domingo, 18 de diciembre de 2011

EL DOJO


EL DOJO
Algunos elementos se tomaron de http://www.dojocam.com/for_dojo.php


”Kamiza, New York Aikikai”

El Dojo es definido como el lugar donde realizamos el estudio y vamos adquiriendo conocimientos, que no sólo nos adiestran físicamente, si no que nos ayudan a despertar a la divinidad que hay en nuestro interior.


De una manera simplificada podríamos decir que el Dojo, es "el lugar", la escuela de vida para nosotros.


Esta sala que en multitud de ocasiones está impregnada por el olor a sudor se entremezcla con el olor al incienso –o fragancias-, que son una ofrenda de purificación a los maestros que ya no están con nosotros, aunque de esta manera permanecen por siempre en nuestros corazones, ofrenda que al mismo tiempo sirve de purificación para la sala y sus alumnos.


La decoración debe de ser sencilla en su interior. En un ambiente ideal predomina la madera y los materiales que llamaríamos naturales. Cada una de sus paredes poseen su propio nombre y adquiere un significado propio, siendo la pared principal "Kamiza".
El Kamiza, que literalmente significa “asiento del espíritu” es el lugar principal de un Dojo japonés así como de las casas tradicionales japonesas.


Kami es el término que describe a las diferentes deidades del Shinto, la religión nativa japonesa. Así pues, Kamiza es el lugar donde residen los Kami.


El Kamiza es pues un pequeño templo usado para servir de lugar de reverencia, pureza y respeto. En las casas representa la veneración y el respeto a los antepasados. En los dojos de artes marciales, representa el respeto a la herencia marcial y son un homenajea al Maestro del arte marcial en cuestión así como a los anteriores a él.


Aunque el Kamiza esté formado principalmente por elementos Shintoístas no hay que buscar ninguna significación religiosa en él, sino más bien hay que pensar que es un icono cultural.


Cuando meditamos frente a él y lo reverenciamos con nuestro saludo, no estamos rezando a ningún dios ni practicando ninguna religión sino únicamente mostrando respeto a nuestra tradición y a nuestra herencia marcial. Puede que algún occidental tenga alguna dificultad en asimilar esta idea al realizar las reverencias y rituales frente al Kamiza, sin embargo, el seguir una Vía tradicional requiere una mente abierta. La reverencia hacia el Kamiza es un recordatorio de una obligación que hemos tomado voluntariamente.


El Kamiza se sitúa en la pared Norte del dojo o la casa, ya que el Norte es el camino al Cielo pues por él sale la Estrella del Norte, considerada la primera estrella del Cielo. En caso de no poder ponerse en el Norte se coloca en el Este, lugar del que procede la luz a la salida del Sol. El tercer lugar sería el Oeste y el último el Sur.


En este altar, se sitúa la foto del fundador del Aikido, acompañándolo siempre de los ideogramas "Aikido" en Japonés, bajo la foto del fundador podemos colocar una referencia de la naturaleza viva, que suele ser algo verde, unas flores, pino, etc. Sobre la base del altar ponemos el incienso como símbolo de la purificación, colocamos una vela que encenderemos a inicio de las clases como símbolo de la presencia constante y viva de nuestros maestros. En los días especiales se acostumbra depositar sobre la base del altar las ofrendas al estilo del ritual Shinto, en recuerdo y agradecimiento.


Frente a la pared del Kamiza en el lado opuesto, es el sitio donde todos los alumnos se sitúan en seiza (sentados de rodillas). Allí deberá ubicarse en el primer lugar y a la derecha mirando en dirección al Kamiza el alumno de más alto grado o nivel, y en realidad no tanto por el propio grado sino por lo que representa, pues será la persona de más experiencia, la persona más antigua. Seria como el hermano mayor de la familia y ocupa el lugar que le corresponde no como exhibición de su destreza sino como el que da ejemplo a seguir, es el alumno que se ocupa y cuida normalmente de trasmitir la tradición y costumbres del Dojo y cuida y vela por su cumplimiento, es también normalmente la persona que en ausencia del maestro, debe hacerse cargo de la enseñanza de las clases, por ello más que un signo de poder es realmente un signo de entrega y responsabilidad.


El suelo del dojo es de colchonetas que contribuyen al desarrollo de la práctica y sobre todo amortigua las caídas. Puede ser de diversos materiales, aunque lo suyo es que no sea excesivamente duro, ni muy blando, debe ser el justo requerido para no lastimarse.


En las paredes laterales "Joseki" "Shimoseki" suele ponerse algún cuadro o fotografía de o de los maestros que el Dojo sigue, o algún Kanji que hace referencia a alguna de las explicaciones o mensajes del Fundador del Aikido. También se acostumbra utilizarlas para ubicar los boken, jo y demás implementos necesarios para la práctica marcial.


jueves, 24 de noviembre de 2011

El Buda y el Perdón


El Buda y el Perdón
Autor desconocido
 
Estaba el Buda meditando en la espesura junto a sus discípulos, cuando se acercó un detractor espiritual que lo detestaba y aprovechando el momento de mayor concentración del Buda, lo insultó lo escupió y le arrojó tierra.

Buda salió del trance al instante y con una sonrisa plácida envolvió con compasión al agresor; sin embargo, los discípulos reaccionaron violentamente, atraparon al hombre y alzando palos y piedras, esperaron la orden del Buda para darle su merecido.

Buda en un instante percibe la totalidad de la situación, y les ordena a los discípulos, que suelten al hombre y se dirige a este con suavidad y convicción diciéndole:
-“Mire lo que usted generó en nosotros, nos expuso como un espejo muestra el verdadero rostro. Desde ahora le pido por favor que venga todos los días, a probar nuestra verdad o nuestra hipocresía. Usted vio que en un instante yo lo llené de amor, pero estos hombres que hace años me siguen por todos lados meditando y orando, demuestran no entender ni vivir el proceso de la unidad y quisieron responder con una agresión similar o mayor a la recibida.

Regrese siempre que desee, usted es mi invitado de honor. Todo insulto suyo será bien recibido, como un estímulo para ver si vibramos alto, o es sólo un engaño de la mente esto de ver la unidad en todo”.

"Cuando escucharon esto, tanto los discípulos como el hombre, se retiraron de la presencia del Buda rápidamente, llenos de culpa, cada uno percibiendo la lección de grandeza del maestro y tratando de escapar de su mirada y de la vergüenza interna".

"A la mañana siguiente, el agresor, se presentó ante Buda, se arrojó a sus pies y le dijo en forma muy sentida -”No pude dormir en toda la noche, la culpa es muy grande, le suplico que me perdone y me acepte junto a usted”
Buda con una sonrisa en el rostro, le dijo: “Usted es libre de quedarse con nosotros, ya mismo; pero no puedo perdonarlo”-

"El hombre muy compungido, le pidió que por favor lo hiciera, ya que él era el maestro de la compasión, a lo que el Buda respondió:

-“Entiéndame, claramente, para que alguien perdone, debe haber un ego herido; solo el ego herido, la falsa creencia de que uno es la personalidad, ese es quien puede perdonar, después de haber odiado, o resentido, se pasa a un nivel de cierto avance, con una trampa incluida, que es la necesidad de sentirse espiritualmente superior, a aquel que en su bajeza mental nos hirió. Solo alguien que sigue viendo la dualidad, y se considera así mismo muy sabio, perdona, a aquel ignorante que le causó una herida”-

Y continuó: “No es mi caso, yo lo veo como un alma afín, no me siento superior, no siento que me hayas herido, solo tengo amor en mi corazón por usted, no puedo perdonarlo, solo lo amo. Quien ama, ya no necesita perdonar.”

El hombre no pudo disimular una cierta desilusión, ya que las palabras de Buda eran muy profundas para ser captadas por una mente llena todavía de turbulencia y necesidad, y ante esa mirada carente, el Buda añadió con comprensión infinita:

-“Percibo lo que le pasa, vamos a resolverlo: Para perdonar, ya sabemos que necesitamos a alguien dispuesto a perdonar. Vamos a buscar a los discípulos, en su soberbia están todavía llenos de rencor, y les va a gustar mucho que usted les pida perdón. En su ignorancia se van a sentir magnánimos por perdonarlo, poderosos por darle su perdón, y usted también va a estar contento y tranquilo por recibirlo, va a sentir un reaseguro en su ego culposo, y así más o menos todos quedarán contentos y seguiremos meditando en el bosque, como si nada hubiera pasado”.


miércoles, 9 de noviembre de 2011

La singularidad del Aikido


La singularidad del Aikido

Tomado del libro “El Espiritu del Aikido”,
Autor Kisshomaru Ueshiba


En esencia, el aikido es un exponente moderno de las artes marciales japonesas (budo). Es ortodoxo en el hecho de que hereda la tradición marcial y espiritual del antiguo Japón, registrada por vez primera en las obras literarias e históricas del siglo VIII, el Kojiki (Recopilación de Hechos Antiguos) y el Nihongi (Crónica de Japón), pero esto no quiere decir que el aikido continúe ciegamente la tradición de las antiguas artes de combate conservando y manteniendo simplemente su forma original en el mundo moderno.
Las antiguas artes de lucha, originadas en el campo de batalla en períodos de conflictos civiles y formalizadas más tarde, durante el Período Tokugawa (1603-1868), como budo, la Vía de las artes marciales, son un legado histórico y cultural que requiere ser debidamente apreciado y valorado, aunque en su forma original estén ya fuera de lugar y no sean aceptables para la gente de la época moderna, que en el caso del Japón comienza con la Restauración Meiji (1868).
El Fundador del aikido, el Maestro Morihei Ueshiba, nació el 14 de diciembre de 1883, teniendo que vivir, por tanto, en el tiempo turbulento de la modernización del Japón, por lo que se dedicó a establecer un arte marcial que no resultara anacrónico y pudiera hacer frente a las necesidades de sus contemporáneos. Los factores que constituían el objeto de su interés principal eran los siguientes: un amor constante por las artes marciales tradicionales, el cuidado de no ser malinterpretado y un profundo deseo de revivir el aspecto espiritual del budo. Para alcanzar su objetivo inició una rigurosa búsqueda, alimentada por el entrenamiento constante en las artes marciales, de la verdad del budo a lo largo de las vicisitudes de la historia moderna japonesa.
Finalmente, el Maestro Ueshiba concluyó que el verdadero espíritu del budo no se encuentra en una atmósfera competitiva y combativa, donde la fuerza bruta domina el objetivo supremo es la victoria a cualquier precio, sino en la búsqueda de la perfección como ser humano, física y mentalmente, a través del entrenamiento constante y de la práctica de las artes marciales con espíritu afines. Su finalidad, de naturaleza profundamente religiosa, se resume en un solo enunciado: la unificación del principio creativo fundamental, ki, que impregna el universo con el ki individual, que es inseparable del poder respiratorio de cada persona. Mediante el entrenamiento constante de la mente y del cuerpo, el ki individual se armoniza con el ki universal, y esta unidad se pone de manifiesto en el movimiento dinámico ondulante del poder del ki, que es libre y fluido, indestructible e invencible. De esta manera encarna el aikido la esencia de las artes marciales japonesas.
Gracias al genio del Maestro Ueshiba, el primer principio del budo, tal como él lo formuló -el entrenamiento constante de la mente y del cuerpo como disciplina básica para los seres humanos que caminan por el sendero espiritual-, se transformó en un arte marcial contemporáneo, el aikido, que en la actualidad se encuentra al alcance de todas las clases sociales y es adoptado por numerosas personas en el mundo como la disciplina marcial más adecuado a nuestra época.
Pero el hecho de que el aikido sea un budo moderno no quiere decir que se trate simplemente de un arte marcial tradicional que ha adquirido rasgos contemporáneos que se encuentran en las otras formas «modernizadas» del budo, como el judo, el karate o el kendo. Estas, aunque han heredado los aspectos espirituales de las artes marciales y valoran el entrenamiento de la mente y del cuerpo, han acentuado su naturaleza atlética al hacer hincapié en la competición y en los campeonatos, estableciendo la prioridad en ganar y asegurándose así un puesto en el mundo de los deportes.
Por el contrario, el aikido se niega a convertirse en un deporte competitivo y rechaza todo tipo de certámenes o de concursos que incluyan las divisiones por pesos, las clasificaciones basadas en el número de victorias y la recompensa a los campeones, pues entendemos que estas cosas sólo alimentan el egoísmo o la egolatría y la falta de interés por los demás. La gente se deja seducir por la gran tentación que suponen los deportes combativos -todo el mundo quiere convertirse en vencedor-, pero no hay nada más perjudicial que esto para el budo, cuyo último propósito es liberarse del yo, conseguir el no-yo y consumar así lo auténticamente humano.
Con esto no pretendo criticar a las artes marciales que se han convertido en deportes modernos, pues históricamente esta dirección era inevitable para su supervivencia, especialmente en Japón inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando todas las artes marciales fueron prohibidas por las autoridades de la Ocupación Aliada. Incluso como deportes han atraído el interés de mucha gente, bien como participantes o como espectadores, lo cual es positivo, pues no se puede negar que, especialmente los jóvenes, se sientan atraídos a las artes marciales por los certámenes y campeonatos que deciden quién es el mejor en el campo. A pesar de esta tendencia, el aikido se niega a unirse a sus filas y permanece fiel a la intención original del budo: el entrenamiento y cultivo del espíritu.
Dentro del ámbito del aikido se han escuchado ocasionalmente voces que reclaman la celebración de campeonatos, con el argumento de que es necesario reunir una audiencia más amplia para sobrevivir en la época presente. De hecho, algunos practicantes de aikido han puesto en marcha escuelas independientes propugnando el «aikido competitivo». Este es un asunto serio, pues la transformación del aikido en una forma más de deporte moderno podría conducir a su inclusión en los encuentros nacionales de deportes y, en un futuro, quizás en los juegos olímpicos.
Ante esta forma de pensar, el aikido propone una línea de actuación clara y definida, y la razón es muy sencilla, puesto que busca mantener la integridad del budo y transmitir el espíritu de las artes marciales tradicionales permaneciendo fiel al primer principio del budo tal como fue enunciado por el Maestro Ueshiba: el constante entrenamiento de la mente y del cuerpo como disciplina fundamental para los seres humanos que caminan por el sendero espiritual.
En la tradición del budo, la adhesión estricta a los ideales del Fundador y el compromiso con la Vía tienen Prioridad sobre todas las demás consideraciones, y, aunque el público pueda considerarlo simplemente como otra forma más de arte combativo, la auténtica razón de la existencia del aikido en el mundo actual es la de su identificación con los ideales del Maestro Ueshiba.
El lugar singular que el aikido reclama y que le diferencia claramente, lo mismo del budo clásico que de sus réplicas modernas, no puede ser verdaderamente apreciado a causa de los estereotipos que la gente tiene sobre las artes de lucha. Este hecho, junto con sus principios y sus peculiares movimientos, pueden presentar algunos obstáculos a la popularización de este arte.
En un momento u otro, a todos los practicantes se les ha hecho la pregunta « ¿Qué es el aikido?» Incluso los practicantes avanzados tienen dificultad en aportar una contestación precisa. Es más, por otra parte, la gente que ve movimientos y técnicas de aikido por primera vez se siente confundida a escéptica y les surgen muchas dudas y preguntas. Esta gente se puede dividir en dos grupos:
El primer grupo lo constituyen aquellos que miran el aikido con ciertas suposiciones sobre las artes marciales, basadas en lo que han oído o leído. Al ver demostraciones de aikido, su reacción general es la de la decepción, porque esperan ver una exhibición de fuerza bruta, combate, violencia e incluso técnicas letales. A primera vista, el aikido, con sus bellos movimientos circulares, parece ser no-violento e incluso pasivo. Se escuchan frecuentemente comentarios tales como: «Todo parece estar ensayado y planeado.» «No hay culminación, no hay clímax en los movimientos.» «En una situación crítica sería inservible.» Y así sucesivamente. Estas críticas son comprensibles y vienen especialmente de los jóvenes, que buscan emociones en la victoria y en la conquista, o de aquellos que poseen ideas preconcebidas sobre las artes marciales, como las que consideran que éstas consisten en gritar, sisear, dar patadas, golpear y destruir gente.
En el segundo grupo se encuentran aquellos que han conocido las artes marciales modernizadas, especialmente sus modalidades competitivas, y contemplan el aikido desde esa posición ventajosa. Sus críticas son variadas: «¿Por qué el aikido no tiene campeonatos como el judo, el karate y el kendo?» «¿Por qué se limita a demostraciones públicas, que se convierten en tediosas una vez que has presenciado una?» «Puesto que no hay campeonatos es imposible decir quién es fuerte y quién es débil, quiénes son principiantes y quiénes son alumnos avanzados.» «Sin campeonatos nadie practica ni entrena seriamente.» Una vez más, la crítica es comprensible, ya que la gente generalmente quiere ver quién tiene la mejor técnica y quién es el más fuerte.
Aunque ingenua, otra pregunta comúnmente formulada es: «¿Puede uno ganar una pelea si sabe aikido?»
Todas estas preguntas y críticas son simplistas y superficiales, revelando la ignorancia del principio básico del aikido y el concepto erróneo sobre la principal característica de las artes marciales: el entrenamiento del espíritu. Si una persona que no tiene autodisciplina quiere presumir de su destreza física y aspira a aprender aikido, solamente por su técnica de lucha, se le invitará a marcharse. Sin practicar efectivamente aikido con alguna paciencia y experimentar de primera mano este arte, las preguntas no serán nunca contestadas con plena satisfacción.
En el aikido, el entrenamiento efectivo es la única manera de captar su significado y de extraer algún beneficio, tangible o intangible. La mayoría de los practicantes de aikido han pasado por este proceso: comenzando con dudas y preguntas, se han iniciado en la práctica y han ido conociendo gradualmente el método y la forma del aikido. Más tarde experimentan su irresistible atracción y, finalmente, llegan a comprender en alguna medida su profundidad sin fondo. Quien haya pasado por este ciclo habrá aprendido algunas cosas que hacen del aikido un arte marcial único.
En primer lugar, quedará sorprendido. Contrariamente a la apariencia blanda que se ve en las demostraciones públicas, el aikido puede, en realidad, ser «duro», vigoroso y dinámico, con fuertes presas de muñeca y golpes directos (atemi), y, a pesar de lo que uno pudiera creer, contiene diversas técnicas devastadoras, especialmente las destinadas a desarmar y someter al enemigo.
Después se sentirá perplejo al descubrir lo complicado y difícil que resulta, en el nivel de principiante, ejecutar las técnicas y movimientos básicos, como las caídas (ukemi), la distancia adecuada (ma-ai), entrar (irimi) y otros movimientos corporales (tai-sabaki). El hecho es que el cuerpo entero, no solamente los brazos y las piernas, se debe mover continuamente de forma coordinada, y esto debe hacerse con rapidez, vigor y potencia, y, a fin de actuar suave pero rápidamente, se requiere un extraordinario grado de concentración mental y de agilidad, de equilibrio y de reflejos.
También comprenderá la importancia del control de la respiración, que incluye la respiración normal, pero también mucho más, algo que conecta con la energía del ki. Este dominio del poder de la respiración es básico en la ejecución de cualquier ejercicio y asegura la continuidad del flujo en los movimientos. Es más, está íntimamente conectado con la filosofía del budo desarrollada por el Maestro Ueshiba, como veremos más adelante.
Por último, mientras el alumno avanza se irá asombrando del infinito número de técnicas, con sus variaciones y aplicaciones, todas caracterizadas por la racionalidad y la economía de movimientos. Hasta tanto no experimente la complejidad de los movimientos del aikido, no podrá apreciar el valor central del ki, tanto personal como universal. Y entonces empezará a sentir la profundidad y refinamiento del aikido como arte marcial.
En una palabra, sólo a través del entrenamiento efectivo en el aikido se da uno completa cuenta de la dimensión crucial del budo: entrenamiento constante de la mente y del cuerpo como disciplina básica para los seres humanos que caminan por el sendero espiritual. Sólo entonces puede uno apreciar plenamente el rechazo de competiciones y concursos en el aikido, y la razón de las demostraciones públicas, que son una muestra del entrenamiento constante y no de la habilidad del ego.

martes, 25 de octubre de 2011

Un corto adiós, un hasta siempre


Un corto adiós, un hasta siempre

                                                               Por
                                                                           Alix Adriana Llanes A
                                                                           Octubre 23, 2011


Despedirme nunca ha sido una tarea fácil. Tal vez sea un poco de tozudez de mi parte, pero me cuesta trabajo decir adiós. Despedirse involucra la compleja labor de soltar y de aceptar la realidad en los términos en que se presenta, de permitir que las cosas fluyan por más inexplicables que estas sean. Implica detenerse y decir resignados, es así, y debo aceptarlo.

Por cada amigo, conocido o familiar que se despide surge para quien siente afligido el corazón la oportunidad propicia para renovar sus votos personales con la vida, con ese misterio inexplicable que continuamente se manifiesta y que se nos escapa con cada exhalación. Sin embargo, un aviso de muerte siempre nos recuerda que estamos vivos. De que tenemos ante sí, un universo de posibilidades y un instante precioso para materializarlas, el ahora.

Si la edad de las personas se midiera por el número de individuos que hemos conocido –  con quienes hemos podido departir así sea por un instante- y de cuyo fallecimiento hemos sido testigos, creo que mi edad se duplicaría fácilmente. No obstante, si la muerte es lo único justo en este mundo porque nos corresponde a todos por igual, me siento afortunada de haber podido ser testigo del paso de estas personas por este mundo, y de poder recordarlas, porque al final de cuentas, el peor castigo que se le puede imponer a un no-vivo es el olvido. Mientras su imagen se mantenga en nuestra mente y en nuestro corazón, su legado, su ejemplo, sus vivencias, su existencia misma permanece. En lo personal no le temo a la muerte, le temo al olvido. A transitar por el mundo sin tocar siquiera un corazón.

Al ser testigo de tantas partidas, he tenido la oportunidad de repetir, varias veces, la tarea mágica de renovar una y otra vez mis votos, y he llegado a la conclusión de que sólo existen dos cosas  –sin lugar a arrepentimientos- por las que vale la pena gastar todas nuestras energías: el amor y la vida misma. Todo lo demás es pasajero, vacío, sin sentido.

Lamentablemente malgastamos nuestra energía vital en el hábito de juzgar, de controlar, de quedar bien con los demás, de ser políticos, de adoctrinar y adoctrinarnos con máximas de presuntos trascendidos espirituales o verdades inmutables, producto de nuestros delirios de grandeza. De mis padres he aprendido a desconfiar de quienes manifiestan su absoluto auto control y gritan a los cuatro vientos verdades inamovibles (dime de qué tanto hablas y te diré de qué careces). En la vida-todos sin excepción- somos aprendices, y me ofrece más confianza aquel que cuenta que se equivocó y aprendió algo de esa experiencia, que aquel que vocifera su perfección y su verdad absoluta (de corte moralista y por ello relativa).

Ahora, como no quiero repetir este mal hábito –el de los absolutismos- detengo acá esta divagación, y aclaro que cuando digo amor me estoy refiriendo a algo distinto a ese amor “dulzón” y “romanticón” que empalaga y que sólo lleva a dependencias enfermizas, a relaciones posesivas y destructivas. Me estoy refiriendo a esa capacidad de reconocernos en el otro, de aceptarlo tal cual es, de respetarlo, de amarlo en su individualidad. Pienso en “amor” y me refiero a la capacidad de aceptar al otro con sus limitaciones, diferencias y excesos. Al final, como diría Miguel de Unamuno, todos somos “humanos, demasiado humanos”.

En los últimos dos años –sorpresivamente como suelen ocurrir estas cosas-, he despedido personas por quienes sentía gran admiración y respeto en el mundo del Aikido. Maestros. Faros de luz que nos mostraban un camino, una ruta a seguir en un mundo caótico donde la idea de un arte marcial que propugna por la paz y la armonía, parece una utopía.

Ahora, inexplicablemente la muerte tocó a uno de mis amigos, a uno de mis senpai. A otro aprendiz en este arte de vivir. Un artista convencido de corazón, talentoso y carismático. Es una vida que se apaga. Una pérdida enorme. Siento una inmensa tristeza pero me reconforta un sentimiento de gratitud por haberle conocido. En nuestro camino de crecimiento marcial somos quienes somos, gracias a nuestros amigos y a aquellas personas -que sin ser tan amigos-, nos retan e invitan a mejorar permanentemente. Que muchas veces con su dureza de corazón y sin pretenderlo, nos ayudan a sacar lo mejor de nuestro interior.

El Aikido y los seminarios siempre serán espacios propicios para compartir y acumular historias. Reencontrarse con amigos es siempre un acontecimiento maravilloso. Estoy convencida de que los amigos son los hermanos que conscientemente elegimos para compartir nuestras vivencias y aligerar nuestras cargas.

A Luis Acuña le recordaré como alguien de gran corazón, solidario, y optimista. Son muchos recuerdos pero viene a mi mente y con especial cariño, el día que presenté mi test para optar para el grado de Ni Dan. Recuerdo que estaba muy nerviosa. La prueba estaba por comenzar y mis compañeros de dojo ya se habían asociado con quienes reconocíamos como los mejores ukes. No tenía compañeros para presentar mi examen y la prueba estaba por comenzar. Mientras todos se alistaban, yo permanecía en una de las esquinas del tatami, pensativa e inmóvil. En ese instante y sin preguntar, se acercaron tres amigos: Luis Acuña, Javier Rey y Joshua Blake. Así era Luis. Espontáneo. Siempre sonriente y dispuesto a ayudar. Un entusiasta del Aikido. Un constructor de puentes entre personas. Alguien que entendía que el Aikido es un lenguaje que une corazones, un lenguaje universal.

Hasta siempre amigo. GRACIAS por todo. Extrañaré tu alegría, buena vibra y motivación a mi ocurrencia del dojo. Se fue el amigo que me completaba los estribillos de las canciones de Reinaldo Armas, el amigo que me decía que por ser llanera ya era 50% venezolana!. Prometo recordarte. Llevarte vivo en mi mente y en mi corazón. Un corto adiós, y un hasta siempre querido amigo. No pude ir a despedirme. Por eso te escribo estas sencillas líneas. Es doloroso, pero no me queda otro remedio que aceptar que tú también has partido. 



sábado, 8 de octubre de 2011

Introducción, Al libro "El Espíritu del Aikido"


Introducción
Al libro “El Espiritu del Aikido”,
Kisshomaru Ueshiba

Por Taitetsu Unno


A través de los siglos las religiones han abrazado el amor y la compasión, y las filosofías han enseñado el respeto por la vida. Pero hoy en día nos enfrentamos con una creciente violencia que parece tener su propio impulso más allá de cualquier control humano. El mundo está lleno de discordias entre enemigos, bien y mal, opresor y oprimido. La violencia es utilizada para aplastar, destruir y eliminar al adversario, y cuando eso se ha logrado se busca otro oponente. ¿Cuándo se detendrá el ciclo de violencia? ¿Cómo se pueden superar las discordias que separan a la gente? ¿Dónde reside el poder de cicatrizar las heridas del dolor y del sufrimiento?.

Resulta interesante encontrar en la historia japonesa una tradición de artes de combate (bugei), ideada originalmente para inflingir daño y dar muerte en el campo de batalla, y que se haya transformado en la Vía de las artes marciales (budo), dedicada al perfeccionamiento del ser humano mediante la integración de la mente, el cuerpo y el espíritu. Comenzando en los inicios del siglo XVII, la Vía del sable transformó el sable que mata en el sable que protege la vida. Esta Vía de las artes marciales es compatible con la Vía de la ceremonia del té, con la Vía de la poesía, con la Vía de la caligrafía, con la Vía de Buda y con multitud de otras Vías que, en su forma pura, han procurado sustento espiritual al pueblo japonés.

El entrenamiento y la disciplina comunes a todas las Vías, marciales o culturales, se compone de tres niveles de maestría: físico, psíquico y espiritual. En el plano físico lo esencial del entrenamiento consiste en el dominio de la forma (kata). El maestro proporciona una forma modelo y el alumno observa cuidadosamente y la repite numerosas veces, hasta que la interioriza completamente. No se habla ni se dan explicaciones, y el peso del aprendizaje recae sobre el alumno. En el máximo grado de dominio de la forma, el alumno es liberado de la fidelidad a la forma.

Esta liberación ocurre a causa de los cambios psicológicos internos que tienen lugar desde el mismísimo comienzo. La tediosa, repetitiva y monótona rutina del aprendizaje pone a prueba el compromiso y la fuerza de voluntad del alumno, pero también corrige la obstinación, controla la voluntariedad y elimina los malos hábitos corporales y mentales. En el proceso comienzan a emerger su verdadera fuerza y su verdadero carácter y potencial. La maestría espiritual es inseparable de la maestría psíquica, pero sólo comienza tras un intensivo y largo período de entrenamiento.

La clave de la maestría espiritual reside en el hecho de que el yo abandone su ego. En las artes marciales y culturales, la libre expresión del yo se encuentra bloqueada por el propio ego. En la Vía del sable, el dominio de la postura y la forma, por parte del alumno, debe ser tan absoluta que no exista apertura (suki) por la que pueda entrar el adversario. Si hay apertura es el propio ego quien la crea. Uno se vuelve vulnerable cuando deja de pensar en ganar, en perder, en cobrar ventaja, en impresionar o en ignorar al adversario. Cuando se para la mente, aunque sólo sea por un instante, el cuerpo se paraliza y se pierde el movimiento fluido y libre.

El monje Zen Takuan (1573-1645), confidente de Yagyu Munenori (1571-1646), maestro de armas de la Casa de Tokugawa, escribió en un corto tratado El verdadero y prodigioso sable de Tai-A:

El arte del sable consiste en no preocuparse nunca de la victoria o de la derrota, de la fuerza o de la debilidad, de mover un paso hacia delante o de moverlo hacia atrás, de que el enemigo no me vea o de que yo no le vea a él. Comprender esto, que es fundamental frente a la separación del cielo y la tierra, y a donde ni siquiera yin y yang pueden llegar, supone alcanzar provecho instantáneo en el arte.

Tai-A es un sable mítico que da vida a todas las cosas, tanto a uno mismo como al otro, al protagonista y al antagonista, al amigo y al enemigo.

El mismo Yagyú Munenori destaca la superación del ego a través de la autodisciplina en el arte del dominio del sable. En un tratado conocido como La Transmisión Familiar en el Arte de Luchar, escribe que el objetivo del entrenamiento en las artes marciales es superar seis tipos de males: el deseo de vencer, el deseo de confiar en la destreza técnica, el deseo de alardear, el deseo de abrumar psicológicamente al adversario, el deseo de permanecer pasivo a fin de esperar una apertura y el deseo de liberarse de estos males.

Por último, la maestría física, la psíquica y la espiritual son una misma cosa. El yo sin ego es abierto, flexible, dúctil, fluido y dinámico en cuerpo, mente y espíritu. Al no tener ego, el yo se identifica con todas las cosas y con toda la gente, viéndolos no desde una perspectiva centrada en sí mismo, sino desde los propios centros de los demás. En un círculo de contorno ilimitado cada punto se convierte en el centro del universo. La capacidad de ver toda la existencia desde una perspectiva no centrada en uno mismo es primordial en la identidad Shinto con la naturaleza y constituye también lo que el Budismo llama sabiduría, que en su más alta expresión no es otra cosa que compasión.

Esta forma de pensar es la esencia de todas las Vías marciales y culturales en la tradición japonesa. El aikido es una formulación moderna de esta esencia, perfeccionada por el genio del Maestro Morihei Ueshiba (1883-1968). Explicando el objeto de su arte en una conferencia que dio en una ocasión ante un público no especializado declaró:

El Budo no es un medio para derribar al adversario mediante la fuerza o el uso de armas letales. Tampoco se propone conducir al mundo a la destrucción mediante las armas u otros medios ilegítimos. El verdadero Budo requiere ordenar la energía interna del universo, protegiendo la paz del mundo y moldeando y preservando en su forma justa todo lo que existe en la naturaleza. Entrenarse en el Budo equivale a fortalecer, dentro del propio cuerpo y de la propia alma, el amor a los kami, las deidades que engendran, protegen y nutren todo lo que hay en la naturaleza.

El Maestro Ueshiba recalcaba constantemente que un arte marcial debe ser una fuerza generadora de amor que a su vez nos conduzca a una vida rica y creativa. Esta fue la conclusión de la búsqueda de toda su vida como hombre dedicado a las artes marciales. En una de sus últimas charlas proclamó: «El aikido es el verdadero budo, la obra del amor en el universo. Es el protector de todas las cosas vivas, el instrumento que da vida a todo, a cada cosa según su condición individual. Es la fuente creadora no sólo del verdadero arte marcial, sino de todas las cosas, nutriendo su crecimiento y su desarrollo.»

Al ser una forma de arte marcial tradicional, el aikido lleva a cabo este amor universal a través de un riguroso entrenamiento corporal. Sin embargo, la dura disciplina no puede separarse del desarrollo mental y del auténtico crecimiento espiritual. Aunque puede que muchos no lleguen a alcanzar este objetivo, no obstante, el elemento crucial es el proceso de entrenamiento, que no tiene principio ni fin, y mientras se esté en ese camino, la realización última del aikido como Vía de la vida -más allá de cualquier arte marcial-, puede manifestarse en el momento más inesperado.

Tenemos la suerte de que el hijo y heredero del Maestro Ueshiba, Kisshómaru Ueshiba, cabeza (Doshu) actual del aikido, haya accedido a esta traducción de su obra original en japonés. Su interés estriba en que la esencia pura del aikido, no adulterada por los egos competitivos, tanto personales como nacionales, se mantenga firmemente en el centro del entrenamiento y de la práctica. Después de todo, dojo, «el lugar del esclarecimiento», es una palabra derivada del bodhimanda sánscrito, el lugar donde el yo con ego se transforma en el yo sin ego.




viernes, 23 de septiembre de 2011

Un Problema de Fé


UN PROBLEMA DE FE
 Por: Julio César Londoño


Primero, una aclaración: soy ateo intermitente, es decir que a veces la Historia Sagrada me parece apenas una buena colección de cuentos fantásticos, y hay días en que soy el último insecto de la creación, consciente de mis límites y de los límites de la ciencia. Entonces huelo la cabeza de mi hijo, miro las estrellas y tiemblo.

Supongo que así somos todos, que nadie está libre de dudas. Y cuando estamos a punto de rendirnos ante los horrores del mundo, algo sucede —una puesta de sol, una canción, un acto de bondad— y recuperamos la fe.

Pero la fe no sirve para zanjar dudas teológicas porque el ateo es justamente una persona que carece de fe, es decir, de voluntad para creer lo increíble. Piensa que basta el hambre de un niño para derrumbar el orden divino del mundo. El creyente alega que la naturaleza es abundante y generosa, que el hambre es un engendro humano, una hija de la codicia. Si el ateo insiste: ¿Y los terremotos, la vejez, los virus, el cáncer? “Los caminos de Dios son inescrutables”, responderá el creyente, azorado pero escurridizo.

El hombre piadoso ve en todo la mano de Dios: en la rosa, el pájaro y el agua. Sabe que el milagro de la vida, la providencial conjunción de circunstancias que hizo posible la aparición de la vida, no pudo ser obra del azar. El ateo cree en el Azar por encima de todos los dioses, lo sabe capaz de grandes cosas siempre, máxime cuando ha dispuesto de todo el universo y de 13.700 millones de años para realizar sus ensayos, para inventar el cuarzo y la cal, ornitorrincos y murciélagos, santos y asesinos.

Stephen Jay Gould, el célebre paleontólogo de Harvard, veía en la ciencia y la religión dos maneras válidas de interpretar el mundo. Si agregamos el arte, tendremos un triángulo espléndido: la ciencia, que quiere descifrar el universo; el arte, que ya lo canta, ya lo maldice, y la religión, que lo sacraliza y lo cubre con velos de misterio.

Los ateos aseguran que las mitologías son unas cosmologías anticuadas ahora, cuando vivimos en un orden lógico. Los creyentes creen que ellas encierran hondas lecciones bajo el ropaje humilde y didáctico de la fábula. Quizá la religión y la ciencia sean extremos que se tocan en ciertos momentos, como en el Big Bang, ese instante extraordinario (o absurdo) en que el universo brotó de la nada, como Dios, esa criatura milagrosa (o fantástica) que se creó a sí mismo de la nada. (La alternativa también es incómoda: el universo, como Dios, no tiene principio ni fin).

Las religiones fueron necesarias porque contenían los primeros códigos de convivencia, las tradiciones y rituales necesarios para la vida de las naciones, para su cohesión y supervivencia. Algunos pensamos que sus tareas han sido asumidas por la historia, el derecho, la ciencia y la política. Los creyentes piensan que las religiones siguen siendo necesarias para mantener el orden moral. En cualquier caso, sería deseable contar con religiones sin dogmas, capaces de evolucionar con el tiempo, de dialogar tranquilamente con la ciencia, de unir los pueblos (religión viene del latín religare, unir), de tender puentes entre las naciones (pontífice, artífice de puentes) en lugar de atizar las hogueras del fanatismo. Si no, es mejor que desaparezcan y sean reemplazadas por “religiones laicas”, como los Derechos Humanos o el Protocolo de Kioto. No matarás. No torturarás. No tiznarás el aire. No enturbiarás las aguas.

Mientras tanto, deberíamos imitar a una amiga mía que no vacila para entrar al primer templo que encuentra en el camino —iglesia, spa, mezquita o sinagoga— y agradecer el agua y el pan, la tarde y el viento.


jueves, 8 de septiembre de 2011

Trabajad para ser mejores personas, la defensa personal viene por sí sola


“Trabajad para ser mejores personas, la defensa personal viene por sí sola”

Por:
A. Martín
L. Núñez


En Aikido se hace más énfasis en la parte mental, al dar por supuesto que la física es obligatoria para su entrenamiento (lo cual es evidente sí presenciamos cualquier entrenamiento en un dojo). Durante el entreno se pide calma y relajación, pero la calma no es estancamiento o involución. Es como la respiración, sustento de vida, fuerte y capaz de conservar su lugar con solo continuar siendo ella misma.

En principio todos los movimientos de Aikido son sencillos, naturales y lógicos. Debemos apartarnos de lo artificial y descubrir las razones de todos los gestos que se ejecutan en el curso de la demostración de una técnica. No basta con que estas razones se expliquen por el instructor al alumno, es necesario que éste compruebe por sí mismo su verdad.

Al comienzo del estudio de una técnica, es preciso analizar los movimientos, realizándolos lentamente para darse cuenta de sus menores detalles, luego tales movimientos van acelerándose progresivamente, hasta que se  alcanza una velocidad normal de ejecución.

Un método que da buenos resultados es entrenarse sólo, con la propia “sombra” repitiendo continuamente todos los movimientos de las técnicas y obligando a nuestro cuerpo a aprender en silencio.

Por otra parte, es necesario mantener un buen equilibrio, una actitud adecuada y elegante, y un desplazamiento fundamental.

En definitiva, conseguir que todo el cuerpo participe en el movimiento. Acostumbrarse a respirar profundamente antes de comenzar cada una de las técnicas, o incluso antes de cada movimiento de las mismas. No desplazarse de un lado a otro sin objeto bajo pretexto de no volver la espalda a Uke. El verdadero camino es siempre el más sencillo y con frecuencia el más directo.

Recordar que es más apropiado no volver la espalda al Uke antes y durante la ejecución de la técnica. Pero para esto no existe regla alguna; es más bien una cuestión de espíritu que de forma, y depende de cada caso específico. Como cuestión de espíritu y actitud, quisiera redactar una enseñanza de la Escuela Yapyu de Sable en la que se hace especial hincapié en que la actitud es mucho más importante que la técnica en sí.


SIN ESPADA

Estar “sin espada” no significa necesariamente que debes apoderarte de la espada de tu adversario. Tampoco se refiere a que debes hacer una demostración que enaltezca tu reputación. El arte “sin espada” es liberarte de la muerte cuando no tienes arma. La intención básica no tiene nada que ver con tratar deliberadamente de arrebatarle la espada a tu oponente. Tampoco se trata de alcanzar insistentemente lo que está fuera de tu alcance. Intentar no aterrarse para evitar ser despojado se llama asimismo “sin espada”. Si una persona trata a toda costa de que no le arrebaten la espada, olvidará cuál es su oponente y se aferrará exclusivamente a la idea de no perder su arma. El principio no es hacer un arte el hecho de arrebatarle la espada al adversario, se trata de aprender cómo evitar ser herido por otro cuando uno mismo está sin arma.

Este arte no tiene el propósito de apoderarse de otras armas ni de matar al oponente. Tomar el arma no es la intención original, el propósito es obtener una adecuada comprensión del ámbito de seguridad: esto implica mesurar la distancia que te separa de tu contrincante en la cual su arma no te hiere.

Si conoces exactamente la distancia en la cual estás fuera de su alcance no debes temer de la espada de tu adversario. Cuando tu cuerpo está expuesto al ataque, piensas activamente acerca de esa exposición. De igual modo, cuando no tienes espada y además estás fuera del alcance de la espada enemiga, no puedes arrebatársela, debes estar dentro del ámbito de ataque para poder coger la espada, por ello debes exponerte a la muerte para obtenerla.

“Sin espada” es el secreto más importante. La postura física, la posición del arma, la distancia, el movimiento, la estrategia, la apariencia y la intención: todo esto proviene de la actitud "sin espada”. Este es el corazón de la enseñanza. Espero que os sea tan útil como nos los ha sido a nosotros y ayude a que vuestra actitud sea menos “hombre” y más caballero.


domingo, 21 de agosto de 2011

Cuatro Formas de Tolerancia


Cuatro formas de tolerancia
Cortesía de Bujinkan Tatsujin Dojo Colombia 


La mayor fuerza de la humanidad no consiste en armas de fuego, puños, ni en un poderío militar, sino en la capacidad de la tolerancia. Todo tipo de fuerza debe inclinarse delante de quien tolera.

Hay cuatro principios para la tolerancia:

1. No responder a las blasfemias

Cuando somos insultados, provocados o acusados injustamente debemos responder con el silencio. Si respondemos de la misma forma cuando somos victimas de la blasfemia, nos igualamos con aquellos que nos insultan, rebajando nuestro nivel. Si nos mantenemos en silencio usándolo como arma contra las blasfemias, evocando la consciencia de quien las pronunció, esta fuerza es, naturalmente, mayor.

2. Mantenerse calmo ante los infortunios

Cuando nos encontramos con personas que nos quieren incomodar, derrumbar u oprimir, debemos enfrentarlas con calma, evitando cualquier confrontación. No responder con un puñetazo cuando se recibe uno, ni responder con un puntapié cuando se recibe otro, pues de esta confrontación nadie sale vencedor. Si la intención es buscar venganza de un odio momentáneo, no alcanzará el éxito de grandes hazañas.

3. Compasión frente a la envidia y el odio

Frente a la envidia y el odio de otros no debemos responder igualmente con odio y envidia, sino con el corazón abierto y el alma compasiva, ofrecer nuestra amistad y mostrarles nuestra actitud pacífica, demostrando así, con educación, nuestra superioridad. 

4. Gratitud frente a las difamaciones

Si alguien lo insulta o lo difama, no se enoje con quien lo provocó, sino acuérdese de los beneficios que esa persona le proporcionó en el pasado y sea agradecido por eso. Principalmente, no se olvide de que en el fango más inmundo crece la impecable flor de loto. Cuánto más oscuro es el lugar, mayor es la necesidad de mantener encendida la luz del alma. Por lo tanto, ante las difamaciones, aquellos que nos difaman deben ser influenciados con ética, compasión y misericordia; solamente así la superaremos, con moralidad y tolerancia. 

El verdadero vencedor tiene la fuerza de la tolerancia y el coraje de asumirla frente a los insultos, opresiones y humillaciones. Y esa fuerza – la tolerancia- es ciertamente superior a cualquier tipo de armamento y es capaz de superar cualquier situación desagradable.

jueves, 21 de julio de 2011

De la personalidad en el Tatami

De la personalidad en el Tatami

Alix Adriana Llanes A. (julio, 2008) 



Tengo la convicción de que en la vida de todo aikidoka sólo existen dos momentos realmente memorables: el día en que inicia su práctica marcial (su primera clase) y el día en que se retira. Todos los demás instantes son pasajeros. Cada día de práctica trae su propio afán. Sin excepción todos vivimos instantes de alegría, de tristeza, momentos de júbilo y otros de frustración y rabia. La tarea de aprender es de nunca acabar. Cada cual recorre su propio camino y sólo con el tiempo se descubre que la técnica es la llave que acciona un universo de situaciones y posibilidades.

Pero, como aún no me he retirado (y confieso que tengo la firme intención de practicar hasta que el uso del pañal y/o el caminador me lo impidan), sólo puedo referirme al memorable momento de mi primera clase de Aikido.

Recuerdo que ese día, paradójicamente éramos dos los novatos. El Sensei y yo. Aquel día él también se estrenaba como Sensei. Esta fundando su primer grupo. Para ese momento había dado clases en otros sitios, pero bajo el rótulo del “sensei de remplazo” porque no vino nadie más. Poco hablamos en aquella ocasión (quienes conocen al sensei Albero Botero “Beto” saben que es de pocas palabras) pero ese día, me dijo un par cosas que me quedaron gravadas: “En el tatami uno ve quien es quien. Los defectos y las cualidades de cada uno salen a flote. En la práctica no hay combate, el combate es con uno mismo. Por eso lo más importante es entrenar, lo demás, viene después”.

Y esas palabras que por la emoción del momento, me parecieron vanas, fueron mi sentencia. Recuerdo que luego de caer y levantarme, e intentarlo una y otra vez, no me dolía el cuerpo, sino el ego. Me sentía torpe, realmente torpe (con dos pies izquierdos que no me obedecían). Cada noche abandonaba el dojo llena de ira, y al otro día regresaba para intentarlo de nuevo (ese hombre de la falda no iba a poder conmigo!). Como a los 15 días de este deplorable espectáculo, mi Sensei me dijo en tono burlón: “¿perfeccionista, Adrianita? Hay que tener paciencia con todo, incluso con uno mismo. Todo es un proceso”.

Creo que duré rabiando un par de meses. Esa fue la primera (y honesta) sensación que tuve cuando me encontré con el Aikido. No sentí la armonía que me prometían en el folleto de la academia, ni el amor puro y sincero, la paz y la tranquilidad, sentí ira. Una fuerza que como cualquier otra, en sí, no es ni buena ni mala. Es sólo una energía que puede llevarte a un resultado positivo o negativo en tu vida. Depende de tu elección. En mi caso, ese sentimiento de ira y frustración, me dio persistencia. Tomé la decisión de aguantar. De mantenerme.

Con el tiempo, y ya dominada la parte básica del popular ukemi (que confieso, sigo aprendiendo) empecé a encontrarme con otros problemillas técnicos. Mover a Uke sin halarlo, pellizcarlo, empujarlo, regañarlo y sin ponerle cara de damisela en peligro. Necesariamente me tocó echarle mano a la técnica. E intentarlo una y otra vez. No faltó (y no falta, por fortuna) el fortachón que alguna vez se puso al frente con un rostro que reflejaba una extraña mezcla entre vanidad e incredulidad respecto a lo que yo (y por supuesto él mismo) estaba haciendo.

¿Por qué no se deja mover? Pero, ¡si lo estoy haciendo igualito al Sensei!. Luego de cada explicación (que el centro, el epicentro, la fuerza centrípeta y la centrífuga, el punto muerto, etc.), confieso que ponía cara de entendida para ocultar mi más perfecta ignorancia. Pero cumplía mi condena. Sólo entrenaba.

Los exámenes de kyu siempre fueron una experiencia agridulce (un poco tortuosa pero al final agradable). Eran el momento perfecto para mostrar que había trabajado fuerte, que era dedicada, que había avanzado. Pero siempre me pasaba algo inesperado. Me tocaba el uke renuente o el uke gelatina (que temblaba y se desarmaba con solo verlo), o en el peor de los casos, mis conocimientos de japonés con toque latino-tropical me jugaban malas pasadas y se me enredaba todo.

Por fortuna nunca perdí un examen. Sin embargo, siempre me sentí extraña. Sentía que podía dar más y a la vez que me faltaba mucho (inocentemente pensé que eso se me iba a pasar cuando presentara el primer Dan y la verdad, es que horror! no se me pasó!. Continúo cumpliendo mi sentencia: sigo entrenando y cada vez me convenzo más de que Aikido demanda un trabajo de nunca acabar).

Pero, ¿Cuál es el punto? ¿Porqué Adriana hace una apología de su experiencia en el Aikido (por cierto, ¿Quién es esa… Adriana?)?.

Porque ahora que llevo la Hakama y tengo que ubicarme frente a los más novatos y los veo confundidos y hasta desesperados me veo a mí misma reflejada (y bueno, me siento tan novata como ellos). Pienso, que debe ser algo comparable con la sensación de un maestro de orquesta que debe afinar un grupo de músicos de variados instrumentos y habilidades…pero que para ponerlo en términos de Aikido, le toca seguir una partitura con  infinitos matices y con la cual, cada tanto debe hacer un solo, que pone en evidencia, que si, el muchacho se esmera, pero no esta exento de desafinar (motivo por lo que el pobre siempre debe estar estudiando! Si no, pierde la esencia de su arte)!.

Cuando se intenta enseñar se aprende cantidades, y por cada pregunta que se responde, surge para quien enseña, varias preguntas más. Observo y advierto que entablan una fuerte lucha contra sus miedos, autoconceptos, y vanidades. Esa guerra también fue y es mi guerra interna (no creo que en esta vida me ilumine, así que me he resignado a vivir con ella). En esta fase, ocurre con frecuencia que las emociones afloran y esa terquedad, vanidad, arrogancia, miedo, ira… todo ese ruido que se guarda en la cabeza, se convierte en un arma de largo alcance que usualmente lanza su proyectil contra el incauto que está al frente (el compañero o el sensei… cualquiera de los dos lleva!).

Entrando un poco a términos más abstractos, pienso que esas actitudes que reflejamos en el tatami no son nada diferente al reflejo de nuestra constante lucha contra el ego y el apego (apego que para algunos, es el mismo ego pero invertido), que mezclado con un poco de emoción, genera un coctel explosivo. 

Cuando queremos someter a uke a como dé lugar (sin importar lesionarlo), y buscamos desesperados sentirnos poderosos en el tatami, y halamos a uke porque vemos en la técnica que debemos proyectarlo o someterlo a como dé lugar, tenemos un ataque de ego. Necesitamos sentir que lo estamos haciendo bien. Se trata del YO en su máxima expresión.

Pero ¿qué pasa cuando nos muestran algo nuevo o simplemente entrenamos con alguien que nos exige un poco más? La reacción más común es intentar hacer abstracción mental. Eso no es conmigo. Oprimimos control+alt+supr. Intentamos huir a ese estado de inconsciencia donde somos felices!. Y qué decir de las correcciones…sobre todo cuando ya llevamos un buen tiempo practicando (sí así me funciona, está bien hecho!... ¿Cómo así? ¿Es que cambiaron la técnica? Ay Nooo!, yo no me complico con eso… esta es la que me aprendí en el dojo! Y sirve! Mi sensei me dijo que la hice bien en el examen!). ¿Qué respire y me relaje? No me vengan con el cuento de la respiración (palabrerías!)... ja! y la relajación (no moleste! Le digo, que estoy relajado y esa vena brotada en la frente es de nacimiento…y el brazo rígido, es de una lesión que tuve…en otra vida!!).

Ignoramos lo que nos dicen y queremos mantenernos en ese punto, en esa isla de confort en la que nos ubicamos. El apego. Yo sólo estudio y practico el estilo de “X” Sensei. Ese aikido no sirve (sólo el que yo practico es el real). ¿Qué tengo que aprender de ti, si ni siquiera te puedes tocar la punta de los pies?.

Sin querer insinuar que tengo la verdad revelada en estos temas, reconozco que estoy convencida que al caer en las trampas que el ego y el apego nos crean en el tatami (el mundo práctico del Aikido), traemos a nuestra vida una serie de obstáculos que necesariamente nos estancan en nuestro desarrollo marcial y personal. La mayoría de maestros en Aikido enseñan que para crecer como practicante es fundamental la humildad (desarrollar la capacidad de vaciarnos a nosotros mismos una y otra vez), y mantener la mente del principiante (estar dispuesto a aprender y a repetir la forma una y otra vez…poder ver cada técnica con la misma disposición y fascinación que tuvimos cuando la vimos por primera vez).

Pensando en la humildad y en la necesidad de tener consciencia de la lucha contra nuestro ego y apego, me atrevo a hacer una analogía con el mundo animal. Si observamos con detenimiento, advertimos que pocas especies nacen totalmente desnudas (sin pelos, plumas, escamas y demás). Como lógicamente lo infieren, la especie humana es claramente una de estas rarezas. Pero hay algo que no entiendo. Somos la única especie que desde el nacimiento, se esfuerza por enseñarle (y proporcionarle) a sus infantes máscaras, vestidos y adornos, hasta que llega en un momento en el que ellos terminan olvidando que debajo de todo eso, está el mismo personaje desnudo y sencillo que vino al mundo.

Como diría el Sensei Beto, en el tatami mostramos quienes somos realmente. Los invito a investigar quienes son realmente. A observar las manifestaciones más profundas de su personalidad (y de sus emociones) en el tatami. Y a tomar consciencia de que en el Aikido, como la lucha es interna, lo más importante es pulir el espíritu (y que las respuestas a todas esas preguntas que surgen, están en cada uno…hay que observarse). La técnica es la técnica, y con práctica y disciplina a TODOS sin excepción, algún día nos saldrá bien. Creo firmemente que sólo cuando logramos superar ese conflicto entre ego y apego, estamos en paz. Logramos la armonía anhelada. Sólo sí logramos entrenar sin odio, sin amores, sin temores hacia nuestros compañeros y hacia nosotros mismos hacemos realmente Aikido.

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