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viernes, 29 de junio de 2018

Los grados

Los grados

Por Nobuyoshi Tamura
Tomado del libro Aikido. Etiqueta y transmisión


Historia

El dan () de los grados de judo o de aikido se escribe con un carácter que significa grado, escalón.

Una escalera se sube o se baja escalón por escalón, no es posible franquearla de una sola vez como por medio de una escalera mecánica o un ascensor.

La palabra dan contiene la idea de separación e indica el método necesario para conseguir una meta. A mi entender por eso se eligió esa palabra para designar los grados. En resumen, la aparición de este sistema de grados en el mundo del budō es reciente.

Kano Jigoro, el fundador del judo, lo instauró durante la era Meiji (1868-1912). En los bujutsu anteriores, los títulos de los grados que existían eran los inka, menyo, etc. Estos sistemas siguen sobreviviendo en los bujutsu y en el budō clásico (kobudo), que aún se practican hoy en día. Este sistema comprende las siguientes clasificaciones:

-Shoden
-Chuden
-Okuden
-Menkyo kaiden
-Mokuroku, inka

(certificados o títulos otorgados por escuelas tradicionales que equivalen a menkyo kaiden). Este sistema asegura la transmisión de los secretos de este arte a los discípulos.

Shoden: transmisión inicial, lo que se transmite para comenzar.
Chuden: transmisión media que asegura que se ha recorrido la mitad del camino.
Okuden: Transmisión profunda de las enseñanzas esenciales en el sentido oculto, es decir, okugi, higi.
Menkyo kaiden: certificado y titulo de aquel a quien se le han transmitido todos los secretos sin reserva alguna.

El que ha recibido el Menkyo kaiden puede ser llamado para suceder al maestro o para fundar una rama de la escuela enseñada por su maestro.
Los sistemas inka o menkyo kaiden (certificado de transmisión) o los dan están ligados de forma indisoluble a los métodos de enseñanza.

El sistema progresivo de los certificados de transmisión que conduce de las técnicas simples a las técnicas complicadas puede parecer perfectamente lógico. Sólo hay que cambiar de punto de vista y verlo desde la perspectiva del bujutsu, que decide sobre la vida o la muerte.

A pesar de que se hable de discípulo y que dentro de la medida o en el seno de este sistema esté en juego su personalidad, será obvio que por prudencia el maestro no habrá enseñado de una sola vez ni todas las técnicas ni todo su contenido.

A lo largo de los años de enseñanza, el maestro puede observar la técnica, la actitud y los actos de su alumno. Entonces puede otorgar un diploma con pleno conocimiento de causa a quien se lo merezca (okugi, inka, menyo kaiden).

Habría que reflexionar sobre el hecho de que kuden (la transmisión oral), i’shi-soden (la transmisión a un solo hijo) así como la prohibición de aceptar o provocar desafíos entre escuelas antes de obtener el menkyo kaiden, parece indicar que la enseñanza no era transmitida en su integridad.

Ahora bien, el budō moderno es el fruto de una época de paz, lo que explica que tienda más hacia una evolución espiritual y física que hacia la perfección de las técnicas. Desde el principio del estudio se desvela la totalidad de las técnicas, nada cambia en las técnicas en sí, sólo la ejecución evoluciona a la vez que el ejecutante gana en precisión y se transforma. La progresión está estructurada de manera que el cuerpo y el espíritu evolucionan de forma conjunta. Los grados dan son los hitos de esta evolución.

Antes de la guerra y hasta el final de la segunda guerra mundial, la universidad de los budō japoneses, el Butokukai otorgaba los grados y los títulos de enseñanza. Los títulos son renshi, kyoshi y hanshi. Los grados van del 1º al 10º dan.

Merece la pena pararse a ver lo que representa el hanshi:

*Un grado mínimo de 5º dan, una vida correcta y un gran conocimiento del budō son las condiciones necesarias para optar al título kyoshi.
Al cabo de siete años y pasada la edad de los sesenta, se puede pretender alcanzar el siguiente nivel: el de hanshi.
**Entonces el conocimiento de la técnica ha alcanzado la perfección. El practicante, además, por el ejemplo que da de una conducta social irreprochable es un modelo para los demás.
***El resultado de las acciones emprendidas a favor del budō se manifiesta a todos los niveles. El título de hanshi, por lo tanto, pone de manifiesto la conjunción de los siguientes elementos: técnica, corazón, espíritu de contribución a la causa de su disciplina.

Dentro del marco del sistema de grados, kyu-dan, cada uno ha de encontrar su lugar con respecto al sistema de títulos de enseñanza. La justificación de este sistema de grados es el hecho de ayudar a evaluar el nivel de trabajo de cada uno y de comprender su finalidad.

Igual que los escalones de una escalera, los grados deben franquearse uno a uno con una voluntad inagotable de progreso. Hoy en día, en Japón se atribuyen los grados en función de los tres siguientes puntos:

-Técnica.
-Personalidad y realización.
-Lo que el practicante por contrapartida aporta a su arte.

Incluso si la técnica es excelente, un practicante cuya vida diaria sea desordenada o cuyo carácter sea inestable no accederá a los grados más elevados.

Al contrario, a un practicante que lleve mucho tiempo cuya técnica pueda dejar que desear pero que ponga de manifiesto grandes cualidades y que haya prestado grandes servicios a su disciplina se le podrá otorgar un grado elevado, ya sea a título ordinario o a título honorífico.

A pesar de que los grados honoríficos pueden ser atribuidos sin mención particular, hay que pensar que el receptor no cometerá el error de tomarlos por otra cosa de lo que son.

Hoy en día, en algunos países como Francia, los grados se atribuyen en el ámbito nacional. No obstante, es corriente que cada escuela, federación, organización o director de escuela distribuya sus propios grados.

En la actualidad, el Aikikai vuelve a la antigua tradición y no concede grados superiores al 8vo dan a practicantes en vida. Es importante recordar que los niveles indicados corresponden a requisitos mínimos de conocimientos, y que no basta con disponer de un conocimiento aproximado de ese mínimo para reivindicar el derecho a un grado.

(…)

Actitud durante los pases de grado

Es evidente que de entrada la actitud durante un pase de grado ha de ser enseñada por los profesores. La única razón de ser de los exámenes de kyu o de dan en aikido es poder medir los progresos técnicos y el nivel mental adquirido en un arte donde no existe competición.

Lo que importa, por lo tanto, es poder manifestar por completo los resultados de la práctica diaria en el sentido de la unidad del ki, el corazón (kokoro), el cuerpo y la técnica. Durante el examen las técnicas se encadenan con rapidez, precisión y potencia: la potencia del cuerpo debe expresarse sin interrupción, tanto en firmeza como en resistencia.

La calma y la intrepidez del corazón deben animar la ejecución técnica con una precisión meticulosa. Sin miedo, sin vacilación, sin altanería, cada gesto debe realizarse con la participación total del cuerpo y el espíritu. Desde esta perspectiva, es conveniente orientar la práctica diaria hacia esa intervención total, lo que nos permitirá durante los exámenes estar distendidos, relajados y mantener el gesto amplio sin dejarnos distraer por nada, sin ningún cambio con respecto al ejercicio ordinario. Hay que permanecer libre.

Corre la voz de que después de la proclamación de los exámenes, algunos se consideran perjudicados. ¡Esto es una conducta inconveniente e inconcebible que sería preferible poder pasar por alto!.

Si usted ha podido expresar los resultados de su práctica diaria de manera entera y completa, debe considerarse afortunado, incluso si ha sido suspendido en el examen.
Si ha aprobado el examen sin haber cumplido los requisitos que en última instancia juzgará usted mismo no debe sentirse orgulloso. Suspender y responsabilizar al examinador le sitúa en el nivel más bajo; ¡no espere llegar jamás a poder comprender algo relacionado con el Aikido si se empeña de esa manera!.

Pensar que el examinador es parcial simplemente demuestra que el corazón de usted es parcial. Debemos agradecer al examinador que le ha indicado los aspectos malos de su comportamiento, de su técnica, antes de estar resentido contra el examinador pensando que no entiende nada del Aikido. Y, si en un caso extremo, el examinador realmente no entiende nada…¿Cambiará eso un ápice su trabajo? Incluso si en ese momento no entiende las intenciones del examinador, llegará el momento en que comprenderá que gracias a esa derrota momentánea ha tenido que trabajar más y su técnica y su espíritu han progresado otro tanto.

Seguramente llegará agradecer a ese examinador que le habrá permitido evolucionar sin orgullo  y sin autosatisfacción. Creo que ese estado de ánimo es el que manifiesta el wa, la armonía y la paz, del que hablaba O Sensei.

La paz no sólo reside dentro de uno mismo, sólo puede puede existir a la vez “dentro” y “alrededor” de uno mismo.

El Aikido es una espada de dos filos: cuando se ha cortado al adversario en dos hay que saber que nos hemos cortado a nosotros mismos en dos.  Si dejamos vivir al adversario estamos salvados. Esto viene a significar que no debemos permitir que se genere esa dualidad adversario / yo. Tomemos como ejemplo un examinador totalmente parcial e injusto. Incluso un examinador de ese tipo, si está bajo ese encanto, no encontrará nada que censurar en un buen examen: con este estado de ánimo es con el que uno se debe presentar. Si a pesar de todo se suspende, no se deje abatir. Aproveche para mejorar sus defectos. Sea recto y digno sin estar resentido contra nadie y es posible que el examinador que lo haya suspendido sienta vergüenza. Si recibe un grado que no merece, sepa que sólo lo ha recibido para señalarle que toda posibilidad de evolución en lo sucesivo le está vetada. Por el contrario, el que se le deniegue un grado debe interpretarse como que se le está pidiendo realizar un trabajo más profundo para el que usted está capacitado.

Actitud del candidato que ha superado el examen de dan

 Todos somos felices cuando aprobamos un examen de dan. No obstante, ello no es razón para salir del dojo sin saludar o abrazarse en el tatami para felicitarse mutuamente, actitud que no se debe fomentar. Aprobar un grado o ganar una competición son dos actos de distinta naturaleza. Lo primero que hay que agradecer es al examinador, luego a su profesor y los sempais, y sólo a partir de entonces, se puede compartir la alegría con los amigos. En Francia, durante los primeros tiempos de mi estancia, los practicantes que acababan de superar el examen también ofrecían a sus profesores y amigos una pequeña fiesta en un bar y no se dudaba en descorchar una botella de champán. Incluso cuando yo era uchi-deshi, las personas de educación formal ofrecían al maestro, a sus sempai y a sus amigos aikidokas una cena de agradecimiento.

Por supuesto, para los jóvenes eso es un poco difícil de sufragar, pero ¿acaso es imposible ofrecer por lo menos el gesto de ofrecer, por ejemplo, un aperitivo para celebrar la ocasión?. Y si esto aún es pedir demasiado, en cualquier caso, por lo menos será posible de dar las gracias.

Es cierto que el hecho de haber conseguido superar un grado se debe al trabajo, los esfuerzos y aptitudes personales, pero no hay que olvidar la ayuda recibida por parte del profesor, los sempais y los ánimos dados por los compañeros de trabajo.


De ahí que se ha de educar a los alumnos en este sentido. Es aconsejable escuchar los comentarios sobre la actitud de uno mismo durante el examen y pedir la opinión del profesor y de los alumnos más antiguos para crearse una base de trabajo.

sábado, 17 de mayo de 2014

Ser cinturón negro en Aikido

Ser cinturón negro en Aikido


Tomado de Aikido Para Compartir (Facebook)



Todos, en alguna ocasión, hemos sido interpelados o simplemente nos hemos cuestionado que representa el conseguir o estar cerca de obtener el grado de Cinturón Negro. También es posible que alguien ajeno al círculo de las artes marciales pueda habernos preguntado qué grado poseemos al saber que practicamos un arte marcial y hemos recibido sus muestras de admiración cuando le indicamos que somos o vamos a conseguir en breve el grado de Cinturón Negro, o su equivalente en otra disciplina marcial.

Es importante tener presente, para abordar el tema de manera objetiva y no caer en fáciles tópicos y sugerentes romanticismos, que cuando llevamos un dilatado periodo de entrenamiento es fácil olvidarse del motivo inicial que nos generó el interés por la disciplina que practicamos, al ser víctimas de la práctica cotidiana y la rutina monótona, carente de la inspiración, que toda actividad artística debería poseer.
Con demasiada frecuencia se observa que no todos los que viajan en el mismo barco quieren remar hacia el mismo puerto.

Dentro de una clase tiene que haber una buena predisposición en unir los intereses particulares para transformarlos en algo genérico lo que propicia un ambiente de trabajo agradable, al tiempo que el instructor podrá dotar a su enseñanza de frescura y dinamismo.

Cuando somos interpelados por una persona que muestra interés por un arte marcial es posible que sus preguntas estén impregnadas por las influencias de los típicos productos cinematográficos que se suelen ofrecer sobre el tema, o como ocurrió hace poco tiempo por la funesta noticia de la muerte de un practicante de lucha sin reglas, en un combate ocurrido en unos campeonatos vinculados, malogradamente, a las artes marciales. Resulta sorprendente la facilidad con que los medios de comunicación hacen eco de las noticias que, vinculadas a las más diversas prácticas de unas mal llamadas artes marciales, que degradan al individuo a la mera condición de ser irracional en lucha por la supervivencia. Y sin embargo, nunca se difunden las artes marciales que favorecen y ayudan al desarrollo de las cualidades humanas en el practicante, para formarlo como un elemento útil para la sociedad. Docencia esta que un gran número de instructores se esfuerzan por transmitir con gran rigor en sus clases día tras día.

El gran desconocimiento del público en general, hace que la respuesta esperada por nuestro interlocutor sea la confirmación de su idea preconcebida, conforme un practicante marcial adquiere poderes capaces de efectuar proezas sobrehumanas, siempre enmarcadas en un contexto de violencia, sufrimiento y dolor más propias de un héroe de cómic que de una persona cultivando cualidades que sirvan de provecho a la sociedad. Cuando queremos darle una respuesta, muchas veces no somos capaces de explicar con palabras fácilmente comprensibles el verdadero sentido de nuestro propio arte marcial.

Centrándonos en el Aikido, cuando nos iniciamos en su práctica, esta nos reclama una entrega no solo física, sino también de predisposición mental. Cuando el futuro practicante decide inscribirse en un club donde se imparten clases de Aikido, los motivos que le impulsan pueden ser bien diferentes a los de otra persona. Desde los que quieren hacer un deporte, hasta los interesados en la defensa personal, los que buscan aprender a combatir, o por motivaciones espirituales o metafísicas, incluso por los contextos esotéricos de las prácticas, etc. Sin embargo al iniciarse en la práctica, en poco tiempo son absorbidos por la disciplina del tatami y la razón por la que empezaron comienza a difuminarse dando lugar a un estado receptivo, para poder absorber todos los nuevos conceptos que, clase tras clase y de forma inexorable, van ampliando sus conocimientos sobre las bases del Aikido; etiqueta, técnicas, ukemis, tai-sabakis, nomenclatura, teoría, etc.

La necesidad de almacenar una gran cantidad de información nos obliga a prestar toda nuestra atención en el aprendizaje de la enseñanza, aunque muchas cosas no las comprendamos, ni nuestro cuerpo las asimile de manera natural e integrándolas en el entreno cotidiano. Transcurrido el primer periodo; entre dos y tres años, entramos en una segunda fase donde se aprende a poner en práctica y normalizar todos los conceptos sobre los movimientos aprendidos y su aplicación en las técnicas.

Continuamos entrenando para mejorar nuestro nivel técnico hasta conseguir el grado de primer kyu (Cinturón Marrón en algunas escuelas). Llegados a este punto ya llevamos aproximadamente unos cinco años asistiendo regularmente a las clases y los conocimientos que hemos ido acumulando forman un volumen considerable aunque no podamos todavía asimilarlos convenientemente. A partir de este momento debemos centrarnos exclusivamente en preparar el examen de Shodan. La preparación para poder abordarlo con éxito nos fuerza a intensificar nuestro entreno fuera de las sesiones ordinarias, asistir a cursillos los fines de semana, mantener una óptima condición física y mentalizarnos para efectuar el examen sin nervios y con una actitud correcta. En nuestra mente la superación del examen y adquisición del grado de Shodan se entiende como una recompensa a los años de continua práctica en el tatami, la regularidad de la asistencia a las clases y las horas extras dedicadas, sin contar el afán inagotable de leer todas las cosas escritas de Aikido. El conseguir el grado se nos representa como la panacea que nos haga conseguir la maestría en la práctica y encontrar respuesta a todas las dudas e interrogantes acumuladas a lo largo de nuestro aprendizaje.

Y por fin llega el día tan esperado. Con los habituales síntomas de preocupación y nerviosismo abordamos el examen de Cinturón Negro intentando dar lo mejor de nosotros mismos. Cuando acabamos estamos extenuados, nos da la sensación de que el tiempo se ha parado mientras nosotros efectuábamos sin vacilar todo lo que nos era solicitado por una voz que nos unía al resto del mundo.

Atrás abandonamos las dudas, angustias e incertidumbres que nos atenazaban. Salimos del Dojo y celebramos festivamente, con los compañeros de tatami la adquisición del Grado; algo que consciente o inconscientemente ansiábamos secretamente desde hacía mucho tiempo. Significa la culminación y recompensa a todos nuestros sacrificios y esfuerzos, como un corredor de maratón cuando cruza la meta, y nuestro gozo es inmenso después de colgar nuestro título debidamente enmarcado.

Cuando volvemos a nuestro club, enfundados en nuestro nuevo cinturón, nos sentimos como el centro del universo, pero cuando reanudamos la práctica cotidiana… ¡Despertamos! Terrible constatación. Somos los mismos de antes. No ha acontecido ninguna transformación milagrosa. Las dudas despejadas son remplazadas inmediatamente por otras nuevas que nos ocasionan, si cabe, más incertidumbre que las ya superadas. Si nos relajamos en la práctica, la pericia técnica conseguida empieza a mermar en calidad y efectividad. Dirigimos nuestro interés hacía la técnica y descubrimos que todavía nos queda una larga andadura para aprender todo lo que compone el conocimiento técnico global del arte. Empezamos a descubrir el interés en aprender otras disciplinas complementarias que nos ayudan a mejoras la nuestra propia.
Resumiendo, cuanto más abrimos la puerta más paisaje descubrimos, sin vislumbrar un límite concreto que nos ayude a calibrar nuestro nivel de conocimientos, como punto de referencia durante este nuevo periodo de aprendizaje. Si la parte analítica (técnica, nomenclatura, conocimientos complementarios…), nos crea conflictos, la parte analógica, (ética, espiritual, mental, filosófica, etc.), no se queda atrás, haciéndonos sentir sin rumbo en medio de un inmenso océano.

Llegado este preciso instante es precisamente cuando el practicante se pronuncia y establece las bases y directrices de su futuro dentro del Aikido. Deberá resolver su conflicto interno recapitulando todas sus vivencias y experiencias acumuladas a través de los años, las buenas y las malas, las alegres y las tristes, las recordadas y las olvidadas… Absolutamente todo forma parte intrínseca de su Yo y es con ese Yo con quien tendrá que librar la batalla.

La cual será la última o la primera de muchas más de su futuro como practicante de Aikido. Si fracasa en la lucha, se alejará de forma brusca o paulatina del arte marcial y en el mejor de los casos sufrirá un estancamiento y posterior retroceso en todos los aspectos del arte, hasta caer en la desidia. Si deparamos victoriosos, el panorama que se nos presenta es magnífico y esperanzador, aunque no nos librará de múltiples escollos donde naufragar. Para este cometido solo contamos con nuestra Voluntad, y así abandonar todas las ideas que tengamos preestablecidas, preparando nuestra mente y nuestro cuerpo para emprender el verdadero aprendizaje, y libres de perjuicios, ser de nuevo modelados por los principios inalterables y universales que constituyen la espina dorsal del Aikido, según las enseñanzas transmitidas por O’Sensei.

Debemos recapitular, estudiar, aceptar, experimentar y comprender los principios del Camino y hacernos uno con la Vía señalada por O’Sensei. Nuestra voluntad y nuestro corazón deben comprometerse seriamente en intentar, por todos los medios a nuestro alcance, batallar sin descanso manteniendo la actitud del Aquí y Ahora, para comprender la esencia última del Aikido. Cuando alcanzamos el nivel Shodan, adquirimos la responsabilidad de transformarnos de simples aprendices a practicantes ejes de transición del arte marcial. Seremos el espejo donde todos volverán la vista para saber que es el Aikido.

La única forma de aguantar la presión interna y externa a la que nos veremos sometidos, es que hayamos elegido libremente poner nuestro Corazón en la Vía del Aikido. Si no desfallecemos y perseveramos incansablemente, de forma natural y progresiva, todas las dudas serán satisfactoriamente contestadas.

También deberemos permanecer en continua alerta con la totalidad de nuestros sentidos; físicos, mentales, espirituales, etc., para tener la oportunidad de coger al vuelo la respuesta tan anhelada. Nunca podremos tener la certeza de cuándo ocurrirá la transformación que nos integre plenamente en la Vía, pero si sabremos con auténtica certeza que una vez iniciados en el auténtico Camino, no existe un final. Solo cuando nuestro Ser llegue a ser uno mismo con la Vía, nos habremos transformados en el centro del Universo.

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