miércoles, 5 de junio de 2019

Aikido: ¿Técnica física o meditación espiritual?


  

AIKIDO: ¿TÉCNICA FÍSICA O MEDITACIÓN ESPIRITUAL?

Tomado de http://gzanotti.blogspot.com/2012/07/aikido-tecnica-fisica-o-meditacion.html

 

A la largo de mi experiencia como practicante de Aikido –no como buen alumno sino más bien como “in-sistente” de Aikido- he visto muchos tipos de practicantes. A los efectos de esta breve nota, me referiré específicamente sólo a dos clases o tipos de aikidokas.

Un primer grupo (“primero” sólo a efectos de la clasificación) pone el acento en el estado físico y en el nivel de destreza técnica. En general es gente acostumbrada a la gimnasia, al ejercicio físico y tienen por ende resistencia, fuerza y/o elasticidad muscular. Un subgrupo, dentro de éste, ha hecho otras artes marciales. Algunos de éstos comienzan Aikido como una especie de complemento de la o de las que ya tienen, y en general descubren en el Aikido algo más que un complemento.

Un segundo grupo, que sería en cierta forma el “opuesto” del anterior, son personas sin ningún tipo de entrenamiento físico previo, atraídas al Aikido por lo que han escuchado o tal vez leído sobre su filosofía y espiritualidad. En general tienden a interesarse por los aspectos religiosos o culturales del pensamiento oriental. Sus primeros pasos son más lentos y difíciles pero tienden a compensarlo porque en general son más pacientes y tenaces en sus intenciones.

Los dos grupos pueden tener dos “tentaciones” contrapuestas pero con un punto en común.

El primer grupo puede tener la tentación de pensar que, en el fondo, esa “mística” que rodea al Aikido puede haber sido, como mucho, una parte muy respetable de la vida del fundador pero que, en el “resto de los mortales” poco o nada tiene que ver con una situación real de defensa. Lo que vale allí es el entrenamiento duro y parejo: tono muscular apropiado, buenos reflejos, buena técnica y, por supuesto, seguridad en sí mismo. Se dan por supuestas todas las reglas de etiqueta y caballerosidad que deben rodear a un practicante de Aikido, pero no es “la película de la paz interior y etc.” la que va a producir el desenlace.

El segundo grupo puede tener exactamente la tentación contraria. Han practicado. Bien o mal, mejor o peor, poco o mucho, pero han practicado lo suficiente como para captar que, si uno se mantiene en su centro, es el otro –sea quien fuere- el que lo va a perder. Alentados por sus meditaciones y pensamientos, extrapolan esa verdad a tal punto de suponer que, si llegara un momento difícil, lo esencial será la propia paz interior, la armonía consigo mismo, la radical ausencia de temor y la suficiente serenidad como para mantener la distancia y moverse en el momento preciso. Una cierta iluminación será lo esencial; será la causa de una técnica precisa que habrá surgido, afortunadamente, en el momento más inesperado y desafiante.

Ambos grupos suponen además una adicional “tentación”. La tentación de estar esperando ese paradójico momento donde, “por suerte” seremos realmente atacados. Ambos grupos han oído hablar de la no-agresión, de la no-resistencia, del Aikido como el arte de la paz, y saben que en Aikido no hay torneos de competición. Saben que por ende tal vez nunca van a tener la oportunidad de “probar realmente” la efectividad de sus técnicas. Pero, dado lo complejo del corazón humano, eso no es visto, en el fondo de nuestra naturaleza, como una ventaja o alivio. “En el fondo-en el fondo-en el fondo”, ambos grupos, y creo que todos, tenemos una agresión y violencia muy contenidas, muy guardadas, que están esperando a salir, agazapadas tras la paz de nuestro ceremonial, en ese paradójico momento, no esperado en el discurso, pero si en el más secreto lugar de nuestro corazón, donde “por fin” algún otro perderá la calma y “por fin” nosotros estemos “autorizados” a “tener que defendernos” y volcar sobre nuestro desafortunado atacante toda la agresión contenida en años y años. ¿Por qué decimos que esta tentación es común a ambos grupos? Parece ser privativa del primero. Pero no. Ya basada en una buena técnica, ya basada en la energía psíquica o en lo que fuere, la violencia está allí esperando para salir. Un grupo espera salir airoso del paso sobre la base de su entrenamiento físico; el otro, sobre la base de su supuesta paz y armonía interior, pero en ambos casos la violencia, el deseo de destruir al otro, está allí, permanente, como un ruido de fondo sordo y penetrante de nuestra existencia.

En mi opinión –y me expongo, por supuesto, a las críticas- ambos grupos cometen dos errores. El primer error se divide en dos porque es el mismo con dos caras. Consiste en la separación cuerpo/espíritu. El segundo error consiste en estar esperando el momento de la pelea.

Para demostrar lo anterior –o, al menos, para acercarme a su plausibilidad- no me voy a basar en una idea abstracta del Aikido en sí mismo. Creo que el Aikido es, sencillamente, Morihei Ueshiba. Acercarnos al misterio del Aikido es acercarnos al misterio de la vida concreta de ese hombre que encarnó en sí y sobre sí toda la tradición del budo japonés.

Si reflexionamos sobre la vida de Ueshiba, podríamos decir que hay dos momentos, no los dos únicamente importantes, pero sí dos momentos significativos. Desde la experiencia de Mongolia en 1925, pasando por la fundación del dojo Kobukán en 1931, hasta el retiro en Iwama durante la Segunda Guerra, para no participar en modo alguno de ella, podríamos decir que hay un espacio de existencia que es como un gozne entre dos períodos (uno, anterior a 1925, otro, posterior a 1945) que se parecen cada uno, respectivamente, a las actitudes descriptas en el primer y segundo grupo de los cuales hablábamos al principio. Sé que se me va a decir que no es lo mismo, por eso me adelanto a decir que estoy planteando una analogía, no una igualdad. El período anterior a 1925 es como si fuera un período adolescente, exultante, ansioso. Stevens (1) describe una especie de intensa preocupación por su estado físico y su pericia técnica, y, dejando de lado los detalles, no creo que se pueda decir que ese período sea igual que la no-violencia de Gandhi. Ahora bien, de 1925 a 1945 (son cifras aproximadas) algo pasa. Para decir esto no es necesario ser shintoísta: cualquier persona de buena voluntad debe reconocer el valor de cualquier experiencia religiosa sincera y auténtica sin para ello comulgar necesariamente con tal o cual credo religioso. Sencillamente, como decimos, algo pasó, algo que en términos comunes a todo lo humano se puede caracterizar como comprensión, autoconocimiento, madurez, sabiduría, amor a los demás. Desprendimiento, desapego, concentración interior que es semilla fecunda de discípulos. Auténtica paz interior: no declamada, sino sencillamente vivida, como sólo la puede tener quien, teniendo la espada, la guarda (2), sin contenerse, sin hacer un esfuerzo para no sacarla. Custodia de la vida. Estanque potente, tranquilo y fresco donde detenerse y descansar.

Esas son, creo, las características del segundo período. La analogía con el segundo grupo es la preocupación por la vida interior, por la fuerza del espíritu. La diferencia es esta: esa “conclusión” de la vida de Ueshiba.... ¿Separa cuerpo y alma o los integra? Los integra. Las técnicas del Aikido –de Ueshiba- son meditaciones del cuerpo y con el cuerpo. Ueshiba no compensa una falta de preparación psico-física con su conversión espiritual. No compensa, no sustituye, no suple. Sencillamente, de algún modo, concluye –aunque lo humano nunca “termina-; esto es, termina de dar esa diferencia específica sin la cual el Aikido no es Aikido. La conversión espiritual de Ueshiba, opino, da forma al Aikido: es la forma de una estatua cuyo material es toda esa preparación técnica de samurai que había recibido a través de Takeda. Pero así como el noble mármol no hubiera sido ninguna bella estatua sin la mano de un Miguel Ángel, la noble tradición del budo japonés no hubiera sido Aikido sin la conversión espiritual de Ueshiba. Por eso en él no hay separación entre lo técnico y espiritual. La conversión espiritual de Ueshiba da forma a las técnicas de Aikido, que se esculpen en la base anterior del budo japonés.

Esa es, creo, la famosa unión de cuerpo, alma y espíritu de la que tanto se habla cuando se habla de Aikido. Hay cuerpo y alma al mismo tiempo en un cuerpo humano que sin fatiga hace irimi en el momento justo, ni antes ni después, y hay espíritu cuando la intención final de todo movimiento es la custodia de la vida. Sin esto último puede haber “lo marcial”, pero no hay Aikido.

Por todo esto, sufrir las dos tentaciones de las que hablábamos al principio implica que no hemos comenzado a vislumbrar al camino del Aikido. Por cosas muy sencillas. El que con precisas técnicas “de Aikido” va a un torneo, desafía a cualquiera y lo destruye, está haciendo algo marcial, sí, (aunque mal utilizado moralmente hablando) pero no está haciendo Aikido. Ese es el punto. Por todo lo que dijimos: lo que está haciendo es como el mármol, que tirado sobre la cabeza de alguien puede ser letal, pero no es la estatua. De igual modo, el que no ha cultivado la disciplina de su cuerpo no puede esperar que su paz interior salve una vida. Mantendrá, sí, la paz frente a la muerte. Lo cual puede ser santísimo pero tampoco es Aikido: falta el leño, falta el cuerpo donde debe ser esculpida la forma.

Ahora bien, sigamos profundizando un poco en esa “forma” y veremos un poco lo que en mi opinión es el segundo error. El Aikido no es una preparación para una situación violenta. No fue esa la última etapa de la vida de Ueshiba, cuando precisamente el Aikido se consolidó. La paz interior tiene un significado más profundo que una simple declamación. La paz interior significa desprendimiento. Implica no estar aferrado a la ilusión de mostrar en algún momento una supuesta victoria guerrera. Implica justamente no anhelar el momento de la guerra. El Aikido es el arte de la paz porque no hay ninguna violencia interna que esté esperando para salir. Hay defensa, sí, pero defensa de la vida. Esto es: buscando sólo el Aikido, y manteniendo esa paz interior de la que estamos hablando, estamos preparados (sin darnos cuenta, sin buscarlo), para salvar “una” vida. Para defender la vida ante la agresión..... Una mano tira un golpe mortal. Puede ser un asesino, o alguien que tomó de más, o simplemente un buen hombre muy nervioso. Dios lo sabe. ¿Qué hace el Aikido allí? ¿Para qué nos prepara? Para lo siguiente. Sin perder la paz, sin arder en violencia, se desvía al ataque, y se frena y/o desarma al agresor. Sin que nadie se lastime. El golpe mortal podía estar siendo tirado a otro, no a nosotros. Por eso el Aikido implica defender “la” vida, no la nuestra necesariamente. Se defiende la vida del atacado, del atacante y la nuestra. Y no se lastima a nadie.

Pero, se me dirá, ¿se puede hacer realmente “eso”? Si no se puede, la vida de Ueshiba no tuvo sentido. Se me dirá: pero, ¿quién puede hacer eso? ¿Quién puede mantener la paz, no entrar en cólera, y tener un nivel técnico tal que se pueda desarmar y frenar un ataque mortal sin lastimar ni siquiera al agresor?.

Pues no lo sabemos. Sencillamente no lo sabemos. Por supuesto que aquellos que tengan un nivel técnico deficiente, no. Pero, ¿y los que “algo” de nivel tienen? Pues lo interesante es que no “deben” saberlo. “Eso” de lo que hablamos no “debe” buscarse. Si se busca, se pierde la paz interior, y si se pierde la paz interior, “eso” se pierde. Volvemos a decir: el Aikido no se practica pensando en ninguna situación fuera del tatami, ni violenta, ni heroica. Lo que se busca es la armonía entre cuerpo y espíritu. ¿Hay frutos no buscados? Puede ser, de igual modo que una lámpara que buscara simplemente ser lo que es, lámpara, podría tener como fruto no buscado iluminar el camino.

Este es un punto complejo por cuando forma parte de un punto en común de la mística oriental y cristiana. La paz interior implica un desprendimiento de objetivos y proyectos externos a la interioridad del yo. Quien quiera salvar su vida la perderá y quien quiera perderla la encontrará (3). Si esas palabras parecen a veces no tener sentido, en el Aikido tienen pleno sentido. El Aikido no busca trofeos ni la derrota del enemigo. ¿Qué busca? Busca al Aikido. ¿Pero no buscamos acaso que alguna vez.....? No. Sólo cuando dejes de soñar con ese “alguna vez” la paz interior le habrá llegado. ¡Pero eso es imposible!, se me dirá. Sí, lo comprendo, porque en realidad parece ser imposible para los vericuetos del corazón humano, y mi corazón está ahí en primer lugar. Ni qué hablar de mi impericia técnica. Pero, ¿por qué negarse a las posibilidades de lo humano? ¿No fue ese el camino del que nos habla Ueshiba? “Ai”, armonía. ¿Puede haber armonía sin esa paz interior? Pero no nos preocupemos. El primer paso para la paz interior es no preocuparse por la paz interior. La paz interior está desprendida incluso de sí misma.

Sin embargo, debemos tomar conciencia de todo esto. Porque esta es la peculiaridad del Aikido. Si no es así, entonces el Aikido no fue más que el desvarío, el sueño imposible de un viejito bueno y sesentón que se cansó de pelear y que practicó entonces una forma suave del jujustu. El Aikido es entonces nada más que un Takeda tranquilito. Una forma elegante del Raito Ryu. Lo cual está muy bien (reiteramos: está muy bien), pero entonces el Aikido pierde toda especificidad.

Quisiera concluir con una propuesta sencilla. Sigamos practicando al mismo tiempo que tratamos de ser mejores personas. Si el Aikido seguirá siendo Aikido, tiene en eso tan simple su esperanza. Seamos, sencillamente, personas que pensamos en los demás.

Sea el tatami un milagro de paz.

Depongamos las armas.

Guardemos la espada.

 

NOTAS:

(1) Ver Stevens, J.: Paz abundante (Kairós, Barcelona, 1998) y Invincible Warrior, Shambhala, London & Boston,1999.

(2) Mateo, 26, vs. 52.

(3) Mateo, 17, vs. 25.

miércoles, 29 de mayo de 2019

El Aiki Jinja: ¿Por qué un templo dedicado al Aiki?. El templo del Aiki, shinto y artes marciales japonesas


El Aiki Jinja: ¿Por qué un templo dedicado al Aiki?. El templo del Aiki, shinto y artes marciales japonesas.

Tomado de: http://aikidoenlinea.com/aikijinja-templo-del-aiki/

 

 

 

El Aiki Jinja, templo dedicado al Aiki y fundado por O Sensei.

 

Iwama es una pequeña localidad japonesa, de la prefectura de Ibaraki, en la cual se encuentra uno de los lugares al que muchos aikidokas peregrinan cuando van a Japón: el Aiki Jinja. Pegado a él, se encuentra el Ibaraki Dojo, el dojo privado de O Sensei, el lugar al que después de la guerra se retiró para seguir trabajando en su vía marcial y espiritual. Este dojo fue dirigido por Morihiro Saito, alumno de O Sensei natural de Iwama, tras su muerte y por expreso deseo de él. Desde 2002, fecha de la muerte de Morihiro Saito Sensei, está dirigido por Isoyama Sensei, otro oriundo de Iwama, bajo el paraguas del Aikikai. Morihiro Saito era también el guardían del Aiki Jinja. Un jinja es un santuario sintoísta, un lugar de culto a los dioses. En este caso, a los dioses, o kami, protectores del Aiki.

Iwama es, y el Aiki Jinja en particular, el lugar donde se realiza el 24 de abril de cada año el Aiki Taisai, o festival Aiki, que reúne a centenares de personas, incluyendo el Doshu y muchos shihan que se desplazan al lugar. Se realizan ceremonias shintoistas, y exhibiciones de Aikido, en un ambiente festivo.

En este lugar O Sensei quiso levantar un santuario dedicado a los espíritus guardianes del Aiki. Algunos de estos kami son también los guardianes personales de O Sensei, con nombres tan exóticos como Saruta Hiko no Ookami, Kunitsu Ryuoh Kuzuryu Daigongen, Tajikarao no mikoto, Amenomurakumo Kukisamuhara Ryuoh, Ketsumi Miko no Ookami, Wakumusubi no Mikoto, Ryuoh, Daigongen, Ootengu, o Daibosatsu. Esta mitología viene claramente del Shintō, práctica religiosa que O Sensei profesaba a través del Oomoto Kyô, una secta neoshintoísta que tuvo mucha fama a principios del siglo XX. Ueshiba estuvo durante muchos años muy cerca de Onisaburo Deguchi, el líder de esta secta.

Desde este punto de vista, el Aiki Jinja cumple con varios de los requisitos que se esperan de un templo japonés shintoísta, en dónde se realiza el culto público a los kami, o espíritus que habitan todo lo vivo. Este espacio es además el lugar dónde estos se pueden manifestar. En cierta manera es un lugar que conecta lo mundano y lo sagrado. Varios son sus elementos:

  • El Torii o puerta de los kami, realizado con dos columnas y dos arquitrabes, que ejemplifica la separación entre espacios sagrados y profanos. Cada uno tiene su estilo dependiendo del santuario y los dioses a los que se rinde culto en él. { Un torii es un arco tradicional japonés que suele encontrarse a la entrada de los santuarios sintoístas (Jinja), marcando la frontera entre el espacio profano y el sagrado}.
  • Se suele emplazar en un lugar en la Naturaleza, e incluso algunos santuarios son también lugares naturales especiales, o mori. Aunque este no parecer ser el caso de Iwama.
  • Suele haber profusión de barreras entre el espacio sagrado y el profano, y rodeando las principales edificaciones.
  • Los santuarios tienen además varios edificios, empezando por el honden, el edificio principal en donde están alojados los dioses en el go shintai, una especie de altar. El de Iwama fue finalizado en el otoño de 1943. Suele ser un lugar restringido, que raramente se abre al público. Esto es también cierto en Iwama, salvo en el Aiki Taisai.
  • Otro edificio es el haiden, o espacio público de culto. El de Iwama fue finalizado en 1964, y se sitúa enfrente del honden, como es habitual en los santuarios sintoístas. En algunos santuarios entre este espacio y el principal puede haber una galería ceremonial para realizar ofrendas, o heiden.

Todo el conjunto fue reformado en 2001-2002 por Saito Sensei, añadiendo una valla al conjunto, una caligrafía de Seiseki Abe esculpida en una piedra, y una estatua de O Sensei.

Pero, ¿por qué crear un templo dedicado al Aiki? ¿Se debe sólo a la intención religiosa de O Sensei de honrar a los espíritus guardianes del Aiki, o hay algo más?.

Lo cierto es que en Japón hay una larga tradición de santuarios, o Jinja, asociados a escuelas marciales. En estos templos se realizan festividades anuales que reúnen a los practicantes de las escuelas vinculadas a ese templo, y son eventos sociales fundamentales para sus miembros. Es más, normalmente hay historias, más o menos mitológicas, asociadas al desarrollo de cada escuela en ese templo.

Uno muy conocido es el templo asociado a la Tenshin Shoden Katori Shinto Ryu, una de las escuelas marciales más antiguas de Japón, sino la que más. Ubicado en Katori, en la prefectura de Chiba, es el lugar dónde reside el Kami de la espada y el relámpago, y dónde se originó la escuela, fundada por Iizasa Ienao. En el mismo templo de Katori, la tradición dice que Ienao recibió el pergamino con las técnicas de la escuela, o Mokuroku, de manos de los kami. En ese templo se conservan documentos históricos fundamentales para entender el origen de la escuela.

Otro templo muy vinculado a las artes marciales es del Kashima, situado en la prefectura de Ibaraki (la misma en la que se ubica Iwama). Este lugar es dónde nació la escuela Kashima Shinto Ryu, una derivación de la Katori Shinto Ryu un poco más moderna, fundada por Tsukahara Bokuden en el siglo XV. Esta escuela está especialmente relacionada con el Aikido, ya que fue estudiada por O Sensei, y fue la raíz directa del aikiken. Junto con el templo Katori este es uno de los santuarios más conocidos de Japón, y de hecho en ellos cada 12 años se celebra simultáneamente el festival imperial Ofuna, uno de los más importantes del país, dedicado a las deidades protectoras de las artes marciales que habitan ambos Jinja.

 

Existen varios santuarios más, vinculados a otras escuelas. La Muso Jikiden Eishin Ryu, otra de las koryu más antiguas del Japón, fue fundada por Hayashizaki Jinsuke Minamoto Shigenobu mediante otra inspiración divina en el Hayashizaki jinja en Tateoka Yamagata. Como escuela, está vinculada también al Yamauchi jinja en Kôchi [información amablemente facilitada por Marcos Sala Ivars, representante en España de la escuela].

Teniendo en cuenta esta perspectiva cultural e histórica, se entiende mejor el posible sentido que Ueshiba quiso darle al Aiki Jinja. O Sensei quería crear una escuela marcial que tuviese el «aiki» como elemento definidor, evolución del Daito Ryu y con incorporaciones de otras, como la Kashima Shinto Ryu. Dentro de su concepción profundamente religiosa y «chapada a la antigua», es posible que considerase que esta escuela necesitaba de un santuario donde sus espíritus guardianes pudiesen residir espiritualmente, como el que construyó en Iwama. Un santuario dedicado al Aiki para su arte marcial.

Este hecho también nos da una visión certera de como concebía O Sensei su arte. No era, como el gendai budo de Jigoro Kano, el fundador del Judo, un sistema educativo moderno, que facilitase el crecimiento de los jóvenes. Era un arte marcial enraizado en las tradiciones históricas de Japón, y como tal debía ser considerado. Aunque sea considerado un arte marcial de creación moderna, el Aikido de Ueshiba fue desarrollado directamente desde la tradición marcial japonesa más conservadora. Serán precisamente muchos de estos componentes más tradicionales, los que se perderán a partir de la II Guerra Mundial, momento en el que el Aikido comienza su expansión en Japón y por el mundo.

El Aiki Jinja es, por tanto, un recuerdo de cómo Ueshiba Morihei concebía su arte, y su enraizamiento en la tradición y cultura japonesa. No pretendía renovar el Budō japonés, o darle otro sentido para el siglo XX. Pretendía darle continuidad tal y como él lo había recibido. ¿Por qué, si no, crear un templo para el Aiki en pleno siglo XX, al estilo de las escuelas marciales más antiguas?.

sábado, 18 de mayo de 2019

Ensō (円相)


Ensō (円相)
Texto enriquecido por el editor.




El círculo representa en su vaciedad, la absoluta plenitud, simplicidad , integridad, infinidad, perfección de la armonía.

El círculo del sumi, pintado con tinta, o Ensō, es un símbolo espiritual de muy profundo significado para muchos religiosos, particularmente para los budistas Zen. Se trata de uno de los temas más típicos de la caligrafía japonesa, a pesar de que el círculo es un símbolo y no un carácter.

Simboliza la iluminación, la fuerza, la elegancia, el universo y el vacío (mu), así como la propia estética japonesa. Como expresión del momento, se suele considerar una forma de minimalismo.

El círculo, según el entendimiento de la tradición del Zen, es una representación de nuestro verdadero ser. Es pintado / escrito en la caligrafía china o japonesa en una forma que no es matemáticamente perfecta. El Ensō es pintado por una mano humana, con un pincel, y entonces es perfecto nada más así como es. Guiado en el momento del estado de la mente del pintor – tu puedes pintar un poderoso y bien balanceado Ensō  solamente si tu mente es limpia y libre de pensamiento e intenciones -. Es el verdadero momento de vaciedad con plenitud. Es el reflejo de tu estado interior de armonía.

Representa los ciclos, las repeticiones, el eterno retorno, la búsqueda del centro, el ciclo infinito de la vida y el universo.

Una característica importante del círculo Ensō es que nunca es un círculo cerrado. Siempre hay una ligera abertura en algún lugar, indicando que no es algo contenido en sí mismo, sino que en lugar de eso se expande hacia el espacio, hacia el infinito, abarcándolo todo e incluyéndolo todo. Es un círculo que incorpora la armonía completa.

En la pintura del budismo zen, el Ensō simboliza un momento en que la mente es libre para simplemente dejar que el cuerpo o espíritu se ponga a crear. La forma se suele plasmar en seda o papel de arroz con un solo trazo (aunque en ocasiones el gran Bankei Yōtaku invertía dos trazos) y no hay posibilidad de modificación. Así, la obra muestra el movimiento expresivo del espíritu en un tiempo dado. Los budistas zen «creen que el carácter del artista está totalmente expuesto en su manera de realizar un ensō. Sólo una persona que es mental y espiritualmente completa puede plasmar un auténtico ensō. Algunos artistas practicarán dibujando un ensō cada día a modo de ejercicio espiritual». (Seo, Audrey Yoshiko; Loori, John Daido (2009). Ensō: Zen Circles of Enlightenment. Weatherhill. ISBN 1-59030-608-2.)

Algunos artistas pintan el Ensō con una abertura en el círculo, mientras que otros completan el círculo. Para los primeros, la abertura puede simbolizar distintas ideas, por ejemplo, que el ensō no es una figura separada, sino que es parte de algo más grande, o que la imperfección es un aspecto esencial e inherente de la existencia (como ocurre también en la idea de simetría rota). El principio de controlar el equilibrio en la composición a través de la asimetría y la irregularidad es un aspecto importante en la estética japonesa: fukinsei (不均斉), la negación de lo perfecto.

Pero el Ensō  también es el símbolo de lo visible y lo no visible. Representa el pensamiento no-dual, la unidad, “el Todo es igual que el Uno”. La expresión de toda la mente y la no-mente. Su vacío contiene la totalidad absoluta, la simplicidad, la plenitud, lo infinito, la perfección.

Según la tradición Zen, el Ensō  es la representación de nuestro verdadero Yo, de nuestro real Ser.

El Yo es un círculo Ensō pintado en el vacío de la no-mente.

El Ensō es la imagen del Cielo y de la Tierra, del diario ir y venir, de las estaciones, de la vida; pintado con un rápido trazo; seguro pero humilde; grueso pero lleno de bondad.

Es tan perfecto, que tiene el poder de liberar y transformar al que lo contempla con claridad. Y la sensación que produce es indescriptible. Por eso se le conoce como círculo de iluminación. Solamente el lenguaje poético se puede aproximar a la profunda e inexpresable verdad contenida en el Ensō . Meditar sobre estos conceptos y el momento actual de mi vivir te hace consciente y facilita claridad de acción.

El Ensō también es un símbolo sagrado en el budismo zen, y a menudo lo emplean los maestros zen a modo de firma en sus obras de tipo religioso. Un tema relacionado con la filosofía que encierra esta idea es Hitsuzendō, el camino del pincel, o caligrafía zen.

lunes, 29 de abril de 2019

Aikido, conciencia de tu fuerza y liderazgo


Aikido, conciencia de tu fuerza y liderazgo

Tomado de; http://neuromanagement6.com/aikido-conciencia-de-tu-fuerza-y-liderazgo/

 


Cada vez que nos hacemos más conscientes en el camino de liderar, guiar, aportar luz, inspirar y servir a los demás estamos dando un paso en nuestro propio camino de desarrollo y transformación.

En este post quiero profundizar en las conexiones y aprendizajes que se pueden hacer poniendo en práctica las enseñanzas del AIKIDO con el desarrollo del liderazgo y, compartir específicamente, mis aprendizajes aplicables en el campo del auto-liderazgo.

Llevo 20 años en el mundo del desarrollo de personas y organizaciones, unos 5 años cuando fui consciente de lo que significa el mundo VUCA  y 1 año en la práctica del AIKIDO y, me he dado cuenta de las grandes posibilidades que ofrece su filosofía y la forma de interactuar con lo que nos rodea. Un aprendizaje fundamental que quiero compartir está relacionado con la conciencia de tu fuerza. [VUCA. Las siglas responden al acrónimo de volatilidad (volatility), incertidumbre (uncertainty), complejidad (complexity) y ambigüedad (ambiguity)].

En nuestro contexto vital actual acentuado por el mundo VUCA, vivimos marcados por las prisas, la inmediatez, el “no llego a nada o no llego a todo…” y una continua exposición a las interrupciones por el exceso de información en todo tipo de formatos. Toda esta manera de vivir cortoplacista y en el “ASAP” forma el caldo de cultivo perfecto para estar cada día más alejados de tener el espacio y el tiempo para desarrollar un cerebro balanceado que nos permita conectarnos más con nosotros mismos para seguir desarrollando nuestra conciencia.

El primer aprendizaje de mi auto-liderazgo relacionado con mi práctica del AIKIDO es tener un punto de referencia real sobre cuál es la “conciencia de mi fuerza”. Cuando estoy realizando algunas de las técnicas básicas, a veces mi Sensei (Maestro) me dice: “cuidado Javier, sin romperle la mano…” y de verdad, siempre pienso: “claro, claro, por supuesto, ya lo sé…” y luego me digo: “si estoy relajado…”. Uno mismo puede creer o pensar que está haciendo bien o muy bien una técnica pero no te ves a ti mismo por lo que hay un área de información ciega para mí y visible para el resto (mi compañero directo, los demás y el Sensei) que me estaría perdiendo sino la tengo en consideración.

Si bien es muy cierto que lo importante de conocer esta información es para incorporar nuevos aprendizajes que me permitan mejorar mi técnica en el AIKIDO; para mí lo más importante de este tipo de comentarios o feedback que me hacen es que son una ventana de información para saber “cómo estoy yo por dentro” y el “tipo de impacto” no consciente que estoy transmitiendo; porque podemos estar generando una situación con consecuencias no deseadas tanto para uno mismo como para la otra parte. Insisto que creo necesario hacernos conscientes del impacto no solo de nuestra acción (comportamiento específico) y además de nuestra intención (sobre todo si es inconsciente).

Mi “impacto” hacia los demás es que “les puedo hacer daño debido a la intensidad física” con la que hago las técnicas aunque yo crea que estoy “calmado y presente” haciéndolas y que mi intención es honesta. Esto me permite una mayor capacidad de autorregulación y constatar otro aprendizaje muy importante en el desarrollo del liderazgo personal o auto-liderazgo y que desde mi punto de vista podemos llamarlo MAESTRÏA y, por ello, para crecer en la misma se necesitan muchas horas de entrenamiento y perfeccionamiento para realmente incorporar, alinear e integrar plenamente cabeza, corazón y cuerpo.

Volviendo al ejemplo, cuando pienso que tengo dominada una técnica pero mi cuerpo está impactando de otra manera a la esperada en mi compañero ya me está informando de mi “estado interno” y de que hay un desajuste entre mi impacto e intención. Aquí es donde está la oportunidad para dar tiempo al autoconocimiento y al feedback que nos dan desde fuera y aprovechar la oportunidad de aprender, mejorar y cambiar un poquito más. Ese comportamiento habitual que genera un impacto es lo que se conoce por mis hábitos o patrones (tanto de conducta como de pensamiento) y que salen de mí mismo en automático.

La neurociencia nos dice que uno de los patrones básicos de funcionamiento de nuestro cerebro es la supervivencia y, en relación con esto, todo aquello que active una potencial amenaza, seguramente, además me suponga un gasto extra de energía; por ello, mi cerebro de forma inconsciente y en automático lo va a sabotear porque actúa desde esa energía relacionada con lo que quiere evitar. Por ejemplo: en la práctica del AIKIDO y he comentado antes una situación en la cual me están dando un feedback específico sobre mi impacto y si, inconscientemente, “no quiero mostrarme vulnerable por reconocer no saber hacer con la maestría suficiente una determinada técnica que llevo más de un año practicando….”. ¿Os suena que esto ocurre todos los días en el liderazgo de personas? o que “no nos atrevemos a preguntar una duda haciendo que controlo o domino algo por buscar la aprobación externa…”; ¿Cuántas veces en reuniones de trabajo o personales hemos callado debido a este condicionamiento?.

En estos ejemplos estaríamos liderándonos desde un cerebro reactivo, donde la energía que impera es la “urgencia” por actuar y resolver lo que sea de la manera más rápida posible porque estamos dominados por la amígdala (el guardián de nuestro cerebro emocional) y la tensión derivada del miedo o de la amenaza o de ambos que representa esa situación. El grado de tensión interna en el cuerpo y de agitación muscular más un neurotransmisor llamado cortisol, aceleran aún más este estado.

Y al mismo tiempo, si mi cerebro ve la recompensa que supone el auto-conocimiento de trabajarse y ampliar nuestra conciencia sobre nosotros mismos también lo va a permitir y potenciar. En este punto estaríamos liderándonos desde un cerebro creativo, en el que ya estamos incluyendo al reactivo y aunque tengamos el detonante de la reactividad a punto de boicotearnos (ese hábito o patrón habitual antes comentado) nuestro cerebro también activa nuestro circuito de recompensa cuando estamos actuando desde el ser, desde la plena presencia y la conexión apasionada con lo que nos da sentido de vivir. Por contrario, el grado de tensión muscular es diferente y estimulante, derivados de la sensación de bienestar, de cierta euforia y recompensa que producen neurotransmisores como la dopamina o la serotonina y que nos alejan de nuestro juez interno y esto nos permiten estar en un grado de presencia plena realizando las técnicas con maestría.

Esto es lo que trabajaba mucho el fundador del AIKIDO, Morihei Ueshiba, que en japonés se llama el sumi-kiri (la claridad de mente y cuerpo). Por ello, “Morihei nunca atacaba, pues esto significaría haber perdido el control… El estado de la mente del aikidoka debe ser pacífico y en armonía, no violento…

En este sentido quiero compartir una vieja historia de un “aprendiz eficiente” que quería estudiar artes marciales, y es la siguiente:

“Un joven muchacho viajó a través de Japón hacia la Escuela de un famoso artista marcial. Cuando llegó al Dojo le fue dada una audiencia por el Sensei y  le preguntó al maestro: ¿Qué esperas de mí?.

“Espero ser su estudiante y convertirme en el mejor karateca de la isla” y el joven le replicó: ¿Cuánto tiempo debo estudiar?.

“Diez años como mínimo” el maestro contestó.

¡Diez años es mucho tiempo…¡ dijo el muchacho. ¿Qué hay si estudio el doble de duro que el resto de los otros alumnos?

“Veinte años” replicó el maestro.

¡Veinte años! ¿Qué hay si practico día y noche con todo mi esfuerzo?

“Treinta años”, fue la respuesta del maestro.

¿Cómo es que cada vez que digo que trabajaré más duro, Usted me dice que me llevará más tiempo?” el joven preguntó.

“La respuesta es clara. Cuando un ojo apunta a un objetivo, solo queda un ojo libre con el cual hallar el camino.”

 

Cuando conocí esta historia me preguntaba: ¿cuántas veces habré corrido más de lo necesario para lograr antes mis objetivos? En mi experiencia personal, esa “forma de correr” estaba muy ligada a principios, valores y directrices que me han enseñado (imposición continua, ritmo acelerado, echar horas hasta las tantas, muy poca tolerancia al error propio y ajeno, contundencia y poca compasión, hacer antes que ser, tarea antes que personas, normas antes que cercanía…) y que he visto reflejados tanto en el mundo de la empresa como en casa, en el colegio, la universidad o en el deporte y que casi siempre impactaba en otros de una forma no deseada… y, además, uno cree que lo está haciendo bien, de la manera correcta y que se espera porque es la cultura que hemos vivido.

Por todo ello, desde mi punto de vista, todos tenemos experiencias para poder auto-observarnos y empezar a destilar esos hábitos para adquirir nuevos aprendizajes; y tenemos al menos dos maneras de aplicar esta filosofía: trabajar continuamente la capacidad de auto observación desapegada de evaluaciones y juicios previos y estar abierto de forma permanente a los feedback de los demás de forma curiosa, humilde y auténtica apreciando la sutil evolución de tu maestría cada día.

 

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