalizada dentro de la armadura. Su importancia es capital no sólo por encargarse de una zona del cuerpo vital sino porque es la que especificaba, con su morfología y tipología, qué tipo de armadura era. En esencia se componía de placas de metal entrelazadas por medio de seda y textil tal y como se dijo, reforzadas por medio de piezas de cuero y en ocasiones lacadas, método que además aseguraba un perfecto aislamiento a las humedades.

La variedad era muy grande, sobre todo en diseño y colorido, aunque por tipología podemos señalar dos grande grupos, las conformadas por las susodichas piezas de metal ligadas por un entramado de cintas, y las de una sola pieza o placas a modo de pechuga de ave por ser la unión de grandes placas en este sentido. En cuanto a la forma de vestirlas se puede hablar de dos maneras, las del tipo haramaki-do con una abertura en la parte trasera y las de tipo do-maru que se abrían por los laterales; pero seguramente existieron otros sistemas muy poco utilizados.

Para los hombros se utilizaban unas piezas confeccionadas del mismo modo a base de láminas entretejidas en tiras llamadas sode, muy ostentosas y decoradas para los oficiales de alto rango y algo más sencillas en los de inferior, existiendo además múltiples variantes en función de su tamaño, diseño, forma. La zona del cuello se protegía con una pieza semicircular hecha también de placas que se adaptaba al cuello y que recibía el nombre de nodowa.

Otra de las piezas esenciales y emblemáticas tanto por su función defensiva de una zona tan vital como es la cabeza así como por el inmenso número de diseños y modelos, es el kabuto o casco. Generalmente se conforma por una pieza central que es lo que se podría definir como el casco puramente, que se llama hachi, a él se unían otra piezas como el shikoro, conformado por la unión de varias piezas laminadas (entre 3 y 7), que servía de protección al cuello en su zona lateral y trasera pues recorrían el perímetro del hachi en su mitad posterior. Además el shikoro en muchas ocasiones servía además para dar nombre al tipo de kabuto en función del número de tiras o sus dimensiones. El maezashi, una visera frontal, y el fukigaeshi, una especie de orejas salientes en los laterales de la zona frontal, a pesar de parecer piezas puramente decorativas, tenían su parte de función de blindaje extra a determinados ataques que pudieran llegar por esas zonas.

El diseño y la variedad de kabutos es enorme, y no sólo como un gusto por la estética o por lo relacionado directamente con un diseño defensivo. El transfondo y el simbolismo es muy grande sobre todo en los kabuto de los generales que se convertían en auténticos estandartes con los que transmitir al enemigo respeto y temor y hacer notar el clan al que pertenecían y su valía en la guerra; los maedate, elemento que servía como insignia o blasón, se convertían en auténticos muestrarios que indicaban cualidades como el valor, honor o el arrojo.

Finalmente para la protección de la zona de la cara se colocaban una máscara que variaba en diseño y ornamentación según el rango del portador; estaban generalmente realizadas en metal e incluso en cuero lacado y endurecido. Genéricamente reciben el nombre de mempo, aunque realmente este es el nombre correcto para referirse a las máscaras integrales que cubrían toda la cara, había otros modelos que cubrían solo la mitad de la cara o las mejillas y la frente a pesar de identificarse con el nombre indicado, tenían el suyo propio más específico, hoate, sarubo, tsubamebo. A parte de su función eminentemente protectora estas máscaras tenían la intención psicológica de mostrar temor y respeto al enemigo, para lo cual se confeccionaban siguiendo diseños que emulasen los rasgos de demonios, animales, ancianos venerables o viriles rostros jóvenes.

Cabe destacar que para los ashigaru – los “pies ligeros” o soldados rasos milicianos - este tipo de máscaras eran muy básicas y sin ningún tipo de trabajo de personalización, de hecho, otra de las funciones de las máscaras era equilibrar el conjunto del kabuto, en la medida en que este tipo de soldados no vestían armaduras y su protección se limitaba a la cabeza con un tipo de sombrero denominado jingasa, de amplio perfil circular realzado en su centro y realizado en metal.

A grandes rasgos se puede afirmar que esta es la indumentaria que conformaba la armadura yoroi de un samurái. Es conveniente tener en cuenta que no todos la llevarían completa y que esencialmente en función del grado se vestirían unos u otros elementos variando de forma casi infinita los modelos, diseños y la forma de combinar las diferentes partes; también es un punto a tener en cuenta que los propios gustos o incluso la forma física de cada individuo podía influir de manera notable en la forma de vestir las distintas partes de la armadura, con el fin de conseguir una mayor comodidad a la hora de entrar en batalla.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Actitud frente al paso de grados




Actitud frente al paso de grados



Tomado de: "AIKIDO, Etiquette et Transmission; Manuel a l'Usage des Professeurs", Tamura Nobuyoshi. Les Éditions du Soleil Levant 1991, pg 94-96. Traductor desconocido.

Es evidente que la actitud adecuada en el momento del examen debe ser enseñada con anterioridad por los profesores. La única razón de ser de los exámenes de Kyu o de Dan en Aikido es la de poder apreciar uno mismo la medida de nuestros progresos técnicos a la vez que del nivel mental adquirido en un arte donde no existe la competición. Lo verdaderamente importante es poder manifestar enteramente los resultados de la propia práctica cotidiana, en el sentido de la unidad del Ki, del corazón (kokoro), del cuerpo y de la técnica.
En el momento del examen, las técnicas se encadenan con rapidez, precisión y potencia: la potencia del cuerpo debe expresarse sin interrupción, tanto en resistencia como en capacidad de sufrimiento. La calma y lo intrépido del corazón deben animar una ejecución técnica de una precisión meticulosa. Sin miedo, sin vacilación, sin altanería, cada gesto debe efectuarse en la total unión del cuerpo y del espíritu. Es bueno, con esta perspectiva, orientar la práctica cotidiana hacia esta unión total, lo que permitirá en el momento del examen, sin cambio alguno con respecto al ejercicio ordinario, estar distendido, relajado y guardar el gesto amplio sin dejarse distraer por nada en absoluto. Hay que permanecer libre.
Si habéis sabido expresar los resultados de vuestra práctica diaria de forma plena y entera, aunque suspendáis debéis consideraros satisfechos. Habiendo pasado un examen con brillantez, si no habéis satisfecho esas condiciones de las que sois la última instancia, el único juez, no os enorgulleceréis de ello. Suspender y echar la responsabilidad sobre el tribunal os sitúa en el más bajo nivel: ¡no esperéis comprender nunca nada de nada en Aikido si os empeñáis en actuar así¡ Pensar que el jurado es parcial es la prueba de que vuestro corazón es parcial. Hay que agradecer al jurado que os ha indicado los aspectos negativos de vuestra indumentaria, de vuestra técnica, antes que odiarlo pensando que no entiende nada de Aikido. Y si, por extraordinario que parezca, el jurado no entendiera verdaderamente nada...¿debería esto cambiar en algo vuestro trabajo? E incluso si no habéis comprendido por el momento las intenciones del jurado, llegará un momento en que comprendáis que gracias a este fracaso momentáneo, habéis trabajado más y que vuestra técnica y vuestro espíritu han progresado por ello. Seguramente se lo llegareis a agradecer a este jurado que os habrá permitido evolucionar sin orgullo y sin auto satisfacción. Es, según creo, este estado de espíritu lo que manifiesta el "wa", la armonía y la paz, de la que hablaba O Sensei. La paz no reside solamente en uno mismo, no puede existir más que al mismo tiempo "en" y "alrededor" de uno mismo.
El Aikido es una espada de dos filos: cuando cortamos al adversario en dos, hay que saber que nos cortamos a nosotros mismos en dos. Si dejamos vivir al adversario, nos salvamos a nosotros mismos. Lo que quiere decir que no hay que establecer la dualidad adversario/uno mismo. Tomemos como ejemplo el caso de un jurado total y absolutamente parcial e injusto. Incluso un jurado así, si está bajo el encanto, no encontrará nada que desdecir de un buen examen: es en este estado de espíritu en el que os tenéis que presentar. Si a pesar de todo fracasáis, no os dejéis abatir. Aprovechadlo para mejorar vuestros defectos. Manteneos derechos y dignos, sin guardar rencor a quien quiera que sea y probablemente el jurado que os ha suspendido sentirá vergüenza. Si recibís un grado que no merecéis, sabed que no lo habéis recibido más que para indicaros que toda posibilidad de evolución os está desde ahora en adelante vedada. Por el contrario, que un grado os sea negado debe ser interpretado como la petición que se os hace de un trabajo más profundo para el que tenéis plena capacidad.

viernes, 27 de julio de 2012

Los cinco espíritus del budo

Los cinco espíritus del budo
Traducción del artículo The Five Spirits of Budo por Dan Penrod,

En el Budo existen cinco “espíritus” fundamentales: shoshin, zanshin, mushin, fudoshin y senshin. Se trata de conceptos muy antiguos y prácticamente olvidados en los modernos dojo de aikido. El budoka que se toma el tiempo para entender las lecciones de estos cinco espíritus en su corazón madurará para convertirse en una persona y artista marcial fuerte y competente. El alumno que no dedica el tiempo para conocer y abrazar estos espíritus siempre presentará carencias en su entrenamiento.

Shoshin


El estado de shoshin es el estado de la mente del principiante. Es el estado de atención de aquel que permanece siempre completamente consciente, atento y preparado para verlo todo como si fuera la primera vez. La actitud de shoshin es esencial para aprender constantemente. O Sensei dijo una vez lo siguiente:

“No esperéis que sea yo quien os enseñe. Debéis robar las técnicas por vosotros mismos.”

El estudiante debe tomar un papel activo en cada clase, observando todo con la mente de Shoshin para poder “robar” la lección de cada día.

Zanshin


El espíritu de zanshin es el estado de un espíritu constante y persistente. A menudo se lo describe como un estado sostenido y elevado de consciencia y constancia mental. En Aikido zanshin puede definirse como el estado de concentración anterior, durante y posterior a la ejecución de una técnica, donde se establece un enlace o conexión entre uke y tori. Zanshin es el estado mental que nos permite permanecer conectados espiritualmente, no tan sólo a un único atacante, sino a múltiples atacantes e incluso a todo un contexto, un espacio, un tiempo o un suceso.

Mushin


El manual ASU, define mushin como un estado de “no mente, mente sin ego. Una mente como un espejo que refleja y no juzga”. El término original para referirse a ushin era “mushin no shin” que significa “mente de la no mente.” Se trata de un estado mental sin miedo, ira o ansiedad. A menudo se describe el mushin con la frase “mizu no kokoro” que significa “corazón como el agua”. La frase es una metáfora que describe al lago que refleja claramente su entorno cuando se encuentra calmado pero cuyas imágenes se distorsionan cuando lanzamos una piedra a sus aguas.

Fudoshin


Fudoshin. Es la valentía y la estabilidad que se muestra tanto mental como físicamente. Más que indicar rigidez e inflexibilidad, fudoshin describe una condición que nos ayuda a evitar que los pensamientos internos o las fuerzas externas nos afecten fácilmente. Nos permite recibir un fuerte ataque y mantener nuestro balance y compostura. Este estado nos permite recibir y ceder fácilmente, nos arraiga a la tierra y refleja la agresión devolviéndola a su origen.

Senshin


Senshin es un espíritu que transciendo los cuatro estados de la mente. Es un espíritu que protege y armoniza el universo. Senshin es un espíritu de compasión que abarca y sirve a toda la humanidad y cuya función es reconciliar las discordias en el mundo. Mantiene la santidad de la vida. Es la mente del Buddha y la percepción de O Sensei de la función del aikido.

Abrazar completamente el estado de senshin es esencialmente el equivalente a llegar a un estado de iluminación y puede superar perfectamente el alcance del entrenamiento diario en aikido. En cambio, los primeros cuatro espíritus pueden ser alcanzados muy probablemente por el estudiante serio a través de la atención constante y el trabajo duro. Alcanzar estos estados mentales puede recompensar al estudiante en multitud de formas.

Shoshin puede liberar al estudiante de las frustrantes barreras del aprendizaje, proporcionándole la visión para ver aquellas cosas que le pasaban inadvertidas anteriormente.

Zanshin puede elevar la propia conciencia mejorando nuestro rendimiento en randoris y el entrenamiento libre.

Mushin puede liberar al estudiante de la ansiedad que se genera en situaciones de presión permitiéndole un mejor rendimiento en las situaciones que les ponen a prueba.

Fudoshin, proporciona la confianza para defendernos ante ataques físicos que aparentemente deberían superarnos.

lunes, 16 de julio de 2012

El Kamae

El Kamae

Por Fernando Martínez
Yoshinkan Aikido Ryu Argentina
Tomado de Blogspot Kokyu-Dosa



La primera definición que podemos intentar de Kamae, es “postura básica”. Sin embargo, eso no nos dice demasiado acerca de su importancia y profundidad.

Muchas veces se asocia con una postura de guardia, pero Kamae es un concepto que no se limita a las artes marciales. También se aplica en artes tan heterogéneas como el Shoodo (Camino de la Escritura) o el Ikebana (Arte del arreglo floral).

De ello podemos inferir que, más que una posición o postura de combate, Kamae implica una disposición física, mental y espiritual óptima para enfrentar una situación determinada.

Hecha la aclaración, aquí trataremos de explicar sus alcances en el Aikido y su vital importancia en el estilo Yoshinkan.

Hacia el final de su vida, O Sensei Morihei Ueshiba decía que Kamae es “abrir los pies a las seis direcciones” (norte, sur, este, oeste, arriba y abajo). También escribió: “El Kamae completo es lo que aparece donde los Dioses te guían, dependiendo del tiempo, la situación, la configuración del terreno y el espíritu del momento: Kamae es lo que está dentro de tu corazón”. Estas palabras de O Sensei describen el “Kokoro Kamae” o Kamae del Corazón.

A pesar de la belleza de estas palabras, muchos estudiantes se extravían en ellas y se desentienden de la práctica concreta. Al anclarse en la mística, se olvida que Kamae es la parte más básica de un entrenamiento que nos permite desarrollar la potencia de la respiración o Kokyu ho.

La práctica de Kamae nos enseña los fundamentos de todas las técnicas:

• Sostener un equilibrio erguido
• Mantener las manos, pies y caderas sobre la línea central del cuerpo (Chushin Ryoku).
• Adoptar una postura correcta sin realizar ningún esfuerzo
• Proyectar una intención fuerte

Al principio la postura puede parecer antinatural, aunque en verdad, esa sensación se debe a la debilidad física de nuestros cuerpos, desnaturalizados por la vida moderna: pies frágiles envueltos en calzados, rodillas y caderas anquilosadas por el uso de sillas y sillones, espaldas desequilibradas por el sedentarismo y las malas posturas, etc.

La práctica de Kamae nos restablece a la condición natural, no sin esfuerzos. Shioda Sensei decía que el cuerpo más fuerte es el cuerpo natural. Pero para alcanzar una postura verdaderamente natural hay que practicarla mucho. Llevamos un estilo de vida en el que incluso algunos músculos no son utilizados nunca.

Su entrenamiento constante nos permite que, finalmente, el cuerpo adopte la postura con naturalidad. Recién allí, estaremos en condiciones de desarrollar verdaderamente la potencia de la respiración. Eso se debe a que el diafragma se sitúa correctamente y los pulmones encuentran su espacio. La columna se alinea de la manera más perfecta para que la información circule por el sistema nervioso con fluidez, la actividad cerebral se desplaza del cerebro frontal al hipotálamo y la percepción se agudiza.

Por otra parte, “corregir la postura es corregir el espíritu”: Un buen Kamae refleja un estado de ánimo claro. No exageramos ni un ápice si decimos que en el Kamae están todos los elementos del Aikido.

En Yoshinkan practicamos Kamae cientos de veces cada clase. Sin embargo, cada Kamae es único y se debe buscar la perfección en todos, a pesar del cansancio, etc.

No puede haber desarrollo del Ki si partimos de una postura incorrecta.

Desde el punto de vista estrictamente técnico, podemos describir los tópicos a tener en cuenta:

1. Los Pies

Los pies mantienen una distancia equivalente a una vez y media la longitud de nuestro propio pie.

Ambos pies se sitúan en una misma línea, con los dedos señalando hacia afuera, formando un ángulo de 90 grados entre el talón del pie adelantado y la punta del pie de atrás. Esta posición viene del Kenjutsu (estilos como Kashima Shinden Ryu), donde a diferencia del Kendo deportivo, es necesario cortar con una base sólida, y no solo golpear con el Shinai. Al colocar los pies en ese ángulo, no sólo se gana en firmeza por ampliar la base de sustentación, sino que permite bajar más el peso y desplazarse rápidamente a Irimi o tenkan moviéndose sin perder la línea central.

La base de ambos dedos pulgares es el principal punto de enraizamiento. Desde allí parten todos los movimientos, desde el suelo hacia las caderas, y su proyección a las extremidades superiores. La fortaleza del dedo pulgar (que se practica puntualmente en ejercicios como Seiza ho y Shikko ho) es esencial para obtener un sólido equilibrio.

Ambos talones permanecen en contacto con el suelo.

2. Las rodillas

La rodilla adelantada se flexiona suavemente mientras que la de la pierna de atrás se mantiene firmemente extendida, de modo que se asemeje a una estaca clavada a 45 grados que se extiende por la columna vertebral hasta la nuca. Si bien el peso se reparte en un 60% sobre la pierna de adelante y un 40 % en la de atrás, la rodilla adelantada no debe recibir peso. El peso debe colocarse sobre el vacío que provoca la basculación de la pelvis (esta enseñanza debe impartirse en forma personal) a fin de permitir a la rodilla adelantada soltarse para moverse rápida y libremente, a pesar de su firmeza.

3. Caderas

Ambas cabezas de fémur deben estar a la misma altura, atravesando la línea frontal del cuerpo y mirando hacia adelante, con el peso bajo y estable. El error más común es desarticular ambos lados de la cadera, lo que provoca una apertura (tsuki). A partir de ese error, resulta imposible utilizar la fuerza de la totalidad del cuerpo ensamblada en un momento determinado. La tensión se fija en el sacro, puntualmente sobre la zona del koshi (espalda baja) y dentro de la cavidad pélvica, hacia un punto que se encuentra a unos 3 cm. Por debajo del ombligo (no sobre la superficie del cuerpo, sino dentro de la cavidad).

4. Parte superior del cuerpo

El cuello se mantiene recto, la nuca estirada, el mentón recogido, la pelvis basculada, la lengua relajada sobre el paladar y los dientes superiores.

Mantener una sola línea desde el talón del pie de atrás hasta la coronilla, pasando por toda la columna vertebral.

Los hombros relajados y lejos de la orejas. Procuremos no abrir las axilas y mantener el cuerpo inclinado levemente hacia adelante en una sola línea.

5. Manos y brazos

Las manos se mantienen sobre la misma línea central, con los dedos bien abiertos y apuntando a la garganta del oponente. La de arriba a la altura del pecho y la de abajo a la altura del abdomen, separada de este por un puño de distancia.

Los codos no deben estar ni flexionados ni sobre extendidos, sino mantener la leve curvatura de una espada (te katana).

Al principio resulta difícil mantener los dedos abiertos por mucho tiempo, por debilidad en los músculos y tendones del antebrazo.

6. Mirada y rostro

La mirada y el rostro deben ser calmos y profundos. El rostro denotando ecuanimidad y la mirada desenfocada, como observando “una montaña lejana”.

7. Actitud

Si bien nuestra postura debe reflejar una fuerte intención hacia adelante, internamente debe practicarse Fudoshin (mente inconmovible), y estar abiertos y perceptivos a todo lo que nos rodea y sucede precisamente en ese instante.

Por otra parte, la práctica de Kamae con un compañero desarrolla la percepción de los movimientos sutiles del adversario, la noción de distancia y el tiempo exacto para moverse coordinadamente.

En resumen, Kamae guarda la esencia del Aikido y nunca termina de perfeccionarse.

En lo “sencillo” radica siempre el secreto de lo complejo."

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