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sábado, 25 de junio de 2016

Entrevista a Sensei Tomita (por Rev. Cinturón Negro)

Entrevista a Sensei Tomita ( por Revista Cinturón Negro )
Tomado de la revista Cinturón Negro, 2010



Inexorablemente, nuevas voces pueblan el panorama del Aikido a nivel mundial. El recambio generacional es un hecho; pese a las buenas palabras de unos y otros, diferentes corrientes surcan las aguas revueltas del intempestivo estuario del arte de Ueshiba en los albores del siglo XXI. En esta labor de traeros a los más destacados personajes del Aikido internacional hoy os presentamos al Maestro Tomita Seiji.
Tomita tiene no sólo un gran interés como maestro, sino también como persona; pude percibir en él una gran sensibilidad hacia lo abstracto, un sexto sentido enfocado siempre en lo intangible, un espacio interior vivo en el que la descripción de sus percepciones personales del mundo se superpone continuamente a la comprensión de la realidad. Indudablemente está interesado en las formas pero para él, éstas únicamente tienen valor en función de una experiencia y de unos contenidos que sólo responden a sus propias pautas en la manera de afrontar el hecho de la vida y la evolución propias.
Espero que esta presentación no resulte demasiado abstracta pero, creedme! Tomita me contagia con su forma de ser. Es difícil describir a una persona que vive enfocada en lo intangible. Al tratar de visualizarla te encuentras ante esa bruma en la que habita. De Morihei Ueshiba se decía lo mismo. El mismo Tomita nos habla de ello, si bien él lo achaca al cambio generacional y educativo.
Tomita es un guerrero, en el sentido de aquel que busca batirse consigo mismo. Viene a Europa para instalarse en Bruselas y crea la sede europea del Aikikai de Osaka, organización de la que formó parte en Japón. Y lo hace para ponerse en situación de encontrarse a sí mismo. Aparentemente contradictorio y evasivo en persona, se abre sorprendentemente claro y sincero al responder a nuestras preguntas.
Gran interés especialmente para aquellos interesados en el Aikido como una vía de auto encuentro y desarrollo personal. Es sin duda un hombre peculiar, de esos que no se prodigan en los medios, pero también es ese tipo de individuos que ha vivido mucho y con mucha intensidad. ¡Estos!, ¡estos son los hombres de los que se puede aprender a aprender! Por eso hoy os lo traemos a éstas que son vuestras páginas.
Tomita Seiji Shihan, nació cerca de Kyoto en 1938. A la edad de 6 años comenzó a practicar Sumo, Kendo, Judo, Karate y, más tarde, se inició en el laido y en el Aikido. Su profesor fue el maestro Tanaka Bansen. O Sensei Morihei Ueshiba, originario de la zona, visitaba frecuentemente su Dojo en Osaka para impartir sus enseñanzas. Tomita Shihan recibió el grado de Shodan en 1957, y continuó la práctica intensiva con el maestro Tanaka Bansen.
En 1969 crea la Fundación del Aikikai de Osaka y más tarde el Aikikai de Taiwán. En 1988 se instala en Bélgica y abre en Bruselas la BAN SEN JUKU, la escuela de las corrientes infinitas, como sede central en Europa del Aikikai de Osaka. Está sumamente interesado en el principio único fundamental, común a todas las Artes Marciales. Cuando enseña Aikido, Tomita Shihan hace un amplio uso de armas y también combina la práctica diaria del Aikido con el Iai (el arte de desenvainarla espada).
Cinturón Negro: ¿Por qué practica diferentes Artes Marciales como el IAIDO?
Tomita Seiji Shihan: Para mí es completamente imposible explicar Aikido sin el sable real. Todos los movimientos del Aikido surgieron básicamente bajo el sable. El lai es, por consiguiente, la entrada. Sin el sable como arma fundamental, las Artes Marciales tradicionales japonesas no existen. El lai es representativo, es el Arte Marcial tradicional básico. No me refiero al laido moderno, principalmente con formas superfluas y moviéndose a lo largo de líneas rectas, en el que la idea tradicional del Taisabaki está casi perdida y olvidada. Algunos dicen que no es más que una actuación con sable.
Pero como concepto básico, el lai todavía nos transmite la forma de manejar el sable como una técnica tradicional e incluye todos los elementos del Arte Marcial con sable, como la cortesía e incluso la fuente de la respiración. Un sable real puede herirnos, es necesario concentrarse, tener cuidado. Antes de desenvainar, debemos de tener en cuenta las circunstancias que nos rodean. Hoy, el uso del Ken en Aikido casi ha llegado a ser egoísta. Para el entrenamiento básico tememos que guardar la esencia, mantener la línea de corte para poder hacer un marcado Taisabaki hacia la línea de ataque y, en el mismo sentido, también la idea del Atemi.
C.N.: ¿Cómo aprendió laido?
T.S.S.: Mientras estaba practicando Aikido en Japón, tuve la suerte de que el Gran Maestro Oomori Masao, de la Muso Jikiden Hasegawa Eishin Ryu y Hooki Ryu Ogura Sinpu, fundador de la Shin Shin Ryu, KENBU y SHIGIN (danza con sable y recitación de poesía china) asistiera a nuestras clases de Aikido. Al acabar, me daba clases particulares.
C.N.: ¿Qué sentido tiene hoy la práctica del Budo?
T.S.S.: Podemos escoger cómo ver la vida, cómo dirigirla, pero inevitablemente surgirán complicaciones, dentro de nosotros y con los demás. La vida diaria es como un campo de batalla. Nuestro mayor desafío es mantener nuestra mente libre y vivir apaciblemente a lo largo de nuestra existencia.
La valiosa experiencia guerrera del SAMURAI con la espada, fue reducida a su esencia por el sencillo carácter japonés y así se creó el espíritu del BUDO, que nos enseña a vivir.
Actualmente, la vida es bastante pacífica, apenas necesitamos las Artes Marciales para la defensa propia. Pero los logros del Budo nos ofrecen la oportunidad de entrenar nuestra mente para actuar con cuidado, para desarrollar la perspicacia, la concentración y salud, y para mantener nuestra mente en calma mientras estamos ocupados.
El BUDO nos da el valor necesario para enfrentarnos con dificultades, nos enseña a resolver problemas fríamente y sin miedo.
C.N.: ¿Qué importancia tienen las técnicas?
T.S.S.: Debemos sobrevivir todos y no solamente los especialistas en Artes Marciales. Cada uno de nosotros es, en esencia, un artista marcial, tenemos técnicas naturales de supervivencia. Somos guerreros desde la misma concepción: hay muchos competidores entre los espermatozoides. Todos debemos ser profesionales de la vida, no aficionados.
Cómo vivir es un sincero problema del BUDO. Vivir y morir es una sola cosa, una única oportunidad. Queremos asimilar la mayor cantidad posible de técnicas. Pero cuando tenemos que utilizarlas, sólo necesitamos una. Debemos, por así decirlo, "cortarnos la cabeza y simplemente actuar". En este sentido, la técnica se puede fundir con nuestras acciones. Éste es un aspecto del BUDO, cómo manejar nuestro Kl en sí mismo, como vida.
C.N.: Entonces ¿debemos olvidarnos de las técnicas?
T.S.S.: Así es. Siguiendo la mentalidad del BUDO, si empezamos a pensar en qué técnica usar, perdemos la oportunidad. Es necesario actuar: sólo lo suficiente, inmediatamente, espontáneamente, simultáneamente.
C.N.: ¿Es el principio único común a todas las Artes Marciales?
T.S.S.: Al final, no hay Arte Marcial. ¿Cómo vivir mejor? Si se comprende el Aikido no hay necesidad de darle el nombre de "Aikido". Después de haber pescado el pez hay que olvidarse de la red, pero hasta ese momento es necesario tejer una red sólida y fuerte. Existen muchos estilos de Artes Marciales. Pero el principio es uno: MUSHIN, cómo vivir con todas tus fuerzas, de acuerdo con las condiciones actuales. Sólo la apariencia es diferente.
C.N.: ¿Cuál es el papel del equilibrio?
T.S.S.: Cuando se llevaban armaduras era muy difícil hacer un corte o golpear con éxito. Entonces lo más importante era cómo mantenerse en una situación favorable. Por otro lado, si se controla el equilibrio del adversario y se lleva a su peor situación, no se necesita ninguna técnica específica. Es la idea de YAWARA, la suave flexibilidad del bambú o un muelle. Sea cual sea la técnica, y en cualquier circunstancia, la práctica debe hacernos aprender la forma de mantener bien el equilibrio en todo el momento. Para lograrlo, es necesario moverse desde el HARÁ como el centro del propio equilibrio y desarrollar el verdadero significado de HARÁ: el sentimiento de no tener brazos, ni piernas, el saber que nunca se pierde el equilibrio incluso al rodar. No debemos movernos por medio de las manos y de las piernas, sino por medio del punto de equilibrio, y todo nuestro cuerpo seguirá las órdenes del comandante. Hay que moverse, pero sin moverse, sin perder el equilibrio. Entonces podremos absorber el Kl de nuestro adversario dentro de nuestro equilibrio, dejándolo así impotente. Si logramos hacerlo de esta forma, podremos actuar todo el tiempo libremente, sólo como nosotros mismos. Entonces no necesitaremos ninguna otra técnica.
Estar en equilibrio significa cooperar con los principios del universo, significa estar en equilibrio con la gravedad de la tierra y a través de ello con el universo entero. En ese sentido, estando en equilibrio perfecto, somos parte del universo, somos el propio universo, como dijo el fundador del Aikido.
C.N.: ¿Qué nos puede decir sobre el Ki?
T.S.S.: La forma de hacer surgir y mejorar el poder natural del Kl es la especialidad del AIKI como BUDO. Debemos confiar en el poder vital que todos tenemos como energía potencial, Kl o poder de la mente. Entonces podremos manejarnos totalmente, no sólo con la fuerza muscular.
Todos podemos usarlo, todos tenemos igual Kl, grandes y pequeños, hombres y mujeres, jóvenes y viejos. La corriente de Kl, como un arroyo de agua, es mucho más importante que las formas o técnicas. Es la señal de estar vivo, es nuestra propia vida. Nuestra vida existe con la corriente, desde el HARÁ con la respiración abdominal como una corriente de aire, que estalla por medio de las técnicas como Kl a presión. De esa manera podemos envolver a nuestro adversario en un torbellino de Kl. Los movimientos que surgen espontáneamente de ese torrente son las técnicas reales. Entonces podemos actuar de una manera libre, exactamente como el propio Kl espontáneo. Ése es el significado de TAKE MUSU AIKI, o el nacimiento fresco de técnicas según las circunstancias. El propósito principal del AIKIDO es alcanzar este punto.
C.N.: ¿Cómo conoció a OSensei?
T.S.S.: Gracias a mi maestro Tanaka Bansen, a través de cursos. Ueshiba visitaba con frecuencia el Dojo de Osaka.
C.N.: ¿Tuvo oportunidad de beneficiarse de las enseñanzas esotéricas de OSensei?
T.S.S.: La manera que OSensei describía sus técnicas era casi una explicación sintoísta. Era muy complicado, más allá del entendimiento, incluso sin la barrera del idioma. Él utilizaba conceptos SHINTO que los jóvenes no podían comprender.
Después de la guerra, la educación cambió mucho. Además, era muy desconcertante para nosotros, su movimiento era cada vez diferente, no mostraba dos veces la misma forma y realmente detestaba sólo transmitir formas. Con la idea de entender a OSensei, intenté pasar por la misma experiencia que él tuvo, hice purificación MISOGI y aprendí de tres diferentes maestros que casi dieron una nueva traducción a sus explicaciones. Tanaka Bansen estaba muy cerca de sus conceptos religiosos y de su vivido interés en el Kotodama. Otro gran traductor fue Koichi Tohei (Ki no Kenkyukai), quién explicaba el Aiki desde un punto de vista del Kl, y también Morihiro Saito (Iwama), que insistía obstinadamente en la dura práctica básica y armas en las que OSensei siempre hacía hincapié.
C.N.: ¿Por qué abandonó Japón?
T.S.S.: Yo vine a Occidente para comprender la cultura oriental desde la distancia, desde el exterior, viviendo en Bruselas, la capital de la UE. Dicen que hay que irse al extranjero para tener noticias de casa. Quedándome en Japón, elegiría la comodidad de la evidencia y allí no pensaría mucho en ello.
C.N.: ¿Qué sentido tiene una escuela en los tiempos de las grandes organizaciones de Aikido?
T.S.S.: El número de alumnos a los que puede llegar la enseñanza es limitado. OSensei enseñaba a pequeños grupos en privado, una tradición del Budo. En un hipermercado se pueden encontrar muchos artículos, pero si se quieren encontrar realmente productos de calidad hay que ir a una tienda especializada. Cada uno es libre de elegir. Debes de encontrar un maestro con el que congenies, si no lamentarás el tiempo que has perdido. Todavía hay algunos maestros adecuados.
C.N.: ¿Qué diferencia existe entre profesor y alumno?
T.S.S.: La actitud es importante para ambos, como el filo del sable. Un buen sable necesita una buena piedra de afilar. El maestro debe tener buenos alumnos y estos un buen maestro. Enseñar es aprender.
C.N.: ¿Cómo ve Vd. la evolución del Aikido en estos momentos?
T.S.S.: Existen muchos puntos de vista, algunos más psicológicos y otros solamente físicos. En el peor caso, se llega a convertir en una danza irreal, solamente idealista. El Aikido se desarrolla por diferentes caminos. Pero, como en la historia de los ciegos y el elefante, lo que necesitamos es atrapar la esencia, una visión global, en directa intuición. La corriente principal del Aikido se basa en el segundo Doshu, KISHOMARU SENSEI, que lo tradujo para las nuevas generaciones y popularizó el Aikido. Pero parece que el sabor de la época de OSensei se está perdiendo cada vez más. ¿La política?, el Aikido es más "armonizar", sin embargo otros piensan en "controlar". Las asociaciones deben favorecer las condiciones para un buen entrenamiento, no para la política.

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Los seis ciegos y el elefante ( cuento popular)

Nuestra verdad es solo la porción de realidad que percibimos.-



En la Antigüedad, vivían seis hombres ciegos que pasaban las horas compitiendo entre ellos para ver quién era el más sabio. Exponían sus saberes y luego decidían entre todos quién era el más convincente.

Un día, discutiendo acerca de la forma exacta de un elefante, no conseguían ponerse de acuerdo. Como ninguno de ellos había tocado nunca uno, decidieron salir al día siguiente a la busca de un ejemplar, y así salir de dudas.

Puestos en fila, con las manos en los hombros de quien les precedía, emprendieron la marcha enfilando la senda que se adentraba en la selva. Pronto se dieron cuenta que estaban al lado de un gran elefante. Llenos de alegría, los seis sabios ciegos se felicitaron por su suerte. Finalmente podrían resolver el dilema.

El más decidido, se abalanzó sobre el elefante con gran ilusión por tocarlo. Sin embargo, las prisas hicieron tropezar y caer de bruces contra el costado del animal. “El elefante  –exclamó– es como una pared de barro secada al sol”.

El segundo avanzó con más precaución. Con las manos extendidas fue a dar con los colmillos. “¡Sin duda la forma de este animal es como la de una lanza!”.

Entonces avanzó el tercer ciego justo cuando el elefante se giró hacía él. El ciego agarró la trompa y la resiguió de arriba a abajo, notando su forma y movimiento. “Escuchad, este elefante es como una larga serpiente”.

Era el turno del cuarto sabio, que se acercó por detrás y recibió un suave golpe con la cola del animal, que se movía para asustar a los insectos. El sabio agarró la cola y la resiguió con las manos. No tuvo dudas, “Es igual a una vieja cuerda” exclamo.

El quinto de los sabios se encontró con la oreja y dijo: “Ninguno de vosotros ha acertado en su forma. El elefante es más bien como un gran abanico plano”.

El sexto sabio que era el más viejo, se encaminó hacia el animal con lentitud, encorvado, apoyándose en un bastón. De tan doblado que estaba por la edad, pasó por debajo de la barriga del elefante y tropezó con una de sus gruesas patas. “¡Escuchad! Lo estoy tocando ahora mismo y os aseguro que el elefante tiene la misma forma que el tronco de una gran palmera”.


Satisfecha así su curiosidad, volvieron a darse las manos y tomaron otra vez la senda que les conducía a su casa. Sentados de nuevo bajo la palmera que les ofrecía sombra retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante. Todos habían experimentado por ellos mismos cuál era la forma verdadera y creían que los demás estaban equivocados.


martes, 16 de septiembre de 2014

El Hara, fuerza existencial...

El Hara, fuerza existencial...

Extraído de "Hara, Centro Vital del Hombre"
Autor K. G. Dürckheim.




Desde el principio hasta el final de la vida, al hombre le preocupa su permanencia en este mundo.

Quiere mantenerse y preservarse, lo que se traduce por un constante afán de seguridad y de estabilidad. Ha de poder, tanto afirmarse e imponerse, como defenderse. Si ha perdido el contacto con el SER supranatural encarnado en un Ser esencial, o si no lo ha reencontrado aún, necesita contar únicamente con el mundo en el que vive, y con las facultades de las que el Yo dispone, para tener la vida en sus manos.

Pero el hombre que dispone de Hara, no se fía únicamente del mundo, ni lo apoya todo en las fuerzas del Yo. Vive una doble experiencia: ha comprendido, primero que las fuerzas centradas en el Yo y dirigidas por éste, al igual que la conciencia que él tiene de sí mismo, toman su verdadero origen en otra parte, y no en el Yo y, luego, que el hombre que se repliega en el terreno del Yo es, en el fondo, débil e inestable. Está bloqueado el surgimiento de una fuerza mas profunda. Quien dispone de Hara se sirve, sin duda alguna, de todas las fuerzas naturales del Yo, pero ha aprendido a no apoyarse únicamente en ellas, y a preservar su nexo con la otra "dimensión", aquella de donde le vienen las fuerzas que no dependen de las circunstancias, aquéllas que dan libre curso a las fuerzas naturales, incluso sobrepasándolas.

El hombre que dispone de Hara, "está ahí" bien derecho. No es fácil hacer que se tambalee ni que cambie de opinión (...) Aquel que domina la practica del Hara es también menos fatigable. Puesto que siempre logra recuperar el nexo con su centro, le es posible en todo momento abrirse a la segura fuente de las fuerzas que le renuevan (...)

El maestro de tiro con arco Kenran Umeji tenía por costumbre invitar a sus alumnos a tocar los músculos de sus brazos cuando tensaba el arco, cosa que no lograba nadie sino él. Sus alumnos podían entonces comprobar que sus músculos estaban perfectamente distendidos.
Si cualquiera de ellos expresaba su sorpresa a este respecto, el maestro se echaba a reír diciendo: "El principiante es el único que trata de tensar el arco con su fuerza muscular; yo lo hago simplemente con Ki ". Ki, o sea, con la fuerza universal, de la que participamos en nuestro Ser esencial. Con el Hara hay que aprender a sentirla, y a dejarla venir, al contrario de como se hace con la fuerza movida por la voluntad, la fuerza del "hacer".
El hombre que está en el Hara sabe también esperar. Cualquiera que sea la situación en la que se encuentre, da muestras de paciencia y siempre tiene tiempo. Puede observar con calma, sin sentirse obligado a intervenir si algo le desagrada. Cuanto más haya avanzado en la práctica del Hara, habiendo aprendido a conocer esta fuerza que le confiere calma y paciencia, toma antes conciencia de aquellos momentos en que deja el centro "justo", cayendo bajo el influjo del Yo egocéntrico. Y, con naturalidad, y sin quererlo, recupera el centro.

El hombre que dispone de Hara, está en calma. También el Hara ejerce una virtud curativa con respecto al nerviosismo, bajo cualquier forma que se presente. Desaparece la agitación, y los ligeros movimientos involuntarios. Se podría decir que en el cuerpo se produce un reconciliación, una paz interior que no es sinónimo de falta de vida, sino expresión de una fuerza concentrada en el centro vital, fuente de seguridad, y una armonía a la vez viva, "vibrante" y apacible, de ese todo que es el hombre.

Quienes no disponen del Hara, pierden fácilmente la forma. Enseguida montan en cólera, son de salud frágil, y ante la adversidad, pierden pronto su porte. Por el contrario, en aquel que está en el Hara, los motivos de irritación no le prenden, o bien dan paso a una enérgica reacción que es testimonio de la fuerza que le confiere el Hara.


martes, 28 de enero de 2014

Ki Musubi, Principio de Aikido

KI MUSUBI, PRINCIPIO DE AIKIDO

Por: Yasunari Kitaura
Gernika, Abril de 1994




Aikido, creado por Morihei Ueshiba (1883-1969), es, como se conoce hoy universalmente, una de las artes marciales modernas más sobresalientes del Japón, y su fundación es algo posterior a la ceración de Judo por Jigoro Kano, mucho más ampliamente conocido difundido que Aikido. Jirogo Kano admiró realmente el arte de su colega más joven, Morihei Ueshiba, hasta llegar a decir que "esto es lo que verdaderamente encarna el espíritu de Judo como yo lo concibo".
Junto con Judo, pero en otro sentido que éste, Aikido ciertamente encarna la esencia del verdadero Budo (las artes marciales) del Japón. A diferencia de Judo, que incorporando el sistema de competición prevaleciente en los deportes occidentales se convirtió en una de las pruebas olímpicas, Aikido no adopta este sistema perseverante en aquella forma tradicional de práctica, que lo aventaja, al menos, en los dos puntos siguientes: el poder conservar la pureza formal y, sobre todo, el poder concentrarse en la esencia, el sentido interior, que es nuestro verdadero tema que ante el interés por la victoria a toda costa podría alterarse, marginarse o eliminarse.
Pero, no es únicamente en su forma de entrenamiento Lo que Aikido conserva de la tradición autóctona, ni mucho menos. A Medida que se acumulan nuestras experiencias y se enriquece nuestro conocimiento, quedamos cada vez más maravillados por lo profundo que es el enraizamiento de Aikido en la tradición de Budo y de la cultura en general de nuestro país, no sólo en su aspecto formal y técnico, sino también en el teórico-filosófico y la cosmovisión que lo sustenta. Nos damos cuenta de que lo que fundamenta cada detalle de subsistema técnico y de su modo de desenvolverse no es sino, en lo principal, lo que caracteriza la técnica tradicional de la espada japonesa. A pesar de esto, no obstante, Aikido ha superado admirablemente toda esta tradición al mismo tiempo. Y esto es cierto, más que en ningún otro aspecto, en lo que respecta a su contenido, su espíritu. Aikido no abandona, como su modalidad, la forma de combate: es un arte marcial, es una disciplina de Budo. Sin embargo, no es, en su esencia, un simple arte marcial. Conservando rigurosamente su forma, su disciplina marcial, se ha transformado desde dentro en algo nuevo, diferente. ¿Qué quiere decir esto?.
En Aikido existe un importante aspecto del que carece cualquiera de las artes marciales tradicionales que constituyeron sus fuentes, así como de las modernas, practicadas hoy en el mundo entero (Judo, kárate, Kendo, etc.): es lo que constituye su principio, aiki, armonizar o, más explícitamente, unificar ki (=energía mental y física). El mismo principio es llamado también -y más técnicamente-kimusubi, que he preferido utilizar en esta charla. En comparación con este último termino, la palabra aiki tiene un significado más amplio y filosófico. Pero, ambos términos son aproximadamente sinónimos. El pensamiento y práctica de resolver el conflicto por medio de unificar ki, y no oponiéndolo, es lo que caracteriza fundamentalmente esta disciplina y la distingue de las demás. En lugar de querer aplastar al rival con una fuerza y técnica superiores, trata de unificar el propio ki con el del otro, estableciendo un vínculo directo entre el propio centro vital, hara, y el del otro y así reducir la inicial dualidad a una unidad--- este procedimiento singular llamamos kimusubi, el establecer el nudo o unión de ki. Esto, sin embargo, tiene un contenido y proceso muy concreto, real, y, por lo tanto, no tiene nada común con una vaga metafísica soñadora con un romanticismo sentimental o, menos aún, con una hechicería. La realización de este principio, su concreto desarrollo constituye precisamente el sistema técnico rigurosamente elaborado de Aikido, que nos fascina por su eficacia, riqueza, elegancia, pureza y coherencia. Consideramos que Aikido pertenece a aquellas pocas actividades humanas que son rigurosamente gobernadas por sus propios principios de proyección universal. Su asimilación aceptable requiere, por supuesto, una práctica asidua y prolongada según el método correcto.
Kimusubi, establecer la unión de ki, significa que, previendo una fracción de segundo antes del ataque del otro, uno trata de armonizar con él en lugar de oponerse contra él. No luchar, ni contener. Por no contender, no solamente no choca con el otro, ni lo daña, sino, al contrario, dócilmente se le adapta y le sigue. Es decir, en este momento desaparece o muere el propio yo, por decirlo así. Sin embargo, en realidad el sujeto que ejecuta esta acción a primera vista completamente pasiva de obedecer a la intención del otro, no es sino el propio yo (el centro vital), firme y decidido del atacado. De modo que éste, por medio de obedecer con docilidad a la energía dirigida del atacante se convierte en el núcleo dinámico obedecer con docilidad a la energía dirigida del atacante se convierte en el núcleo dinámico del conjunto. El que domina ahora la situación con absoluto señorío es el atacado. El fenómeno llamado combate, esta especie de vida sumamente activa, gira en torno a él. Pero, su naturaleza se ha transformado; ya no encierra en su entraña aquella pugna hostil. Al contrario, todo emana con serenidad desde el centro. El caos agitado desaparece, y nace un nuevo cosmos armónico.
Esta inversión de la situación no se produce por primera vez al final del proceso, sino al comienzo del proceso, al instante mismo del contacto entre los dos. En realidad, incluso cabe decir que ella se produce "antes del combate", anterior a todo proceso combativo que se desencadena en el espacio-tiempo real. Esto es real en el caso, de un auténtico experto. Pero, muchas veces en la mano de un inexperto cae en una fantasía sin fundamento. Por tanto conviene elaborarlo paso a paso en un estudio concreto. Un tipo de ataque hoy poco habitual como apretar la muñeca del otro (antaño tuvo sin duda su mayor sentido práctico cuando los hombres llevaban armas blancas), pero que en Aikido forma parte de uno de los ejercicios básicos, ofrece un medio excelente para este motivo. Aquí no podemos entrar en detalle, pero una respuesta correcta a este ataque hace que la fuerza agresora quede completamente integrada en la estructura dinámica del agredido centrada en su hara, el centro vital suyo situado en el abdomen inferior. Mediante ejercicios sumamente simples uno puede experimentar el proceso con palpable claridad. Dentro de la estructura dinámica total o, según la expresión más usada de Aikido, dentro de la corriente global de ki, la parte apretada se convierte en el conducto del ki que fluye: el ki del atacante y el otro del atacado que sale del propio centro. Un principiante comienza por aprender, junto con la respiración regulada, a crear la firmeza en su centro al mismo tiempo que relajarse en el resto (los hombros, codos, etc.) con el fin de no obstruir sino dejar fluir libremente su ki, con naturalidad. Aquí se ve con claridad el sutil cambio producido en el carácter del combate.

Más que en cómo liberarse de una agresión, su interés se centra en cómo recuperar y procurar mantener la unidad de ki, que hay que dejar fluir y expandirse libremente. La mente, la respiración y el movimiento corporal se asimilan y se hacen uno. El centro de atención claramente se desplaza hacia otro lado que el puramente físico y material sin que se desconecte de él. La acción ya no es un mero ejercicio físico, sino psíquico o espiritual ya que requiere una mayor concentración y lucidez mental. Sin dejar de ser una actividad intensamente física, la de Aikido adquiere un carácter netamente distinto por ser vista y tratada desde dentro, como un fenómeno energético fluido, como un fenómeno de ki, que, por su naturaleza está más cerca a nuestra mente que nuestro cuerpo y que, por tanto se identifica, en cierto modo, con nuestro ánimo, pensamiento y voluntad, considerados como una fuerza real. Siendo una actividad corporal, Aikido se hace paradójicamente incorpóreo en este sentido. Una preponderancia física queda reducida a segundo término. Un principiante tiene que atravesar una etapa relativamente larga antes de adquirir este sentido de trabajar con ki y no con una fuerza muscular. En Aikido no tratamos nuestro cuerpo como una determinada masa con un determinado peso ---una de las razones de no acogerse en Aikido al sistema de pesos diferenciados adoptado en otros deportes---, sino como un flujo dinámico, como una vida misma en su estado vivo y activo en su espacio, en su ambiente, donde se encuentran también otras vidas activas. Visto así, un combate se presenta como un esfuerzo de organizar su propia vida en medio de otros flujos vitales v dinámicos. El espaciol leno de flujo vital, y el yo que es otro flujo vital, ---la relación de combate se reduce, desde el punto de vista del sujeto interesado a este esquema esencial. Por consiguiente, el dualismo, a primera vista irreductible, se reducea una actividad o vida fundamentalmente autónoma, en la que participan, cada uno a su manera, todos los demás. Lo dicho acerca de una cogida de mano, se aplica exactamente también a otros tipos de ataque como por ejemplo, un golpe de espada. El cambio que se produce entre las dos formas de ataque, a primera vista grande, se reduce al mínimo cuando son observados ambos fenómenos como un flujo de ki. Su paso no es discontinuo, sino continuo y gradual.

Como acabamos de ver, si una acción llamada combate está gobernada desde el principio hasta el fin y en cada instante de todo su proceso por el principio llamado kimusubi, unión de ki, se comprende con facilidad que ya no se trata de la superioridad física o técnica lo que realmente cuenta aquí, entendiendo por "técnica" en sentido usual, o sea, una habilidad mecánica. Para afrontar una puñalada, por ejemplo, nuestro problema real no consiste tanto en elaborar una destreza técnica para evitarla ---en este caso nunca se establece la unión de ki, como en lograr establecer el kimusubi con este flujo energético. Es una cuestión de percepción y entendimiento a la vez que de captación y comunicación en un nivel más profundo que en los planos meramente físico, psicológico e intelectual. Es una captación radical. Y el cuerpo bien entrenado responde de forma natural y espontánea a esta captación. Como hemos visto, la atención de un practicante de aikido se dirige, más que hacia fuera, hacia dentro de sí mismo. Pero, con el fin de evitar un malentendido conviene insistir que él no ignora en modo alguno de la seriedad de su situación real de estar frente a un enemigo que le ataca. Pero, lo capta desde dentro, desde su núcleo, su raíz, lo capta radicalmente. Su captación es esencial, no meramente física o superficial. Y, por otra parte, para realizar esta captación esencial y radical, él mismo tiene que partir de su propia raíz, de su profundidad. Tiene que actuar de forma esencial y radical, de tal manera que antes debe sumergirse en sí mismo hasta llegara su estrato más profundo y encontrar allí su último reducto inherente para poder desarrollar su acción contundente. Una captación radical es únicamente realizable desde este centro. En realidad, al descender hasta aquí, no sólo encuentra su propia fuente de acción, sino también la del otro. Ambas se encuentran aquí unidas. Un mínimo síntoma de cambio en la acción del contrincante se detecta, por tanto, con transparencia e inmediatez. Y esto no es sino el sentido de kimusubi.
Una de las actividades más sangrientas y, por tanto, más reales en el sentido físico y vital como un combate (no nos referimos a una competición deportiva con sus reglamentos, sino a un duelo) se interioriza profundamente de esta manera. Sin embargo, la interiorización se distingue fundamentalmente de una meditación o una oración o un pensamiento filosófico por permanecer en medio de una acción violenta llamada combate. Pertenece, pues, francamente más a la vida activa que a la contemplativa. Comprendemos, sin embargo, al mismo tiempo, que esta acción misma se ha convertido en una especie de meditación en algo que nos cuesta distinguir de ella. Y de esta manera el combate se ha superado paradójicamente a sí mismo. El Budo ha dejado de ser un acto salvaje y destructor, y se ha hecho creativo y espiritual. Morihei Ueshiba llamó a este Budo creativo "Takemusuaiki'. La vida activa se ha hecho a la vez contemplativa.
Una vez comprendida esta actitud básica que constituye el principio de Aikido, se comprende al mismo tiempo que ella ya no se restringe a una relación de contienda entre un individuo y otro o entre uno y múltiples. Trasciende a este nivel en cierto modo trivial, y alcanza una dimensión más importante y general. Pues, lo que es válido en un combate individual lo es también en una relación establecida entre un individuo y el conjunto de su mundo circundante, esto es, la Naturaleza, el Universo. Aquella misma actitud requerida en un combate define igualmente la vida de un hombre ante y en su mundo. El problema es, pues, esencialmente del hombre que se encuentra en su mundo. No la esclavitud o perdición, sino la libertad y plenitud del hombre, por un lado, y su situación armónica en su circunstancia, por otro; éstas son dos premisas que a menudo se contradicen y nos plantean problemas de difícil solución. Pero, la libertad y plenitud del hombre es únicamente posible cuando su situación en su circunstancia sea armónica; o sea, la última premisa es la premisa de la primera. Y el desarrollo saludable de la circunstancia o del ámbito humano y natural es la premisa de todo lo demás. En definitiva, el proteger y alentar la vida en su ambiente idóneo, en sentido amplio y elevado al mismo tiempo, es lo que se puede considerar la tarea del hombre más necesaria y urgente en este momento. Y esta tarea es justamente la que consideró suya también el creador de Aikido Morihei Ueshiba.
Pero, desde el punto de vista filosófico o epistemológico, Aikido nos ofrece una sugerencia sumamente interesante para resolver un problema serio y difícil: llenar el abismo y realizar una unificación entre el sujeto y el objeto o entre el yo y el mundo exterior sin acudir a recursos falsos como una "proyección subjetiva". Es un intento atrevido, a primera vista irrealizable, de encontrar una unidad íntima y radical entre el yo y el otro, reconociendo y respetando clara y rigurosamente su objetividad. ¡Y Aikido lo consigue con una ingenuidad y sencillez asombrosas!.


sábado, 30 de noviembre de 2013

El Arte del Aikido


EL ARTE DEL AIKIDO

 

Tomado de http://eb-entrevista.blogspot.com/2009/11/el-arte-del-aikido.html

 

 


 

Licenciado por la Universidad de Waseda en Tokio y doctor por la Universidad Complutense de Madrid, Kitaura es un historiador del Arte con especial atracción por la vida y obra de El Greco. El haber sido discípulo directo de Morihei Ueshiba y de su hijo Kisshomaru le convierte en uno de los maestros con más historia y carisma dentro del mundo del Aikido actual y fiel representante y guardian del Aikikai en España donde viene impartiendo su idea de un Budo basado en el Ki y la unificación desde el año 1967. Su visita a Gran Canaria nos ha permitido entrevistarlo.

E.B .Aunque se comprende la dificultad de buscar una definición corta de un Arte Marcial como el Aikido, ¿podría explicarnos en qué consiste su práctica?.

Y.K. El Aikido se debe interpretar como una acción corporal generada por la respiración no corporal del ki. Dos cuerpos nunca pueden ocupar el mismo espacio. Si un sólido pretende ocupar el mismo lugar de otro se entra en conflicto y en este sentido no puede existir la unificación ni la armonía. Para evitar este enfrentamiento uno de los dos debe generar un vacío para que el otro, que empuja, lo ocupe. Este hecho nos crea una contradicción: si cogemos un objeto con nuestra mano entramos en una dualidad, podríamos decir “esto nos pertenece”, aún sabiendo que no forma parte de nosotros. En la medida en que apretamos reafirmamos esa separación, tomamos consciencia de que lo que tenemos en nuestro interior es diferente a nosotros.

Nuestra mente reacciona con este mismo criterio ya que nos reafirmamos en la misma medida que reconocemos nuestra diferencia. Podemos unirnos a los demás en el plano emocional o ideológico, dos amantes o dos jugadores del mismo equipo que se abrazan después del triunfo, pero esta relación sigue siendo irreal, ambos continúan siendo dos personas con un sentimiento de unión. Esto es aún más drástico en el plano visual donde sí percibimos una evidente separación con lo que nos rodea así como la distancia que nos aleja. Para vencer esta dualidad el Aikido emplea el Ki como elemento de unificación. Yo soy Ki y tu eres Ki y en este sentido sí formamos parte del mismo todo rompiendo las barreras físicas. Conseguimos entonces una “respiración de Ki unificado” que podemos trabajar de una forma muy precisa. Gracias a este concepto podemos superar la distancia física que nos separa de nuestro entorno. Sin duda estamos hablando del concepto de integración con todo el universo proclamado por Ueshiba y de trabajar el Aikido con esta intención.

Hoy día compartimos un mundo mucho más complejo y extenso del vivido por Ueshiba, nuestra vida se ha complicado y hablar en esta época de unificación con el universo es muy difícil. Aún así esta idea sigue vigente y a través del Aikido debemos continuar buscando la unión entre el Hara, como centro del ser, y el Ki. Si te cogen la mano no debes establecer simplemente un contacto físico y dual sino una comunicación en ambas direcciones, cualquier ataque o acción, cualquier técnica, hay que elaborarla en este sentido, dirigiendo y conectando ambos centros. Las sensaciones que solemos experimentar en nuestra práctica son difíciles de entender fuera de ella, en nuestra vida y relaciones cotidianas. Tenemos que aceptar plenamente al otro y no culminar una técnica sin antes haber unificado nuestro centro con el del compañero, si no partimos de esta base sólo estaremos subrayando el yo. Hay que distinguir claramente entre potenciar el Hara o potenciar el yo. En definitiva, creo que debemos heredar esos valores dejados por el fundador del Aikido.

“Debemos huir del peligro de intelectualizar el arte y así olvidarnos de su verdadero contenido”

E.B. Lejos de heredar esos valores, ¿no se está convirtiendo el Aikido en una coreografía donde la importancia de la forma y la obsesión por la perfección de la técnica restan tiempo y dedicación en el dojo a la práctica de principios fundamentales de este arte?

Y.K. Los detalles aislados son difícilmente inteligibles por eso la práctica tiene realmente sentido sólo cuando entendemos su principio, su verdadero significado. No se trata de repetir hasta la saciedad una serie de clichés y en determinado momento sentirte ya un gran maestro. La obsesión por acumular experiencias y conocimientos a base de repetición puede llevarnos a la creación de hábitos y muchas veces a una concepción errónea imposible de superar. Desde luego que es importante la práctica pero manteniéndose alerta para no generar hábitos. Cualquier acto humano debe ir encaminado a entender lo que se hace, evitando así caer en actitudes pedantes centradas en la forma y no en el fondo. Debemos huir del peligro de intelectualizar el arte olvidándonos de su verdadero contenido. Creo que la discreción y una actitud básica de modestia deben acompañarnos en cualquier actividad.

“Hay que distinguir entre potenciar el hara y potenciar el ego”

E.B. Posiblemente sea esta el Arte Marcial con más escisiones y enfrentamientos. Todos los días parecen surgir en todo el mundo nuevas asociaciones, federaciones o grupos que se arrogan la representación real de las ideas defendidas por Ueshiba o maestros que gracias a unos ukes maravillosos consiguen, con cada movimiento, retar la ley de la gravedad. En definitiva, la exaltación del ego se ha convertido en un mal habitual de muchos de los actuales instructores de este Budo. ¿Qué consecuencias puede tener esta constante diversificación en una actividad que nace y se basa en criterios de armonía y unificación?.

Y.K. Antiguamente el alumno abandonaba la pretensión de entender y comenzaba su labor desde la humildad, limpiando el suelo o haciendo labores para el dojo para al cabo de muchos años comenzar a asimilar el verdadero conocimiento de esa forma se lograba conectar con los auténticos principios del Aikido, dejando a un lado cualquier tentación de alimentar el ego. Hoy día el proceso de aprendizaje no sigue estas pautas y el abandono de la modestia y la humildad en la práctica puede traer consecuencias.

El nombre del Aikido abarca toda esta diversidad al igual que un campo lleno de flores diferentes que florecen en distintos momentos cada una a su manera, pero ¿Dónde está el verdadero Aikido?. Para que el arte se mantenga con vida en el futuro este estado no debe eternizarse, muchos valores que hoy alimentan las ilusiones de los aikidokas probablemente no tengan nada que ver con el origen de esta disciplina tal y como puede ser la necesidad de practicar formas de control sobre otras personas. Ese instinto primitivo de dominio que experimentamos a través de técnicas como sankyo o nikyo, de alguna forma satisface sólo a nuestro ego por lo que pensar únicamente en ello reduce al mínimo los valores reales del Aikido. Hay que tener especial cuidado con esta forma de enaltecer el ego. Las sensaciones que solemos experimentar en nuestra práctica son difíciles de entender fuera de ella, en nuestra vida y relaciones cotidianas.

Por otro lado, aunque este hecho separador se pueda entender como algo negativo, si funciona bien puede llegar a valorarse positivamente. Esa diversidad o ese egocentrismo es, como en el mundo del arte, una manifestación donde cada individuo puede expresarse a través de la creación. Gracias a este proceso diversificador la forma ya no es simplemente una copia o cliché de la de nuestro maestro sino que se va enriqueciendo cada vez más con la transmisión del conocimiento. Lo que sucede es que a veces las variaciones son mínimas y, lo que es peor, a veces nos dedicamos a transmitir y acrecentar errores aprendidos haciendo que el camino se transforme de nuevo en una gran exaltación del ego debilitando los verdaderos principios de este budo y convirtiéndolo finalmente en una especie de chapuza fantástica.

No nos olvidemos que la experiencia acumulada, cuando es errónea, crea un hábito muy difícil de erradicar. Hay que dejar madurar al Aikido y que de esta forma llegue a expresar su propia personalidad, su propio estilo. Entendido de forma correcta y positiva, este arte debe ser la manifestación de la persona, integrada en una raíz común y originada en el mensaje de Ueshiba. Para que esto sea así, cada enseñanza, cada maestro, cada alumno debe incidir en aquello que les une, que les comunica. Una indagación constante que no deja de estar en manos de cada practicante.

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