domingo, 12 de enero de 2014

Sakura y Bushi: un mismo concepto de la vida y la muerte

Sakura y Bushi: un mismo concepto de la vida y la muerte


Por: María Del Rosario Abramo,
Tomado de www.alternativanikkei.com.ar



La visión japonesa de la vida y de la muerte conecta al sakura en su momento de esplendor y la filosofía del bushido que inspiraba a los samurais.

Año tras año, entre fines de marzo y principios de abril, cuando la primavera se arraiga en el archipiélago japonés, multitudes se reúnen desde hace siglos para presenciar un impactante espectáculo natural: el breve estallido de los cerezos en flor. Tan popular es este evento que existen ránkings con los mejores lugares para verlos y hasta el servicio meteorológico se encarga de difundir pronósticos semanales anunciando cuándo florecerán los cerezos en las distintas regiones.

En Japón, donde los ciclos de la naturaleza han sido desde siempre un tema omnipresente sea en el arte como en la filosofía, la flor del cerezo es uno de sus símbolos más poderosos.

El budismo japonés lo emplea para representar la naturaleza transitoria e impermanente del mundo físico. Su súbito florecimiento y caída remiten, de hecho, al carácter cíclico de la vida, donde todo lo que nace inevitablemente ha de morir. La estética del “mono no aware”, o de empatía hacia las cosas, nace pues también de la contemplación de los pétalos del cerezo flotando como la nieve en su caída hacia el suelo. Enaltece este espectáculo por sobre el de los capullos en flor y lleva a sensibilizarnos acerca de la conmovedora y melancólica belleza en la pérdida de la belleza, en la tragedia, en la aseveración del carácter frágil, “flotante” y efímero de las cosas a nuestro alrededor y de nuestras propias vidas, que debemos valorar día a día cada día.

花は桜木人は武士 Proverbio que dice: “Como la sakura entre las flores, como el samurai entre los hombres”, significa ser lo mejor, lo más excelso en algo.

El samurai es como la flor de cerezo

La flor del cerezo es, asimismo, el emblema de los samurai. Un guerrero samurai despertaba cada mañana sabiendo que iba a morir. Vivía por ello cada día como el último, de modo honorable, atendiendo todos sus compromisos sin dejar nada pendiente, con la serenidad de saber que si moría no tendría nada de qué arrepentirse o lamentarse. Obraba así para poder entregarse por entero, sin miedos ni dudas a su deber, dispuesto a caer al primer soplo de viento, y en eso radicaba su dramática belleza: su vida era breve pero plena. Caía en el campo de batalla en su máximo esplendor al igual que el cerezo que florece al salir el sol y cae al mediodía.

Cuando a veces se asocia los samurai al estoicismo, es interesante ahondar en el por qué. El estoicismo fue una doctrina que hizo mella en Roma, un pueblo guerrero y pragmático que daba mayor importancia a la moral práctica que a la especulación filosófica. En un mundo natural cuyas leyes no controlamos y donde mucho de lo que sucede no depende de nosotros, el hombre sólo puede aspirar a tener dominio de sí mismo.

Es en el carácter y no en la cuna donde radica la dignidad del hombre. Sólo templando el espíritu a través de la práctica de la Virtud y la autodisciplina es que cualquier hombre, haya nacido rey o esclavo, puede llegar al estado de equilibrio y serenidad que los romanos denominaban “ataraxia”. En este estado, y de modo muy similar al budismo, uno alcanzaba la verdadera libertad: la autonomía. La propia felicidad ya no dependía así de los embates del destino sino de la propia fortaleza para actuar con alegría, prudencia y voluntad ante cualquier circunstancia, promoviendo la acción como un fin en sí mismo independientemente de los resultados.

No cometamos el error de ver entonces el estoicismo o el bushido como doctrinas de sacrificio; el sacrificio implica una pérdida y el que nada necesita nada puede perder. El espíritu del hombre no obedece ni depende de otra cosa que no sea de sí mismo, goza plácidamente de los bienes de la vida mientras están, sin apegarse a ellos, dado que sabe que son pasajeros, al igual que los cerezos.

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Nota adicional:

Existen varias leyendas japonesas entorno a los cerezos, una de ellas dice que a un monje se le apareció el dios de la montaña en el monte Yoshino (al sur de Osaka), y éste dibujó su rostro tallándolo en la corteza de un cerezo. Desde entonces en la montaña Yoshino es un lugar lleno de templos y santuarios en los que se venera a los cerezos como dioses. Actualmente la montaña de Yoshino tiene unos 30.000 cerezos, y todos los japoneses sueñan con viajar allí en primavera al menos una vez en su vida.

Otra leyenda explica las dos variedades típicas de la flor del Sakura, la blanca y la que tiene una tonalidad rosa. Según la leyenda las primeras flores de los cerezos sólo eran de color blanco. Pero durante la Época Mejí era muy normal que muchos samuráis fueran llamados a la guerra, y permanecieran mucho tiempo alejados de sus casas. Entonces, no era de extrañar que las mujeres casadas con samuráis se quedaran solas, por lo que se estableció una ley en la que se le prohibía a la mujer casada con un samurai -en batalla- que se viera con otro hombre que no fuera de su familia. La ley establecía que cualquier mujer sería libre de casarse o juntarse con amigos si ésta probaba que su esposo había muerto en combate.

Curiosamente no se han encontrado registros de mujeres ejecutadas por esta ley, y sin embargo, si hay registros de tantas muertas como samuráis muertos en distintas zonas. Ninguna de estas mujeres fue asesinada. Ellas mismas se quitaron la vida para honrar el nombre de su esposo muerto en batalla. Y esto lo hacían frente a un árbol del cerezo, símbolo del bushido (código del samurai). La sangre derramada junto al cerezo, la absorbía el árbol, y las flores blancas, quedaban convertidas en flores rosadas. Por ello, siempre que un samurái salía de su casa se sembraba un árbol de cerezo en su honor... O por si era necesario…

Durante la Segunda Guerra Mundial, el cerezo también fue un símbolo utilizado para alimentar el nacionalismo del pueblo japonés. Los pilotos kamikaces pintaban las ramas de cerezos en sus aviones antes de emprender una misión suicida. Y se entendía que cuando se pintaban los pétalos de la flor del cerezo cayendo se representaba el sacrificio que cometían los jóvenes en las misiones suicidas, con las que se honraba al emperador. Incluso se popularizó la creencia de que las almas de los pilotos suicidas se reencarnaban en las flores del cerezo.


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