miércoles, 6 de febrero de 2013

Aikido: un arte para hacer amigos


Aikido: un arte para hacer amigos

Por Alix Adriana Llanes A. –febrero 2013-
Bogotá Aikido, 2do año, sensei Hiroyasu Yamamoto y sensei Howard Yanes 


Creo que fue a mediados de mayo de 2010 cuando lo ví por primera vez en la puerta del dojo. Recuerdo que faltaban unos minutos para comenzar la práctica y yo me encontraba en plena labor de limpieza del tatami. Salí a recibirlo tal como me encontraba. Con el pantalón del gi, una camiseta sin mangas y el trapo de limpieza en la mano. Él se detuvo en la puerta y me observó extrañado. Acepto que no fue la primera vez –y menos la última- que me sentí observada de esta manera. Desde que comencé a enseñar Aikido es común que hombres y mujeres se detengan en la puerta del dojo y piensen dos veces antes de entrar. Pertenecer al sexo femenino y ser instructora de un arte marcial es una combinación que todavía sorprende y se percibe como extraña –a pesar de encontrarnos en pleno siglo XXI y vivir en el costado occidental del planeta-.

Traté de comunicarme con mi precario japonés y no tuve suerte. Intenté en castellano sin avance alguno. Por fortuna el inglés resultó ser nuestra tabla de salvación.
 



No fue una charla fluida. Intenté mirarlo a los ojos y sin querer lo incomodé. Recuerdo que esperé unos minutos allí de pie, mirando al piso hasta que él comenzó a hablarme. Me preguntó mi nombre e inmediatamente me recordó el suyo. Me dijo que era la persona que había enviado un par de e- mails preguntado por un dojo para entrenar en Bogotá. Que no me molestara en contarle quien era, que ya sabía lo que necesitaba saber y que sólo quería conocer el lugar.
 
 
Lo invité a pasar y tan pronto traté de seguirlo se detuvo bruscamente giró la cabeza y me miró extrañado. Quedé inmóvil y recordé que “la mujer en Japón siempre va un paso atrás del hombre”. Luego sentí mucha vergüenza. Caí en cuenta que lucía una franela sin mangas y me pregunté hasta dónde él estaba pensando que la mujer que tenía al frente carecía de pudor alguno. Automáticamente comencé a recordar mis precarias clases de Japonés y de protocolo en la Universidad y un sinnúmero de temores y paradigmas invadieron mi cabeza. Ese hombre llevaba 10 minutos en el dojo, y yo –la persona a cargo- lo había hecho todo mal. Le hablé de iguales, le miré a los ojos, salí con una prenda que podría tomarse como atrevida u ofensiva, y por si fuera poco, olía a esencia de canela –la misma aroma del detergente que estaba usando para la limpieza-. Creo que lo único que hice bien, fue no intentar darle la mano y cederle el espacio para que iniciara la conversación cuando lo consideró oportuno.
 
El sr. Yamamoto se detuvo en la puerta del salón, hizo una venia al kamiza y entró a inspeccionar el lugar. Me ubiqué en una esquina tratando de entender la situación. Luego, me dio risa. Más allá del temor por mi torpeza inicial me hizo gracia darme cuenta que él se sentía igual o más torpe que yo. Innegablemente era un ambiente y una relación complemente desconocida para los dos. Lo único que teníamos en común era el amor por el Aikido, el deseo de entrenar y de compartir este arte marcial.

Con el tiempo me enteré que esta era su segunda vez fuera de Japón, y que su experiencia previa había sido en Londres –una estadía por 6 meses-. ¡Pobre hombre! pensé. A duras penas le pusieron las vacunas contra las enfermedades tropicales, lo dotaron con un libro sobre Bogotá y lo enviaron a uno de los países más mestizos del mundo – saltó sin paracaídas al tercer mundo -. El nexo con su patria era su familia, el compromiso de trabajar con japoneses y la promesa de que la Embajada de su país estaría allí asistirle.

En aquella ocasión no entró a clase. Se sentó en una esquina a observar cuidadosamente. Mi timidez me invadió por completo y comencé a sentir que rendía un examen –un examen eterno- donde mi espectador no expresaba ni aprobación ni desaprobación alguna. Sudaba a mares y me sentía realmente torpe. Notaba que analizaba cada uno de mis gestos y la forma como interactuaba con los estudiantes. Al terminar la clase, hizo un saludo y se retiró sin decir una sola palabra. Respiré profundo y pensé que nunca más lo volvería a ver. Pero por fortuna regresó al dojo y repetimos dos veces más esta experiencia.
 
 
Llegaba 15 minutos antes de comenzar la clase, se sentaba en una esquina del salón a observar, mientras yo me deshidrataba a causa de mis nervios y tartamudeaba con mucha dificultad mi incipiente japonés.

Pero un día llegué al dojo y me estaba esperando en la puerta. Me pidió permiso para tomar las clases que impartía y me confesó que su maestro había intercedido por él para que pudiera preguntarle a Doshu sobre un lugar dónde entrenar Aikido en Colombia. Que se había puesto en contacto con Yamada Sensei y que sabía de la existencia de tres dojos Aikikai en Bogotá. Que había revisado la información en Internet y había visitado los dojos, y que luego de analizar la situación le había preguntado a Yamada sensei si sería conveniente asistir al dojo de “la mujer”. Que Yamada sensei aprobó su elección y le envió una pequeña reseña acerca de “esa mujer”. Que por favor no me preocupara por nada más. Que me estaba conociendo.

Recuerdo que ese día los minutos del aikitaiso me parecieron eternos. Sin embargo, durante el ukemi entendí que ni en esa clase ni en ninguna otra, podría ofrecerle algo diferente a lo que realmente tenía y que si ese hombre formado en la cuna mundial del Aikido había regresado al dojo era porque entendía perfectamente mi situación. Comencé a observarlo y analizarlo –discretamente para no incomodarlo-. Con el tiempo -con una dinámica similar a la de uke y tori-, comencé a ponerme en su lugar y a valorar –profundamente- muchas de sus actitudes en el tatami. En el tatami mostramos quienes somos realmente y cada detalle por más simple que sea, nos permite ver la esencia de la persona que ha venido a compartir con nosotros.

Humildad. Por algunos espacios que pudimos compartir me enteré que Doshu en persona, se ha encargado de tomarle sus exámenes de dan y que periódicamente entrena con los sensei del Honbu Dojo. Confieso que me impresionó de sobremanera su humildad y apertura. Por mucho menos que esto –y sólo una foto con Doshu o un par de clases en el Honbu Dojo- varios conocidos levitan y proclaman que su conocimiento ha llegado a los estándares más elevados del aprendizaje –como si la técnica pudiera apropiarse por osmosis o si bastara una corta temporada para comprenderla en detalle -.

Considero que quieres han asistido al Honbu Dojo y han abierto el corazón han entendido que el significado de este lugar es más que todo místico y espiritual, y que la técnica es la llave que activa muchas dimensiones y niveles de aprendizaje. Por instructores del Honbu Dojo con quienes he podido entrenar, considero que el Aikido que se conserva allí es limpio, y que sus instructores no lo contaminan con sus creencias religiosas o ideas políticas o con un esquema de “marcialidad” acomodado que sólo sirve para atropellar a otros o exaltar el ego del instructor. Allí se estudian y protegen los principios; la esencia del arte.
Entiendo que el Aikido es místico por definición y que su esencia se manifiesta a partir del respeto por el otro. Por medio de la práctica nos preparamos para ser compasivos –realmente compasivos en el sentido budista-. Al intercambiar los roles de uke y tori aprendemos a ponernos en el lugar del otro, a comprenderlo, a apoyarlo y a ayudarnos mutuamente sin juzgarnos. Al final de cuentas todos estamos aprendiendo. Caemos y nos levantamos muchas veces y aprendemos a confiar en el otro. Para evolucionar necesitamos del otro, de lo que nos muestra “el otro”.
 
Varias veces me pregunté cómo me sentiría si un japonés me dictara clases sobre cómo bailar vallenato o cumbia –algo colombiano por excelencia-. Sin duda la sensación sería extraña, pero si lograra entrar a esas clases sin prejuicios ni prevenciones, ello demostraría irrefutablemente mi madurez y disposición de aprendizaje. Alguna vez le pregunté al sr. Yamamoto si se sentía incómodo recibiendo clases de una persona no japonesa y más cuando él tenía la oportunidad de entrenar en un ambiente tan especial de Aikido. Él sonrió y me dijo que no, que solo era un poco diferente. Que era como en la música. Una misma partitura puede ser interpretada por diferentes músicos, pero siempre se trata de la misma melodía.
 
 
Actitud de principiante. Tuve la oportunidad de recibirle varias clases y bueno, de dirigir algunas de sus prácticas. Cuando estaba a cargo indudablemente era el jefe. Pero cuando era estudiante no tenía ningún reparo en demostrar su confusión o sus dudas en el tatami. Seriamente trataba de apropiarse del movimiento y de experimentar con el compañero. Nunca le noté una insinuación tipo “es que en Japón lo hacemos así” o “es que a mí me gusta con este detalle”. Ingresaba al tatami sin pretensiones personales y con la única intención de entrenar. Hacía valer su derecho a equivocarse y se alegraba cuando lo corregían.
 
 
Generosidad y amabilidad. Quiso el destino y la vida misma, que nos conociéramos siendo Nidan y que por la misma época ambos tuviéramos que rendir nuestro examen de Sandan. Primero lo hice yo en Caracas con Yamada sensei –en febrero de 2011 – y luego él en Japón con todas las dignidades del Honbu Dojo –hacia el mes de agosto- .
Recuerdo que a mi regreso de Venezuela me preguntó cómo estuvo el examen. Le conté que mucho mejor de lo que había esperado. Sonrió, y me dijo que sabía que había trabajado duro para ello y me preguntó si por mi mente, había pasado algo especial el día del examen. Le confesé que antes de la prueba, justo cuando comenzaron a desfilar los chicos que rendirían para Shodan sentí pánico, y que simplemente me dispuse a respirar. Que comencé a recordar por todo lo que había pasado en los últimos años como practicante y que sentí profundas ganas de llorar. Que luego me invadió un sentimiento de paz y profunda gratitud porque a pesar de la adversidad, podía estar ahí, que miré a Yamada sensei y entendí que estaba allí simplemente para renovar mis votos personales con el Aikido. Que en ese instante entendí que de lo único que se trataba era de pasar al frente y decir, esto es todo lo que tengo, sé que me falta mucho pero acá estoy dispuesta a seguir aprendiendo. Esta soy yo y esta es mi historia en el Aikido. Esta es la historia de mi entrenamiento.
Recuerdo que en esta ocasión se quedó pensativo y se fue sin decirme nada. Cuando regresó de Japón y me compartió su experiencia de examen, me confesó que pasó por algo similar a lo que yo pasé y que por un instante, pudo entender lo difícil que era mantenerse realmente humilde y no contaminarse de falsa humildad. Que el simple hecho de querer rendir un buen examen era el comienzo para llenarnos de pretensiones y la forma más simple de abrirle la puerta a nuestro ego que se nos disfraza de tantas maneras.
Aikido dentro y fuera del tatami. Con ocasión del tsunami del 11 de marzo de 2011, me acerqué a manifestarle a la familia Yamamoto mi inmenso pesar por lo ocurrido y a preguntar por sus familiares y amigos. Les dije que había leído sobre la crisis nuclear y que estaba asombrada por el sacrificio de los trabajadores de la Central Nuclear de Fukushima I y II. Recuerdo que el sr. Yamamoto me miró y me dijo que lo ocurrido era un sacrificio muy alto para Japón y que esperaba que ello sirviera para que como humanidad entendiéramos que todos éramos uno solo y que al final, lo único que realmente importa es la vida misma. Que sólo si entendíamos eso, lo ocurrido habría valido la pena. Ante ese comentario, me quedé sin palabras.
Al terminar la clase de ese día, mientras doblaba mi hakama me dijo que entendía por qué me asombraba la labor de los trabajadores de la empresa Tokyo Electric Power. Que los colombianos teníamos alma de león y que por ello no sabíamos trabajar en equipo. Que los japoneses por el contrario tenían alma de oveja y que cuando las dificultades afloraban, actuaban de manera organizada y obediente. Y me contó que para atender la crisis los jefes de la planta nuclear buscaron voluntarios para trabajar sin descanso. Que quienes se enlistaron fueron los más viejos –porque se sabía que probablemente morirían-, y que ello ocurrió así, porque ellos entendían que luego de estos tiempos difíciles vendría la calma y los más jóvenes deberían reconstruir el país. Que en lo que ellos hacían no había nada de extraordinario. Que simplemente hacían su trabajo.
Reconozco que ese día estuve muy pensativa –y aún lo estoy-. Cumplir con la tarea encomendada y ocupar el lugar que socialmente nos corresponde es una manifestación profunda del budo. Tener la capacidad para comprender la magnitud de nuestras acciones y la manera como ellas afectan a los demás es estar en presente. Asombrosamente nunca le escuché lamentarse por lo ocurrido. Aceptar la adversidad y no descomponerse me pareció una verdadera muestra de estar en el centro. Ahora, ese sentir donde cabe el individuo y se involucra la humanidad como un todo, refleja un Aikido que se sale de la forma e invade todos los aspectos de la vida.
Confieso que me podría quedar narrando y compartiendo anécdotas. Sin embargo, quiero resaltar que sin importar las diferencias culturales, el sr. Yamamoto y yo logramos comunicarnos a través de un lenguaje universal: AIKIDO. Ese lenguaje que te permite cada vez que visitas distintos dojos sumergirte en un mundo diferente –de la misma manera que lo haces cuando nadas en el mar-, de afrontar temores respecto a lo desconocido –porque bueno, tiburones hay en la mayoría de los mares-  y que te enseña a fluir, a dar volteretas con la tranquilidad de salir en una sola pieza.
Indudablemente debemos trabajar permanentemente en nuestra fundamentación técnica. En estudiar el ukemi, el kamae, las bases ( kihon) pero sobre todo, en mantener una excelente actitud de práctica conservando nuestra más sincera humildad y capacidad de asombro. Esa sana curiosidad nos mantendrá activos y permitirá apreciar cada técnica y cada movimiento como un elemento único. En el dojo –el crisol donde fundimos nuestros temores- he tenido la fortuna de experimentar que el Aikido es un idioma universal que sobrepasa los paradigmas culturales y termina por vencer la rigidez mental de la mayoría de los practicantes.
Sé que el dojo Bogotá Aikido es un punto minúsculo en una ciudad inmensa y que falta mucho por andar, pero si logramos seguir el ejemplo del Sr. Yamamoto sé que iremos por buen camino.
Reconozco que nuestra memoria es frágil y que fácilmente olvidamos lo que nos dicen y nos enseñan. Sin embargo, difícilmente olvidamos la forma como nos sentimos ante determinadas circunstancias –y por ello quiero invitarlos a observarse permanentemente y a preguntarse cómo se están sintiendo, cómo han elegido vivir su experiencia de vida-. En este momento de mi evolución como practicante considero que el “sentimiento” con el que practicamos Aikido es la esencia de este arte, y que este sentir es lo que evita que a pesar de la exigencia física del movimiento, una práctica de Aikido pueda llegar a confundirse con una clase de aeróbicos en un gimnasio. En el sentir, en la mística, está sutileza del arte.
Si cultivamos estos ideales conscientemente –con consciencia- nuestro inconsciente los llevará a la forma. Con el tiempo cada movimiento será único y ese toque personal -que nuestro sentir le imprimirá a la forma- convertirá a cada movimiento en una verdadera obra de arte.
 
Mi más profundo y sincero agradecimiento al Sr. Yamamoto por habernos acompañado en este trayecto. Espero de todo corazón que logre materializar su anhelo de abrir un dojo en Japón. Tengo la certeza que sus alumnos contarán con un excelente maestro. De TODO corazón, muchas gracias –domo arigato gozaimasu, sensei-. Espero que la excusa del Aikido nos permita vernos nuevamente.

1 comentario:

  1. Gracias por compartir esta entrada; por su contenido biográfico, por su narrativa cuidada, y por los conceptos y la esencia del espíritu aikidoka que contiene y que se destila en muchos apartados.

    Un saludo

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